Allen Stewart Konigsber nació en el Brox, en Nueva York, el 1 de diciembre de 1935. Dos hechos le marcaron desde el principio: su judaísmo y su extrema timidez. Las gafas para corregir su miopía supusieron una prótesis temprana y, seguramente, un parapeto defensivo de primer orden para su doble condición de tímido y de judío. Esas gafas grandes y redondas, de pasta negra, que le confieren un cierto aire de búho asustado, son las que le llevan a ver el mundo de un modo personal y único, convirtiéndolo a menudo en una caricatura de sí mismo.
Hay otros hechos que vienen a hurgar en la herida abierta. Debido a que sus padres trabajaban, Allan estuvo al cuidado de niñeras desde el primer año de su vida. De un episodio con una de ellas se cree que viene su aversión a los túneles largos y a los ascensores. Un día, cuando Allen tenía 3 años, la niñera de turno se acercó a su cuna y después de envolverlo en una colcha, le dijo: “¿Ves? Ahora mismo podría ahogarte y lanzarte a la basura, y nunca nadie sabría lo que ha pasado”. La mujer no cumplió la amenaza, pero dejó impreso en el niño el estigma de la fragilidad que lo acompaña desde entonces.
Sin embargo, al mismo tiempo lo dotó de un mecanismo de aurtodefensa, en una especie de efecto espejo que proyectaba sus miedos y fobias sobre los demás. Así, a los 5 años, coincidiendo con su ingreso en la escuela pública 99 de Brooklyn, se convirtió en un niño solitario e introvertido, incluso puede que en un inadaptado, porque años más tarde definió ese lugar como “una escuela para maestros con trastornos emocionales”, un diagnóstico que ya lleva la marca de la casa. Son esas mismas gafas las que a veces parecen servirle para mirar a su interior, como una forma de autoconocimiento que de otra manera tal vez no hubiera logrado y que, refiriéndose a su época de adolescente, le lleva a comentar: “yo no quería ser Bogart ni John Wayne. Yo sólo quería ser el capullo de la clase, quería ser ese chico con gafas que nunca consigue a la chica, pero que es divertido y cae bien a todo el mundo”. Debió de ser un estado de ánimo transitorio que pronto trató de corregir, acudiendo por primera vez al psiquiatra a los 17 años para convertirlo en un hábito del que aún no se ha desprendido. Así llegó a establecer la terna temática que recorre toda su filmografía: el judaísmo, la psiquiatría y el sexo, hasta transformarlos en obsesiones que trata de dinamitar desde dentro con sentencias lapidarias del tipo: “el cerebro es mi segundo órgano preferido” que han hecho estallar en carcajadas a los patios de butacas de media Europa. Los americanos, en cambio, nunca han logrado conectar con su agudo y corrosivo sentido del humor. Por eso tampoco entienden que se negara a asistir para recoger el óscar que en 1977 premiaba su dirección en “Annie Hall”, alegando que tenía que tocar el clarinete, como cada lunes, en el Café Carlyle. No queda claro si son de nuevo sus gafas las que le ayudan a establecer esta clase de prioridades que la Academia de Los Ángeles no consigue explicarse. ¿Cómo podría nadie en su sano juicio negarse a recorrer la alfombra roja por tocar el clarinete con sus amigos en un tugurio lleno de humo?
Ahí reside la habilidad de este tipo antisistema que, sin gritos, sin alharacas, jugando al papel de eterno ingenuo y despistado, descoloca a todo su entorno y llega a colarse incluso en la serie de Los Simpsons mediante fugaces apariciones que no hacen sino consolidar el carácter iconoclasta de los dibujos. En 2002 recibe el Premio Príncipe de Asturias de las Artes. Desde entonces tiene una estatua en su honor en el centro de Oviedo. No deja de ser sintomático que cada cierto tiempo la escultura “pierda” sus gafas. Hay alguien, o tal vez todo un grupo de fans que amenazan con convertirse en secta, que buscan mirar el mundo a través de las gafas de Woody Allen, desde una óptica crítica sin ser agresiva. Reponen las gafas a la estatua, pero vuelven a robarlas una y otra vez, porque a través de sus películas hay quien ha aprendido a interpretar la realidad con el filtro de ese humor disparatado y un poco absurdo que amortigua el dolor de vivir.
© Esther Zorrozua, 9 febrero 2010