Entró con timidez en la biblioteca. Tendría unos veinte años, un cuerpo sólido, el pelo algo estropajoso y los ojos inteligentes. No estoy matriculado en bachiller, me explicó; soy alumno del módulo de Electricidad. ¿Tengo derecho a leer libros de esta biblioteca? Claro, le dije. Pensaba añadir que no estábamos muy bien dotados de libro técnico, pero sin darme tiempo, él se dirigió directamente a los estantes de Filosofía y comenzó a leer los títulos. En un momento dado, calculando acaso que aquello le iba a llevar un tiempo, acercó una silla, se sentó y empezó a extraer algunos volúmenes y a hojearlos. Se detuvo en la “Historia del Pensamiento”, de Copleston y eligió uno. Me acerqué con cierta curiosidad. ¿Puedo ayudarte?, me ofrecí. Quiero éste, dijo con decisión. Era el volumen dedicado a Nietzsche. Lo siento, le expliqué, tenemos por norma no prestar los tomos de una colección, pero lo puedes leer aquí, si quieres.
De un momento a otro iba a sonar el timbre. Él tendría que volver a clase y yo debería cerrar la biblioteca. ¿Te interesa este autor? Sí, mucho, respondió con un brillo especial en los ojos. Ven mañana y te habré localizado todo lo prestable de Nietzsche.
Al día siguiente le preparé tres títulos: “La genealogía de la moral”, “El Anticristo” y “Más allá del bien y del mal”. Y esperé pacientemente. Cuando ya suponía que se le había pasado el calentón y no vendría, se abrió la puerta y quedó enmarcada su imagen, un poco descuidada, como dudando entre pasar o no. Le sonreí y eso le decidió. Le entregué los tres ejemplares. Elige, le propuse. Los tomó con interés, se fue a una mesa alejada, se sentó y lo vi leer con atención las contraportadas. Se decidió por “La genealogía de la moral” y se acercó a mí para rellenar la ficha. Así fue como me enteré de su nombre: Andrés Fernando Covaleda, nacido en 1987.
¿Qué es lo que te ha llamado la atención de este filósofo?, le pregunté mientras completaba los datos. Levantó la vista y fijó en mí unos ojos grises encendidos. He leído un artículo en una revista, empezó a explicar, que decía que la “mujer fatal” en la vida de Nietzsche y en su póstuma reputación fue su hermana. A la muerte del pensador ofreció sus obras a los nazis. Aunque éstos las siguieron y publicaron algunas engañadoras antologías de su pensamiento, todos los estudios serios de la materia están de acuerdo en que la versión nazi de las obras de Nietzsche representa una perversión poco escrupulosa de su pensamiento. ¿Y qué buscas? ¿Cotejarlo por tu cuenta?, bromeé. Algo así, admitió. Quiero ir a la fuente para comprobar si lo que dice el artículo es verdad. He leído que el filósofo alemán llega a la conclusión de que todo el comportamiento humano debe regirse por la voluntad. La voluntad de existir, de crear, de vencer el dolor, de obtener una fortaleza interior. Que el hombre aspira a ser cada vez mejor, a dar diario nacimiento a sus potencialidades. Que el estado más alto del hombre es el “super-hombre”, aquel que siendo dueño de sus actos y pensamientos se gobierna a sí mismo, sin necesidad de pertenecer a un rebaño, ni de ser guiado ni manipulado.
Pero eso es una utopía, le dije, nadie ha alcanzado ni puede alcanzar ese nivel. Tal vez sí, me corrigió, tal vez Leonardo da Vinci o Goethe lo consiguieron. Quiero saber más. El artículo me hizo pensar. A mi alrededor veo poca gente dueña de sus actos y quiero entender la razón. No sé por qué extraño efecto, quizá por alguna clase de electricidad estática (él debía de saber sobre eso más que yo), el pelo se le había ido alborotando como si su propio cuerpo despidiera cierta energía sobrante. Le recordé que tenía quince días de plazo. Me hizo un gesto de complicidad y salió.
Citando a alguien que cita a Paul Johnson, tres fueron los profetas del siglo XX: Freud, para quien todo estaba en el sexo, Marx, para quien todo estaba en el dinero, y Nietzsche, para quien todo estaba en la voluntad de poder. Y resultó un siglo turbulento. Quizá convenga reorientar la nave. Puede que ahora la esperanza esté en los electricistas.
E.Z., diciembre 09