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Bastará decir que me llamo Félix y que ayer maté a Inclemente. Nuestra convivencia se había vuelto muy engorrosa. Va para tres años que vivo en la calle. Lo que ocurrió antes, carece de interés. Mi segunda vida, la única que tengo ahora, empezó el 13 de enero de 2008. El cometa Halley acababa de cruzar el cielo y yo lo tomé como una señal.

 

Esa mañana salí de casa para no regresar. Cualquier analista de lo cotidiano me hubiera indicado que la parte más cruda del invierno no era época apropiada para abandonar las comodidades del hogar. Pero donde yo vivía ni era hogar ni disponía de comodidades, así que el esfuerzo se hizo más liviano. No me llevé nada. Entrenarme para la supervivencia había sido mi objetivo en los últimos meses.

 

Al pisar la acera, noté cómo el pecho se me henchía en una mezcla de satisfacción y temblor. Aquello me atraía y me asustaba a partes iguales. Eché a andar y empecé a silbar hacia dentro para ahuyentar la sombra oscura que se empeñaba en tapar el sol, como un pájaro enorme que batiera alas frente a mí advirtiéndome de que no estaba siendo sensato ni razonable. Bueno, a veces uno no puede permitirse el lujo de serlo.

 

Callejeé atento a todo aquello que desde la seguridad de una vida de mantenido ni siquiera se percibe: olores nuevos, roces distintos, imágenes insólitas. Un niño con pantalón corto y visera escocesa que señala al cielo con su índice vendado, que se siente protagonista y héroe porque ha metido el dedo en un enchufe para hurgar entre la carrera alocada de voltios que circulan por aquellos subterráneos oscuros. Una paloma torcaz que exhibe su plumón, hinchada como una nube gris que anuncia tormenta, poderosa y dictadora entre sus primas menores, ésas cuyo único mérito consiste en rebozar con una capa blanca de ácido las gárgolas de las catedrales. El untuoso aroma de una churrería fulgurante de luces que trataba de atraer la atención de los viandantes con una versión estridente de Pakito el Chokolatero en ese momento de la hora violeta en que los objetos pierden sus perfiles para fundirse con la noche… Me sentí libre y pleno de sensaciones, y empecé a valorar el ejercicio de mi total albedrío, ese no tener que hacer el caldo gordo a nadie. Me dejé llevar…

 

Esa primera noche, encontré un lugar apropiado para dormir bajo el alero de un kiosko de música, al socaire de las corrientes arrebatosas. La ciudad era pródiga en recovecos y meandros que ofrecían una hospitalidad de lujo, albergues y refugios que permanecen invisibles cuando no se los busca. Esa noche me gradué y a la mañana siguiente amanecí como doctor laureado en las lides de supervivencia. Luego, ya no hubo fechas ni estaciones. Alimentarse pasó de ser una preocupación a convertirse en un entretenimiento. Los contenedores de basura y sus aledaños son auténticas cuevas de tesoros. La gente tira de todo sin discriminar, haciendo ostentación de aquello de lo que se desprende. He visto a damas enjoyadas portando con remilgo cajas llenas de ostras de Arcachon, esperar junto al punto de recogida hasta que pasase alguien que fuera testigo de tamaño desatino, sólo por darse el gustazo de ser vista, sólo por provocar una reacción escandalizada.

 

Sabiendo cubiertos los problemas de intendencia, me moví mucho. Trabé infinidad de relaciones y, aunque con nadie llegué a intimar, jamás fui tampoco origen de conflictos. Hasta que, cuando ya llevaba largo tiempo instalado en la base de la fuente de los tritones, en aquella especie de hornacina, capricho del constructor excavado en la roca, una espelunca rumorosa y cálida que mecía mis sueños en música de agua, apareció Inclemente surgido de la nada. Lo encontré avecinado a mi cuerpo, casi fundido conmigo, a la hora nacarada del alba, en ese instante en que el aire se queda quieto, como dudando si dar paso al nuevo día o eternizar esa burbuja de tiempo que supone la esencia más pura de la belleza.

 

Inclemente era un gato atigrado sin raza y, con el tiempo, demostró pertenecer  al prototipo de felino callejero que cumplía con todos los rasgos del perfil más refractario: sucio, maloliente, egoísta, arisco e insensible. Me dio a entender, entre maullidos que conmoverían a las piedras, que arrastraba una funesta trayectoria cuyos detalles prefería no explicitar y que nada le vendría mejor que compartir mi guarida en calidad de pabellón de reposo mientras recuperaba fuerzas para continuar con su azarosa vida. Me enterneció su pelambre estropajosa, su engañosa estampa de estudiado desvalimiento. Y lo acogí en mi gruta. Ojalá nunca lo hubiera hecho.

 

Me había acostumbrado a recibir cada nuevo día encaramado sobre el borde de la  fuente, contemplando cómo la luz naciente iba dibujando los perfiles de los tritones sobre el fondo de la foresta, cómo el surtidor trazaba su curva de agua muy por encima de mí, cómo los nenúfares se desperezaban y desmelenaban sobre la superficie mojada, presos aún de los últimos retazos de sus sueños de flor y cómo la superficie de cristal todavía sin estrenar por los primeros rayos de sol me devolvía mi imagen nítida y bruñida. Era la primera impresión que recibía cada mañana, la dosis necesaria de autoestima para encarar una existencia en la que la balanza que equilibraba libertad y soledad podía escorarse en cualquier momento. Era un momento de intimidad inquebrantable.

 

Se lo expliqué a Inclemente. Él, que según indicaba, había sido azotado por el destino, debiera haberlo entendido. Se lo planteé como una especie de contraprestación. Era justo: yo te doy, tú me das. Pero ya la primera mañana se colocó junto a mí sobre la balaustrada y empezó a bailar el agua rompiendo la imagen de ese primer temblor del día, quebrando mi reflejo sobre el estanque y arrancando con sus garras crueles uno de los nenúfares todavía dormidos, el único que tenía a su alcance, como quien descabeza a un inocente.

 

Algo que creía olvidado brotó en mí. Noté cómo se me erizaba el lomo y un calor ingobernable ascendía desde las vísceras hasta lo más alto de mis enhiestas orejas. Tuve la sensación de que toda mi musculatura estaba a punto de estallar bajo mi pelaje color de ámbar y, sin poder contener mi furia, me lancé sobre Inclemente dispuesto a una guerra sin cuartel. Aunque no vio venir el ataque, él estaba versado en tretas callejeras y me plantó cara con audacia. Nos enzarzamos. Yo tenía más envergadura, pero él era más ágil. Lo apresé por la garganta con mi garra derecha, pero no se rindió. Con un movimiento imposible de una de sus patas traseras, me rasgó el vientre en un zarpazo certero de abajo arriba. Volaron pelos, se oyeron maullidos. Siguieron escaramuzas sobre el anillo que servía de brocal a la fuente. Corría la sangre y estaba a punto de llegar al agua. Ninguno de los dos estaba dispuesto a conceder una tregua. Conseguí alcanzar de lleno uno de sus ojos, ovalado y verde como una aceituna. Se debatió, pero el descalabro en el segundo ojo lo dejó ciego y a mi merced. No fue difícil acabar con él. Cayó desmadejado, como un pellejo que se hubiera quedado vacío de huesos. Yo, herido de muerte también, me tendí sobre la balaustrada, sofocado por la falta de aire en mis pulmones, resignado a esperar el final inevitable. La última imagen que iluminó mi retina fue la del nenúfar más hermoso desperezándose y desmelenándose en el centro de la fuente, junto a uno de los tritones, amigando su rosa nacarado de la primera luz con el gris azulado de la piedra. Luego, todo se volvió oscuro.

 

© E.Z., 3 noviembre 09

 

 

Serge MICHEL y Michel BEURET, “China en África”,

 

Alianza Editorial, 2009, 320 págs., 22 €

 

 

Coincidiendo con la emergencia del gigante asiático en la economía mundial como nueva potencia comercial, los periodistas franceses Serge Michel y Michel Beuret acaban de publicar este ensayo sobre la expansión comercial de China en África por la búsqueda de materias primas. En él se demuestra con datos que durante los últimos veinticinco años el intercambio económico entre ambos se ha multiplicado por cincuenta. Sólo como ejemplo, en 2006 había 900 empresas chinas operando en territorio africano. La fórmula mágica consiste en que los chinos seducen a los dictadores africanos porque invierten y no hablan de democracia, y a los pueblos porque construyen carreteras y casas.

 

Lo que comenzó como una maniobra política, cuando a partir de 1949 la China Popular ayudó a los pueblos africanos a liberarse porque necesitaban los votos de los estados recién independizados en la ONU, ha terminado convirtiéndose en una macro operación económica. Ambas parten coinciden en que la corrupción, la falta de democracia y el incumplimiento de los derechos humanos son obstáculos salvables en aras de la prosperidad y del progreso.

 

El gobierno chino ofrece a los suyos toda clase de facilidades, desde asesoramiento legal y préstamos sin interés, hasta la garantía de que a su regreso les venderán terrenos a precios rebajados por los servicios prestados. Por su parte, los gobiernos de acogida amplían las zonas francas donde los inversores extranjeros se benefician de exenciones fiscales y no deben preocuparse por el impacto medioambiental.

 

La cuenca del Congo, la segunda selva tropical más grande del mundo después del Amazonas, está siendo brutalmente deforestada; ironías de la vida, las especies protegidas que son taladas de forma ilegal acaban como materia prima de muebles de Ikea, de quien China es el principal proveedor.

 

En otro orden de cosas, China, uno de los principales exportadores de armas del mundo, vende de forma indiscriminada armamento a los dictadores africanos, al tiempo que apoya técnica y logísticamente a las facciones rebeldes que pretenden  derrocarlos. El invento no es nuevo, pero el hecho de que se perpetúe saca ampollas.

 

Esta nueva colonización no complace a todos los africanos. De hecho, existen profundas tensiones en Níger, Camerún, Senegal o Zambia, lo que no es impedimento para que corran rumores de que los chinos están construyendo una vía férrea secreta que les permitirá enviar a su país todas las riquezas de África a través de Port Sudán el mar Rojo. Y sin embargo, tampoco es aislada la opinión de que “China no es desinteresada, por supuesto, pero los esfuerzos que despliegan para lograr sus objetivos ofrecen a África un futuro impensable hace sólo diez años. En el fondo, recuperan una confianza a la deriva, olvidados de todos en la tectónica de la globalización”

 

A la vista está que China ha desembarcado en África. Inmerso en un crecimiento económico desbocado, el país asiático necesita materias primas. Por su parte, África, pese a los expolios coloniales de los últimos doscientos años, sigue siendo la gran reserva de esas materias imprescindibles para las industrias modernas. Es la única fuente de financiación con que cuentan los Estados independientes, aunque a menudo no se utilice para el desarrollo del país, sino para mantener las dictaduras y una situación de guerra casi permanente. Pero China hace todavía menos preguntas que los europeos o los estadounidenses.

 

 

Esther Zorrozua, 4 octubre 09

 

 

 

 

Siempre me ha intrigado esa afirmación de que las matemáticas están íntimamente conectadas con la música. Desde mi ignorancia y desde mi apreciación en la distancia, sólo les veo una relación: mis escasas dotes para lo uno y para lo otro. Sin embargo, por instinto, la música me atrae y puedo disfrutar con ella a un nivel puramente sensitivo, mientras que las matemáticas, en aquellas aburridas clases de colegio, no consiguieron despertar en mí ningún interés y se quedaron para siempre como parte de un enigma impenetrable.

 

Ahora que ya no las uso más que para la economía doméstica, (para lo que poco me han servido, por cierto, las sumas de polinomios o los sistemas de ecuaciones con tres incógnitas), y ahora que aquellos extraños teoremas ya no representan ninguna amenaza, tanteo en Google, por si, tantos años después, pudiera entrar por la puerta de atrás en aquel edificio en el que nunca fui bien recibida (quizá porque no conocía los protocolos) y me topo con Pitágoras, y me paro a saludarle, puede que sólo porque siento una especial querencia por las palabras esdrújulas. Así que decido darle una oportunidad. Y me entero de un montón de cosas interesantes.

 

Y leo que Pitágoras consideraba que la esencia última de la realidad se expresaba a través de los números, que los números eran el medio para percibir lo que de otra forma podría permanecer inalcanzable tanto para el intelecto como para los sentidos. Me mosqueo, porque intuyo que ya se las estaba dando de listillo, allá en la antigüedad griega. Pero continúo. Yo tampoco nací ayer. Quizá consiga pillarlo en la próxima esquina. A Pitágoras se le ha atribuido el descubrimiento de las proporciones de los principales intervalos de la escala musical. ¿Y este salto en el vacío? Para sus seguidores, (o sea que contó con otros zumbados que le hicieron el caldo gordo), las distancias entre los planetas —las esferas— tenían las mismas proporciones que existían entre los sonidos de la escala musical. Cada esfera producía el sonido que un proyectil hace cortar el aire. Las esferas más cercanas daban tonos más graves, mientras que las más alejadas daban tonos agudos. Todos estos sonidos se combinaban en una hermosa armonía: la música de las esferas.

 

Suena bonito y podía haberse quedado en el desvarío de un matemático que ha cenado unas setas alucinógenas, pero no acaba ahí la cosa, porque ahora entran también en el juego los filósofos. Para Platón, el mundo era concebido como un gran  animal dotado de un alma propia. En el “Timeo”, uno de sus diálogos, afirma que el alma del mundo se había hecho de acuerdo a las proporciones musicales descubiertas por Pitágoras. Esto parece una epidemia. Pero no todos los pensadores de la antigüedad creyeron en la música de las esferas. Aristóteles, por ejemplo, otro esdrújulo, se mostraba escéptico ante estas creencias. Claro, Aristóteles era una fuente autorizada y gozaba de prestigio. Puede que por eso, o porque las modas siempre han sido pasajeras, el caso es que la teoría se desinfló sola. Hasta que en el fervor de la Edad Media, la creencia en algunas religiones de la existencia de ángeles en el universo junto con la música de las esferas, dio origen a lo que se conoció como “música celeste”. Fue un repunte, como los picos de la fiebre, que duró un tiempo hasta que las cabezas pensantes volvieron a pisar tierra.

 

No obstante, algunas teorías sufren flujos y reflujos sin que existan razones objetivas aparentes. Así que, Kepler, astrónomo alemán del XVII, logró resumir en tres leyes simples todos los datos sobre la posición de los planetas de que disponían en sus tiempos. Para su concepción del universo se apoyó en los mitos de Platón y en el sistema de Copérnico, que planteaba que el sol era el centro en torno al cual giraban los planetas, y estableció un modelo del universo basado en la geometría. Su aportación significó una ruptura con la tradición astronómica al describir las órbitas planetarias como elipses y no como círculos, y reconocer que la velocidad de los planetas varía al cambiar la posición en su órbita.

 

Tras años de investigación, en 1618, Kepler publica sus conclusiones en su libro “Las armonías del mundo”, en el que afirma que el movimiento celeste no es otra cosa que una continua canción para varias voces, para ser percibida por el intelecto, no por el oído; una música que, a través de sus discordantes tensiones, a través de sus síncopas y cadencias, progresa hacia cierta predesignada cadencia para seis voces, y mientras tanto deja sus marcas en el inmensurable flujo del tiempo. Sigue sonando bien, pero parece poesía, no matemáticas. Quizá por eso me gusta.

 

Sin embargo, a finales del XIX, los físicos descubren que los rayos de emisión que se producen de una des-excitación del átomo se expresan mediante una fórmula única compuesta de números enteros, similares a los intervalos musicales. Y por si no fuera suficiente, en el XX el satélite TRACE (Transition Region and Coronal Explorer) de la NASA, confirma y refuerza las teorías de Kepler. Aunque éstas se basaban en la armonía universal, se ha descubierto que la atmósfera del sol emite realmente sonidos ultrasónicos e interpreta una melodía formada por ondas que son unas 300 veces más graves que los tonos que pueda captar el oído humano. Tanta insistencia y seguramente una inversión millonaria en el proyecto, presenta todos los indicios de ser algo más que el sueño de un matemático loco. Quizá haya que ponerse serios, porque tampoco acaba ahí la cosa.

 

Una de las más recientes teorías físicas describe a las partículas elementales no como corpúsculos, sino como vibraciones de minúsculas cuerdas, consideradas entidades geométricas de una dimensión. Sus vibraciones se fundan en simetrías matemáticas particulares que representan una prolongación de la visión pitagórica del mundo y la recuperación, en la más moderna visión del mundo, de la antigua creencia en la música de las esferas. En este caso, Kepler conoce los procesos matemáticos aplicados en las teorías musicales y en las leyes de la armonía, y así consigue relacionarlo con las leyes matemáticas aplicadas a los conocimientos astronómicos de su época. Un autor visionario que formula teorías que siglos después, gracias al desarrollo tecnológico, consiguen confirmarse.

 

Y digo yo si no será que en los planes de estudio de las matemáticas y de tantas otras asignaturas no falla la metodología, porque si a mí me lo hubiesen contado en su momento de esta manera, me hubiesen dotado de un instrumento para volar en lugar de aplicarme una máquina de tortura.

 

 

 

 

© E.Z., 15 octubre 09

 

Dan SIMMONS, “La soledad de Charles Dickens”

 

Ed. Roca, 2009, 872 páginas, 24 €

 

 

 

El 9 de junio de 1865, un choque ferroviario en Staplehurst provoca una tragedia en la que se ve implicado Charles Dickens, que viaja en primera clase con su amante y la madre de ésta. En la confusión del momento, el escritor descubre a Edwin Drood, un individuo enigmático, sin párpados ni nariz, que provoca la muerte de cuantos heridos roza y luego desaparece. Este episodio altera el carácter de Dickens hasta obsesionarlo durante el resto de su vida: cinco años exactos (muere el 9 de junio de 1870). La historia es narrada en primera persona por Wilkie Collins, amigo y rival del autor de Grandes Esperanzas en la vida real.

 

Así arranca el último trabajo de Dan Simmons (Illinois, 1948), que ha cultivado la ciencia ficción, el suspense y el terror. Basándose en tres hechos constatados (el propio accidente ferroviario, la obra El misterio de Edwin Drood que Dickens dejó inconclusa a su muerte y la dependencia del opio que hacía a Collins sufrir alucinaciones con su doble), Simmons inicia un viaje desde la realidad hacia la imaginación literaria por el que desfilan personajes, situaciones y ambientes de cuya veracidad el lector llega a dudar. A partir de un narrador poco fiable, Drood, personaje inventado por el propio Dickens, se convierte en protagonista habitante de un Londres brumoso donde convivieron Dickens y Collins y combina realidad y ficción en asuntos como la rivalidad artística, una obsesión compulsiva y todas las vertientes imaginables del esoterismo; un Londres victoriano, de tintes góticos, muy sucio, un inframundo que se ramifica por las cloacas de la ciudad, poblado de seres y elementos extraños, en el que Dickens y Collins se internan para buscar al escurridizo Drood.

 

Simmons incorpora un lenguaje actual y moderno, junto con una trama amena y entretenida que tal vez se ralentiza por momentos en la primera mitad, pero toma brío y gana una velocidad vertiginosa en la segunda parte. Es un relato interesante en varios aspectos: una perfecta ambientación histórica de la vida y costumbres dickensianas; un hilo conductor de novela negra motivado por las distintas investigaciones que hay que acometer; un elemento fantástico que imbrica la realidad en una serie de trances, ya hipnóticos, ya psicodélicos; un componente literario que permite conocer la forma de trabajar de este gran escritor.

 

La trama de la obra inconclusa de Dickens nunca tuvo resolución y el misterioso texto provocó a lo largo de los años múltiples conjeturas, soluciones alternativas, incluso un musical. Ahora, Simmons no se propone cerrar la ficción, sino fantasear sobre su turbulenta génesis y mostrar el misterio personal de un Dickens infeliz y desesperanzado que intuye que la vida se acaba, que no quiere envejecer y que daría cualquier cosa por ser inmortal. En breve, el director mejicano Guillermo del Toro adaptará al cine “La soledad de Charles Dickens”.

 

Otras obras de Dan Simmons, Hyperion (Premio Hugo 1990), Ilión, El hombre vacío, Un verano tenebroso, El Terror.

 

 

© E.Z., 25 agosto 09

 

 

Luis SEPÚLVEDA, “La sombra de lo que fuimos”

 Espasa-Calpe, 2009, 393 páginas

 

 

Luis Sepúlveda (Ovalle, Chile, 1949), afincado desde hace años en Gijón, hijo de vasca y de jienense, se considera miembro del grupo de escritores latinoamericanos posteriores al boom del realismo mágico. Cautivó a sus lectores con El viejo que leía novelas de amor, traducida a sesenta idiomas, pero es también autor de títulos como Patagonia Express, Historia de una gaviota y del gato que la enseñó a volar, La rosa de Atacama, entre una larga bibliografía, y acaba de ganar el Premio Primavera de Novela 2009 con La sombra de lo que fuimos.

 

La variedad temática de su obra abarca desde la depredación civilizadora en la selva, la denuncia de la contaminación petrolera en el mar o la matanza de ballenas en el sur de Chile, hasta el género de aventuras, los viajes, la novela policíaca, la negra, la de intriga, el cuento infantil o el compromiso ideológico. En este último apartado se inserta La sombra de lo que fuimos, una novela generacional que habla del desengaño de unos chilenos que recuerdan su juventud vinculada al Partido Comunista, del golpe de Estado de Pinochet, del exilio y del regreso a un país que ya sólo existía en su memoria, pero al que vuelven 35 años después, convocados por un antiguo camarada, para ejecutar una última acción revolucionaria: una novela de nostalgias revestida de una trama detectivesca. Y sin embargo, a pesar del tiempo transcurrido, más de tres décadas desde que sucedieron los hechos, es una novela que los jóvenes pueden leer con gusto, porque cuenta la historia de un grupo de hombres divertidos que un día quisieron cambiar el mundo y no salió bien; aunque el mundo tampoco les cambió a ellos. “Es la demostración de que la única forma de vivir es atreverse, ser audaz”, asegura Sepúlveda. Pero al margen del humor, La sombra… evidencia una sólida intención de recuperar cierta memoria reciente sin ser, exactamente, una novela social, sino un ejercicio de literaturización de la vida; porque la literatura es más amplia y desinhibida, más generosa que las interpretaciones que se dan a través de la historia, la sociología o la psicología; se permite el lujo de interpretar las historias de forma más humana y más lúdica.

 

Sirviéndose de un lenguaje cercano a la oralidad y de una fértil imaginación, traduce a fábula lo que en origen es una tragedia, porque Sepúlveda es un gran contador de historias al modo clásico de Salgari, Verne o Coloane. La atmósfera de sus creaciones aliña el realismo con la magia, pero se distingue porque está aferrada a realidades sociales y geográficas. A pesar de que su compromiso ideológico es fuerte, sus páginas no resultan panfletarias, sino de un cierto sabor cosmopolita. Escribe con sencillez y claridad, evitando el rebuscamiento estilístico o la oscuridad filosófica. Esto que debiera reconocerse como virtud, le ha valido entre los colegas de su país cierto desdén y disposición contraria a concederle méritos literarios. Sin embargo, goza de gran aceptación en Europa, donde ha recibido la mayoría de los premios que figuran en su currículo.

  

 Esther Zorrozua, mayo 09 

HUELLAS

 

 

 

 

“En las huellas de ida los pies se apoyan sin problema, pero en las de vuelta la cosa se complica. Las de ida trazan el camino de los que se fueron, por hambre, por miedo o por las dudas. Las de vuelta dibujan la senda de la nostalgia o del desconsuelo. Las de ida son más hondas, más profundas, resultado de muchas cavilaciones. Las de vuelta son más íntimas, besadas por descalzos, más biográficas”. Otra vez Benedetti en “Vivir adrede” (pág. 121) y es que hace dos días que se nos fue, mientras yo lo leía. ¡Qué cosas!

 

Habla el viejo Mario de un billete de ida y vuelta, pero esta vez ha decidido simplificar las cosas. Ya debía de estar un poco harto de todo esto. Lo que no habrán visto sus ojos en casi nueve décadas de biografía activa. Será por eso que sus escritos dejan entrever un deje de pesimismo, porque tal vez decidió que la naturaleza humana no tiene remedio.

 

Pero mientras mantuvo la esperanza y la energía suficiente para pensar en irse y volver, nos describió dos clases de huellas, que dan para dos novelas o para dos tesis doctorales, según el talante y la disposición de quien se acomoda a contar. Él nos dejó el apunte rápido y certero, por si a alguien se le ocurriera desarrollarlo.

 

Están las huellas de los que se van por la fuerza, claro, porque algo les empuja a irse. Pero incluso en esas condiciones, el que se va lo hace porque espera algo bueno en su destino: un trabajo mejor, un futuro más cierto, la paz… No digamos cuando la ida se ha preparado con ilusión, cuando se parte para reunirse con alguien a quien se quiere, para realizar un proyecto largamente ideado o para descubrir un trozo de mundo que amplía los horizontes. En las huellas que marcan ese camino han de leerse los sueños, los afanes y los deseos que a uno le han puesto en marcha, con paso decidido, por eso las huellas son hondas.

 

En cambio, el que regresa volverá con el alma enmarañada. Puede que venga marcado por la derrota, a esconderse en el lugar del que partió, a lamerse sus heridas en su guarida, a desaparecer, a que lo ignoren y a ignorarse a sí mismo. Pero puede también que retorne soñando con aquello que dejó, esperando encontrarlo sin cambios, como una estampa congelada. Más el tiempo siempre hace mudanza: los amigos habrán envejecido, las cosas se precipitarán a la decadencia y los sentimientos se habrán enfriado. No reconocerá el entorno ni será reconocido. Esas huellas serán más leves, más inseguras. Si pudieran conservarse los gestos, es lo que leería en ellas un antropólogo dentro de diez mil años.

 

Si las motivaciones de ida y de vuelta son distintas, los rastros que el cuerpo deja al pasar, han de serlo también. Benedetti lo sabía con certeza y al escribir estas palabras, actuaba como un experto rastreador, no con el ánimo de cazar, sino de estudiar comportamientos humanos y, entendiendo al otro, entenderse a sí mismo.

 

No cabe duda que sus últimas huellas son hondas, profundas y resultado de muchas cavilaciones, pero son también claras, definidas y elocuentes. Sólo hace falta que alguien recoja el testigo.

 

© E.Z., 20 mayo 09

 

 

Alex OVIEDO, “Las hermanas Alba”

 

Ed. Bassarai, 2009, 154 páginas

 

 

 

Las hermanas Alba es un juego de cajas chinas que persigue, como en todo escritor que se precie, el objetivo de la novela total, esa meta inalcanzable a la que siempre apunta la brújula del narrador, haga sol o truene. Comienza con el acicate de la desaparición de Lorea y Lara Alba, dos mecenas bilbaínas, jóvenes y casaderas, y la consiguiente investigación del misterio por parte de Pilares, que encuentra en el suceso un tema fértil para su novela.

 

Pero el lector descubre pronto que sólo se trata de un pretexto, porque lo que de verdad le interesa a Pilares (alter ego inexcusable del autor) es descubrir los entresijos de la creación literaria, el misterio del origen y construcción de las historias. Para ello utiliza cinco vías complementarias: sus propias reflexiones, el trabajo de campo y recogida de documentación, sus garabateos iniciales aprovechando insomnios inopinados, sus jugosas charlas con amigos de intereses afines y la lectura de los santones literarios que, aun siendo autoridad, tampoco tienen la receta definitiva. Con estos mimbres, la escritura se convierte en obsesión y, en medio de la curiosidad, la inquietud y la extrañeza, la historia va creciendo casi a pesar del autor.

 

De forma paralela, como si la novela fuera una hidra de siete cabezas, se aborda el trabajo rutinario e insatisfactorio al que el escritor incipiente debe plegarse si quiere comer, las miserias y los abusos del mundo editorial, la corrupción que esconden los premios literarios, las constantes frustraciones y desengaños que todo lo anterior alienta en el alma del escritor novel, pero, por encima de todo, el homenaje fraternal de Alex Oviedo a sus colegas escritores, que figuran con sus nombres y apellidos y sus personalidades bien dibujadas con unos pocos trazos, víctimas también ellos, en mayor o menor medida, de las mismas lacras.

 

Utiliza Oviedo un estilo fresco y cercano, engaña al lector como los buenos ilusionistas, haciéndole creer que avanza dando palos de ciego, para asombrarle con un golpe de efecto final. Da la sensación de que, en realidad, las hermanas Alba no han existido jamás, pero que cobran vida para que Pilares pueda escribir su historia. Y, una vez puestas en pie, mediante la inversión de papeles del espía espiado, los personajes toman el mando y matan al autor. Es la pirueta final que sorprende al lector con las cejas circunflejas, porque Pilares acaba pagando con su propia vida la aventura de descubrir el gran secreto. Confiemos en que se trate de una alegoría con gran fuerza dramática y no del camino inevitable que todo escritor ha de seguir.

 

Un apunte final: sin que ello haya hecho disminuir un ápice el disfrute de la lectura, se echa de menos la presencia de alguna pluma femenina en la nómina de escritores actuales de Bilbao.

 

Alex Oviedo (Bilbao, 1968), periodista y escritor, ha ejercido de editor, diseñador gráfico y asesor literario. Colabora en el suplemento cultural Pérgola del periódico municipal Bilbao y ha publicado las novelas Hektorren agenda (finalista en el Premio Ciudad de Barbastro 1994) y El unicornio azul (2005)

 

 

E.Z., 27 abril 09

TRANSPARENCIAS

 

 

“Todo lo que es opaco fue antes transparente: el odio, la lascivia, la pasión, el fanatismo, la gula. Cada opacidad carga con su fantasma, vale decir con su transparencia. Los pensamientos pueden ser opacos, pero los sentimientos casi siempre son diáfanos”, dice Mario Benedetti en un libro de hermosas reflexiones, a veces divagaciones, al que titula “Vivir adrede”.

 

Resulta inquietante. En una primera lectura podemos interpretar cierto pesimismo, como si todo fuera siempre a peor, por efecto de alguna ley inexorable; como si los impulsos naturales que hacen brotar los sentimientos en estado puro, se volvieran sombríos, incluso sucios y un poco perversos al hacerlos pasar por el filtro de la razón en su proceso hacia los pensamientos.

 

Pero puede que a través de estas palabras hable el poeta desde el edén de la intuición, libre de prejuicios y convencionalismos, antes de dejarse someter por el corsé social del se debe y no se debe, en otras palabras, antes de dejarse cortar las alas. Porque el territorio de la poesía es una especie de infancia feliz donde basta sentir a través de cada uno de los poros para alcanzar una embriaguez que no deja resaca, una serenidad que tiene mucho de goce, de buen augurio y de viaje redondo. Benedetti, que parece haber visitado los dos hemisferios, no en calidad de turista accidental, sino de viajero atento que va tomando nota de cuanto sucede a su paso, hace su elección a favor de la transparencia, pero la hace desde el deseo, que es uno de los barrios de la poesía, sabiendo que, como ser humano, está obligado a transitar de por vida cruzando alternativamente la frontera en un sentido y en otro, del sentimiento al pensamiento, y al revés.

 

Y es curioso, porque siempre nos han enseñado que la capacidad de pensar es lo distingue a las personas de las que no lo son. Incluso parece que hay consenso en ese sentido. Y no creo que Benedetti esté renunciando a esa importante dimensión humana (no podría aunque quisiera y, paradójicamente, para llevar a cabo ese proceso tendría que valerse de la razón), sino que, de la misma manera que un lisiado prefiere apoyarse en la pierna sana que en la enferma, porque se siente más cómodo y más seguro, él elige el lado del sentimiento sobre el del pensamiento, porque es su tendencia natural, aun sabiendo que tendrá que valerse de ambos, igual que el lisiado. Es su elección y no hay por qué secundarlo. Incluso habrá quien considere una herejía este planteamiento.

 

Pero si seguimos afinando, habrá que concederle que la razón está siempre más sujeta a norma que el sentimiento y que, por tanto, al someter un objeto o una idea al pensamiento, sí pierde esa frescura que tuvo al principio, esa cualidad de transparencia que él le adjudica, y va ganando en opacidad.

 

No obstante, no conseguiríamos sobrevivir a puro golpe de sentimiento, o quizá sólo fuese posible en el territorio de la poesía. Necesitamos ejercitar también el pensamiento, y no sólo como un  mal menor, sino como una potencialidad que da excelentes resultados. Como tantas otras veces, tal vez lo ideal sea alcanzar una armonía entre ambos: eso tan difícil.

 

Quizá, a la larga, el exceso de transparencia llegue a cegar o a aburrir. No se ven las cosas mejor a pleno sol, donde se vuelven planas y sin relieve, sino en un luz y sombra que permite disfrutar de los detalles. No se ama más a alguien de quien lo sabemos absolutamente todo, sino a quien mantiene algún misterio en su vida que nos incita a permanecer a su lado al menos hasta que lo descubramos.

 

Admiro a Benedetti y puede que haya sacado sus palabras de contexto (reconozco que ha sido involuntario). Todo lo que escribe tiene música y arrastra. Pero a veces también hay un pequeño placer en enmendar la plana a uno de los grandes.

 

 

© E.Z., 15 mayo 09

 

 

Ha estallado el delirio universal. Se ha desatado una pandemia virulenta que se contagia por el aire, por la voz, por el pensamiento. Es una plaga que tiene colores definidos, el rojo y el blanco, que han fagocitado el resto de las gamas del arco iris. Todo el paisaje se ha vuelto bicolor: casas rojiblancas, árboles rojiblancos, cielo rojiblanco, conversaciones rojiblancas…, hasta las almas y las mentes han quedado envueltas en la tela listada que se ha adueñado de nuestras vidas. No importa que uno se niegue a tomar parte en la bacanal. Existen poderosas fuerzas centrípetas que absorben al disidente con el poder de una dictadura que parece espontánea y no lo es.

 

El 13 de mayo ha quedado fijado como el día D, que en lugar de llevarnos a Cova de Iría, como decía la canción de nuestra infancia, nos teletransporta al campo del Mestalla por la fuerza. Los nuevos cruzados de esta nueva secta han tomado las calles, los centros comerciales, los medios de comunicación, sin dejar resquicio, con un espíritu milenarista que pretende marcar un antes y un después, como si todo lo demás hubiera desaparecido de la faz de la tierra. Se acaba el mundo con el partido de la copa del rey que se va a jugar en Valencia mañana. Es la apoteosis final. Allí, sobre el terreno de juego, se enfrentarán veintidós privilegiados cuyo único mérito es chutar un balón con mayor o menor acierto y conseguir colarlo en una portería plagada de líneas de fuga.

 

Esos héroes de oropel se hallan tan sobredimensionados que, cada gota de sudor que empapa su camiseta de diseño debe de cotizarse por encima de los mil euros. Y, a pesar de ello, son héroes que sudan a voluntad, cuando les viene bien, cuando no tienen otra cosa que hacer, cuando han asegurado la suficiente caterva de hinchas descerebrados que jalean por jalear, por un impulso animal, como la rana croa o como el cuervo grazna. Esos mismos hinchas de corta memoria que, con un masoquismo bien ejercitado, han soportado domingo tras domingo la derrota del equipo local, porque la inflada nómina y las primas y el porcentaje de merchandising no bastaba para motivarlos a ofrecer un espectáculo decente.

 

Se comenta en la calle la fidelidad incondicional de la hinchada. Todas las cosas son ella misma y su opuesto, dependiendo de la óptica. Ese mismo espejo visto del revés nos muestra un gregarismo enfermizo y peligroso, que presiona sin piedad y es capaz de vender a su madre para estar mañana en Valencia emitiendo alaridos tan primitivos que harían enrojecer de vergüenza a nuestros parientes de Atapuerca.

 

Para llegar hasta ahí, han violentado a jefes obligando a cambiar turnos de trabajo, a profesores obligando a cambiar fechas de exámenes, ya no hay enfermos en las consultas, que milagrosamente han sanado tras ingerir la novedosa medicina del efecto “copa del rey” (algún laboratorio avispado debería darse prisa en encapsular la fórmula magistral),  han hipotecado sus menguadas economías en la incertidumbre de si serán capaces de llegar a finales de mayo sin que la tripa les suene como un violín desafinado.

 

Sobre todo, han impuesto su criterio despreciando a quien no se halla en su onda, compadeciéndolo a veces como a un ser inferior que nunca será capaz de alcanzar el paroxismo que mañana dominará su pequeño mundo.

 

Y todo eso, en medio de una crisis global y con el beneplácito de las autoridades, deseosas de ensalzar el mito, de inflarlo como un globo, cuanto más grande mejor, para que oculte una realidad que nos incumbe a todos, que amenaza con arrastrarnos a los abismos más profundos. ¿Podían haber encontrado un motivo de aturdimiento mejor? Casi sin pretenderlo, han ido a dar con la gallina de los huevos de oro, con el mago de la lámpara, aunque sea a corto plazo. Es táctica vieja, en realidad, que ya la Roma imperial puso en práctica cuando se vio asolada por sus propias crisis: pan y circo sin medida para adormecer a las masas.

 

Pero la aceleración histórica ha alcanzado velocidades de vértigo. Después del 13 de mayo, viene irremisiblemente el 14. Cuando los colores rojiblancos tengan que regresar a casa con  el fracaso entre las piernas, ejércitos de apoyo psicológico les saldrán al paso para aliviar el amargo sabor de la derrota con paños calientes no más efectivos que un vulgar placebo. Es lo mismo. La banca siempre gana.

 

 

E.Z., 12 mayo 09

 

 

Katherine Ann PORTER, Cuentos completos,

 

Debolsillo, 2009, 711 páginas, 10 €

 

 

Quienes se empeñan en seguir considerando el cuento como un género menor debe de ser que no han tenido la oportunidad de leer los relatos de K.A.Porter, cuyos Cuentos completos acaban de ser reeditados, ahora en bolsillo. Con un pie literario en su Tejas natal y el otro en Méjico, teje un entramado homogéneo al que da unidad desde la intuición de su base autodidacta, ejercitada con la pulsión de lo inevitable.

 

Callie Russell Porter nació en Indian Creek, Tejas, en 1890, pero hasta 1924, año en que se divorció del primero de sus cuatro maridos, no adoptó el nombre de Katherine Ann Porter, el de su abuela paterna, con el que sería conocida como escritora y con el que edificó una obra literaria con una fuerte carga autobiográfica que sobrevivió al paso del tiempo y la convirtió en una referente ineludible en el terreno del relato corto, relato largo, novela breve y novela, recopilados en este volumen con el que ganó en 1965 el premio National Book Award y, en 1969, el premio Pulitzer.

 

Su primer libro de relatos, Judas en flor (1930), tuvo un éxito inmediato. Los cuentos, algunos ambientados ya en Méjico, fueron elogiados por su penetración psicológica y excelente técnica. Después vinieron Hacienda (1934), Vino de la luna (1937), Caballo pálido, jinete pálido (1939). Su única novela, La nave del mal (1962), en la que describe un viaje en un trasatlántico en vísperas de la II Guerra Mundial, fue llevada al cine en 1965. Su última obra, El error interminable (1977), trata del caso Sacco-Vanzetti, los anarquistas italianos que fueron condenados a muerte en 1920, a pesar de que la opinión mundial pidió la conmutación.

 

El poder narrativo de esta escritora era ya reconocible en sus primeros textos, donde con un gran dominio del estilo y del idioma acumula detalles descriptivos para pintar una situación en la que atrapa a sus lectores sin remedio. Y lo hace con una economía de medios a la que saca el mayor provecho posible. A menudo, la situación inicial parece no reunir los elementos imprescindibles para una historia y, sin embargo, ante los ojos incrédulos del lector, el relato empieza a crecer hacia dentro hasta convertirse en un tinglado que cobra vida propia, que a veces emociona y otras produce una gran extrañeza, pero nunca deja indiferente. Todo ello hace que su producción se inscriba dentro de la línea narrativa de la gran literatura de EEUU y que tiene sus mejores representantes en John Steinbeck y en William Faulkner.

 

Nunca le interesó lo que el público pensara de ella o de su obra. En cambio, empleó su vida entera en saber quién era, qué era, dónde estaba y en qué se ocupaba. Algunas veces casi logró encontrar las respuestas. Por suerte para ella, sus padres no fueron unos intelectuales, pero sí extremadamente inteligentes, cultos y amantes de la lectura. Tenían una buena biblioteca y escuchaban música clásica. Ese ambiente inicial y unas dotes innatas parece ser que bastaron para hacer de ella una escritora de raza, a pesar de no haber recibido una formación específica.

 

Su vida fue azarosa en todos los sentidos: viajó constantemente por América y por Europa y, pese a sus cuatro matrimonios, jamás encontró la estabilidad afectiva en pareja. Falleció en Silver Spring, Maryland, en 1980, a los 90 años. Sus restos fueron sepultados al lado de los de su madre en el Cementerio Indio de Creek, en Tejas. Entre tanta vida a contrapelo y con infinidad de problemas, Porter tuvo tiempo de plasmar una obra literaria que logró a tiempo un justo reconocimiento. Enemiga de trucos publicitarios, nunca consiguió ser una de las narradoras más leídas de su país, pero influyó en autores más jóvenes debido a un estilo objetivo, cuidadoso, capaz de atinar con las expresiones irremplazables.

 

 

E.Z., 19 abril 09

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