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CULTURA CHINA

Introducción a la cultura china – Ernest Fenollosa

Posted: 28 Feb 2011 12:00 AM PST

La editorial Melusina vuelve a poner al alcance de los lectores pequeñas dosis de sabiduría encapsuladas en libros de lectura amena y siempre gratificante. Se trata, en este caso, del título Introducción a la cultura china, de Ernest Fenollosa, publicado en la colección [sic]. Riguroso y conciso, el libro se divide en tres apartados para ofrecer, de forma detallada, datos históricos sobre las dinastías chinas, conceptos referidos a la escritura con ideogramas y por último, una pequeña selección de textosrepresentativos de los grandes movimientos filosóficos y literarios chinos. LEER MÁS
Del autor diremos la verdad: que nos era desconocido antes de sumergirnos en el libro, pero que tras bucear entre sus páginas se nos antoja un personaje enigmático y singular: destacado orientalista de origen español nacido en 1853, sus escritos han contribuido en gran medida a la difusión del arte japonés en Europa. Sus exhaustivos estudios sobre el teatro oriental y numerosas traducciones de poemas chinos clásicos fueron utilizados y publicados con gran éxito posterior por Ezra Pound, que se apropió de estos textos, reformulándolos y adaptándolos a la forma poética inglesa. La visión de la cultura oriental de este sinólgo resultó, por tanto, crucial en las vanguardias occidentales de la primera mitad del siglo XX.

Fenollosa consigue apasionar al lector profano repasando las características sociales y artísticas de las dinastías chinas, desde los primeros pobladores asentados a orillas del río Amarillo (en torno al 2850 a. C.) hasta la dinastía Ming (siglo XVII), distinguiendo corrientes filosóficas y literarias y despertando nuestra curiosidad sobre la cultura china.
La segunda parte del libro es un breve e interesantísimo ensayo titulado Los caracteres chinos como medio poético: en él se analiza la construcción de la oración china y por tanto, su estructura de pensamiento. La explicación, mediante algunos ejemplos concretos, de la utilización de ideogramas, permite atisbar toda la intensidad y riqueza de la lengua china. En palabras de Fenollosa, “una de las superioridades de la poesía verbal en cuanto arte se halla en su conexión con la realidad fundamental del tiempo. La poesía china cuenta con la excepcional ventaja de poder combinar ambos elementos: nos habla a la vez con la vivacidad de la pintura y la movilidad del sonido”.
Por último, la breve antología que cierra este pequeño volumen ofrece algunos de los textos clave para entender las tres doctrinas (taoísmo, confucianismo, budismo), así como extractos de las cuatro novelas clásicas.

En definitiva, se trata de un libro que avivará el interés de aquellos que quieran seguir descubriendo la cultura oriental, y servirá de guía a los que se asomen por primera vez a esta civilización.

Elisabeth Falomir

FICHA DEL LIBRO

Título: Introducción a la cultura china | Autor: Ernest Fenollosa EditorialMelusina | Páginas 128 |Precio 9,50€ |

 

UNA VOZ RASPOSA


“Yo tenía una granja en África”. Siempre oigo esa voz de Karen Blixen como si le raspara algo en la garganta. Si fuese un hombre, no dudaría en atribuírselo al alcohol y al tabaco; en el caso de ella, lo entiendo más bien como huella de una vida muy vivida. No me consta que la sífilis que le contagió el bueno de Bror tuviera esa clase de efectos colaterales. Debe de ser otra cosa.

Es un deje sensual que trasmite todo el calor hasta la sofocación y toda la exuberancia de Kenia y predispone a creer cualquier cosa que ella quiera contar. No es sólo su voz: es su cuerpo, son los gestos de sus manos. Esa apariencia de languidez que encierra tanta decisión. La rareza que supone encontrar a una danesa en el centro del continente negro. La excepcionalidad de su carácter para hacer frente a los contratiempos. Y al mismo tiempo, su capacidad para el placer, ese saber disfrutar de lo que tiene: el paisaje, la bebida, la música, el rubio Denis.

No todo el mundo goza de credibilidad cuando habla, cuando cuenta una historia. Existe un don indefinible que se tiene o no se tiene.  Podemos admitir una excusa inverosímil del amigo que llega una hora tarde a la cita si la cuenta con convicción y podemos dudar de otro que alega hechos perfectamente factibles si nos parece que titubea o desvía la vista cuando estamos a punto de cruzarnos con ella. Karen Blixen posee ese don y escuchar sus palabras es acunarse con suavidad cuando sopla el viento en la sabana africana. Ella sabe cómo vestir las palabras, cómo pintarlas con los tonos adecuados; sabe elegir los motivos interesantes, desechar los tópicos, lanzar puentes y mantener la atención. Por eso es una gran narradora.

Desde que los primeros humanos se reunieron por primera vez en una caverna en torno a la primera hoguera, se han contado historias. De allí arranca una tradición que ha sobrevivido al curso de la historia y al desarrollo de la tecnología. El arte de fabular, que está ligado a la capacidad de soñar, es una de las potencialidades más humanas que nos permite trascendernos a nosotros mismos, vivir otras vidas que nuestras limitaciones biológicas nos impiden, corregir el pasado y adelantarnos al futuro, dar la vida y quitarla. No lo digo yo: es lo más parecido a suplantar a dios. Pero no todo vale. Hay que convencer, entretener, engatusar, seducir, engañar, sobornar, embaucar, dominar todos los trucos del ilusionismo sin revelar los secretos. Karen Blixen lo hace con la pericia de una experta. Sólo le raspa la voz, jamás la credibilidad, y yo trato de beber de sus fuentes.

E.Z., 3 abril 2010

MÓNITA


No se trata de ningún error. El vocablo existe y figura en los diccionarios como sinónimo de hipocresía, falsedad, fingimiento y una lista de otros veinte términos afines. No busco ninguna clase de lucimiento personal. Soy de natural discreto, pero las circunstancias me han llevado a desenterrar este fósil griego, “mónita”, que resulta lo bastante llamativo y que, por asociación de ideas, puede emparejarse fonéticamente con “cáspita”. De paso, sirve también para demostrar la utilidad de las tildes que, si se perdiesen en esos dos casos, derivarían en un par de diminutivos insustanciales. Tampoco es que me cueste centrarme, sino que me estoy dando tiempo para que descienda mi nivel de bilirrubina o cualquier otra clase de humor que hace euforia cuando nos dan un pisotón inesperado. El día iba bastante bien hasta que he leído un artículo sobre el burka y sus distintos usos, y ahí ha sido cuando se me ha revuelto la bilis, al comprobar la escasa correspondencia entre lo que decimos y lo que hacemos. Cuando ese desajuste se produce desde la consciencia y no desde la ignorancia, se denomina directamente hipocresía o cualquier palabro más popular y más grueso, y por tanto, mucho más gráfico.

Leo sobre las distintas iniciativas, en muchos casos ya convertidas en leyes, que se van implantando por media Europa sobre la prohibición del uso del burka en cuanto que supone “un atentado contra la dignidad de las mujeres” y bla, bla, bla. Y leo en paralelo las campañas “artísticas” a cargo de famosos diseñadores de la talla de Nina Ricci, John Galiano o Carolina Herrera, que presentan en las pasarelas internacionales sus nuevas colecciones “inspiradas” en el burka. Burkas de colores y diferentes texturas para hombres y mujeres.

De manera que está prohibido llevar burka por motivos culturales o religiosos, pero no si se canaliza como producto artístico firmado por alguien con un logo lo bastante atractivo como para despertar el interés de los chinos imitadores. Por tanto, no es lícito lo cotidiano, pero sí el producto de lujo que rinde beneficios millonarios. No se permite a las alumnas asistir al instituto con burka (y me parece bien; nosotros no nos quejamos porque nos hagan descalzarnos para entrar a  sus mezquitas, así que toca adaptarse al lugar en que se está), pero visten a Barbie con burka para conmemorar el 50 aniversario de su creación (porque eso vende por exótico). ¿Dónde está la difusa frontera entre la reivindicación y el negocio? ¿No conoce límites la manipulación del dinero? ¡Mónita! ¡Mónita! ¡Mónita!

E.Z., 28 abril 2010

La seriedad del juego

Ed. Alfaguara, 2009, 232 páginas, 17’50 euros

Estamos ante una reflexión sobre la literatura y los literatos, los problemas que deben afrontar, como la memoria, las influencias, el entorno, la relación entre realidad y ficción, y los retos que han de salvar, como las relaciones con los lectores, con la crítica y con sus países de origen; todos esos pormenores que el público no llega a ver porque se quedan en un plano oculto que contiene la vida del autor, sus ideas, sus ilusiones y sus mundos, y que sólo el lector avezado llegará con suerte a descubrir.

Juan Gabriel Vásquez (Bogotá, 1973), traductor, ensayista, crítico literario, columnista y autor de relato y novela, ha ganado con “El arte de la distorsión” el Premio de Periodismo Simón Bolívar 2009. Con esta colección de 17 artículos, que incluyen ensayos, prólogos y conferencias, el autor alimenta su adicción a la lectura por “la profunda satisfacción que nos dan los mundos cerrados, autónomos y perfectos, de las grandes ficciones. Esos mundos que, precisamente por haber nacido de la imaginación libre y soberana, dan a la realidad un orden y un significado que ésta, por sí sola, no logrará jamás. Esos mundos donde, precisamente porque no han sucedido nunca, las cosas seguirán sucediendo para siempre”, según expone en el prólogo.

Con sus comentarios, da la impresión de conocer todos los secretos ocultos tras la formación de cada libro y es capaz de señalar los métodos constructivos más eficaces que hay en muchos de ellos. La antología puede resultar quizá un conjunto ecléctico, porque algunos artículos tratan temas muy verticales, mientras en otros se explaya en asuntos llanos, colaterales con la lectura y su fábrica, muy instructivos para los amantes bibliófilos. Son 17 exploraciones que revelan a un lector agudo, original y apasionado. El espectro va de Joseph Conrad a Julio Ramón Ribeyro, pasando por Cervantes, García Márquez, Philip Roth o Sebald. Cuando se detiene en la obra o la figura de algún autor, lo hace mediante análisis someros: se limita a iluminar algún detalle menor o a reflexionar sobre alguna faceta de la narrativa de esos escritores.

En “El arte de la distorsión”, artículo que da nombre al libro y que fue en su origen una conferencia impartida en El Escorial en 2006, defiende la libertad del escritor en la creación de ficciones, porque la única razón de ser de la novela es decir lo que sólo la novela puede decir. Aborda el inevitable tema de la novela histórica, coincidiendo, sin citarlo, con Kapuscinski y con Herodoto en la imposibilidad de conocer la historia, o más bien, en la idea de que toda historia es apenas una versión de los hechos. Y cita a Julian Barnes al mencionar que “inventamos historias para tapar los hechos que no conocemos: conservamos unos cuantos hechos verdaderos y alrededor de ellos tejemos un nuevo relato.”

En esta serie de artículos hay mucha erudición y agudas vueltas de tuerca, pero la brújula de Vásquez deja tan estrecho margen de maniobra en algunos momentos, que suena a imposición, por ejemplo, a la hora de establecer quiénes son buenos y malos lectores. Tal vez por eso, lo mejor de este libro, como en la literatura en general, resida en la libertad de combinar y seleccionar los contenidos a gusto de cada cual.

© E.Z., febrero 2010

ENSAÑAMIENTO


Me perdí. Ya sé que cuesta creerlo. Soy un pointer y en mi historial figuran varios premios en la caza de liebre. Pero eso era antes. Ahora tengo quince años y unas cataratas como para cortar a cuchillo. Hace siglos que no me llevan al monte. Desde que perdí el olfato y las piezas empezaron a pasearse a mi lado con descaro, como si me retaran. Luego las imágenes se volvieron temblonas, como si estuvieran hechas de gelatina y, por último, una cortina gris vino a poner una frontera entre el mundo y yo. A partir de entonces, se limitan a mandarme cada tarde al parque con Guillermo. Supongo que sienten alguna responsabilidad y no quieren que además se me atrofie el esqueleto. Guille, a veces lleva una pelota y la arroja a una distancia media  para obligarme a hacer carreras cortas. Es una pelota roja de gomaespuma, que no pesa, así que no puede ir muy lejos, pero a menudo la pierdo de vista y es él quien tiene que ir a buscarla. Guille es un tío legal, de una paciencia infinita. Tenemos la misma edad, lo que significa que a él le queda toda una vida por delante y a mí se me acabó el futuro.

Ayer hicimos el mismo recorrido de siempre, de casa al parque; mientras jugábamos con la pelota, se acercó una chavalita. Sólo pude apreciar su perfil borroso, pero la voz me dio los demás datos. Guille la conocía, no sé de qué, pero la llamó por su nombre, Lucía. Se pusieron a hablar y supongo que se olvidaron de mí. Sentí sed. Recordaba que a no más de veinte pasos había una fuente con abrevadero de la que había bebido infinidad de veces. Un resto de sentido de orientación me llevó hasta allí y, tras unos lenguetazos golosos, me encontré mucho mejor. Pero al intentar volver, no sé qué me pasó: me perdí.

Pasó un tiempo. Esperé que Guille viniera a buscarme. Por fuerza tenía que verme, no me había alejado tanto. Empecé a moverme y a ladrar quedo. Supongo que no hacía más que girar en redondo. Ladré más fuerte, una señal de alarma intentando trasmitir el miedo intenso que empezaba a hacerse un hueco en mí. El gris de mi entorno se volvió plomizo, cada vez había menos luz. Entonces los oí: ladridos amenazantes, ladridos burlones que llegaban de distintas direcciones y se aproximaban peligrosamente.

Pronto me tuvieron cercado. Serían tres o cuatro. Ladraban con saña. Me paré en seco y agucé el oído. Ladré con decisión, intentando ocultar el miedo, pero yo mismo no estaba convencido y debí de delatarme. No hizo falta más. Se abalanzaron contra mí de manera encarnizada. Noté la primera dentellada en el cuello, luego en la entrepierna, después no supe distinguir. Me atacaron con una crueldad y una fiereza gratuitas. Sólo porque me reconocieron como el débil de la especie. Todo ocurrió muy rápido. No quedó de mí más que el resto lacerado de un pointer ganador de muchos premios.

Antes de que el plomo se volviera negro profundo, alcancé a oír la voz asustada de Guille llamándome, “¡Thor!, ¡Thor!” No fui capaz de emitir ni un quejido. La noche lo disolvió todo.

© E.Z., 21 febrero 2010

Allen Stewart Konigsber nació en el Brox, en Nueva York, el 1 de diciembre de 1935. Dos hechos le marcaron desde el principio: su judaísmo y su extrema timidez. Las gafas para corregir su miopía supusieron una prótesis temprana y, seguramente, un parapeto defensivo de primer orden para su doble condición de tímido y de judío. Esas gafas grandes y redondas, de pasta negra, que le confieren un cierto aire de búho asustado, son las que le llevan a ver el mundo de un modo personal y único, convirtiéndolo a menudo en una caricatura de sí mismo.

Hay otros hechos que vienen a hurgar en la herida abierta. Debido a que sus padres trabajaban, Allan estuvo al cuidado de niñeras desde el primer año de su vida. De un episodio con una de ellas se cree que viene su aversión a los túneles largos y a los ascensores. Un día, cuando Allen tenía 3 años, la niñera de turno se acercó a su cuna y después de envolverlo en una colcha, le dijo: “¿Ves? Ahora mismo podría ahogarte y lanzarte a la basura, y nunca nadie sabría lo que ha pasado”. La mujer no cumplió la amenaza, pero dejó impreso en el niño el estigma de la fragilidad que lo acompaña desde entonces.

Sin embargo, al mismo tiempo lo dotó de un mecanismo de aurtodefensa, en una especie de efecto espejo que proyectaba sus miedos y fobias sobre los demás. Así, a los 5 años, coincidiendo con su ingreso en la escuela pública 99 de Brooklyn, se convirtió en un niño solitario e introvertido, incluso puede que en un inadaptado, porque años más tarde definió ese lugar como “una escuela para maestros con trastornos emocionales”, un diagnóstico que ya lleva la marca de la casa. Son esas mismas gafas las que a veces parecen servirle para mirar a su interior, como una forma de autoconocimiento que de otra manera tal vez no hubiera logrado y que, refiriéndose a su época de adolescente, le lleva a comentar: “yo no quería ser Bogart ni John Wayne. Yo sólo quería ser el capullo de la clase, quería ser ese chico con gafas que nunca consigue a la chica, pero que es divertido y cae bien a todo el mundo”. Debió de ser un estado de ánimo transitorio que pronto trató de corregir, acudiendo por primera vez al psiquiatra a los 17 años para convertirlo en un hábito del que aún no se ha desprendido. Así llegó a establecer la terna temática que recorre toda su filmografía: el judaísmo, la psiquiatría y el sexo, hasta transformarlos en obsesiones que trata de dinamitar desde dentro con sentencias lapidarias del tipo: “el cerebro es mi segundo órgano preferido” que han hecho estallar en carcajadas a los patios de butacas de media Europa. Los americanos, en cambio, nunca han logrado conectar con su agudo y corrosivo sentido del humor. Por eso tampoco entienden que se negara a asistir para recoger el óscar que en 1977 premiaba su dirección en “Annie Hall”, alegando que tenía que tocar el clarinete, como cada lunes, en el Café Carlyle. No queda claro si son de nuevo sus gafas las que le ayudan a establecer esta clase de prioridades que la Academia de Los Ángeles no consigue explicarse. ¿Cómo podría nadie en su sano juicio negarse a recorrer la alfombra roja por tocar el clarinete con sus amigos en un tugurio lleno de humo?

Ahí reside la habilidad de este tipo antisistema que, sin gritos, sin alharacas, jugando al papel de eterno ingenuo y despistado, descoloca a todo su entorno y llega a colarse incluso en la serie de Los Simpsons mediante fugaces apariciones que no hacen sino consolidar el carácter iconoclasta de los dibujos. En 2002 recibe el Premio Príncipe de Asturias de las Artes. Desde entonces tiene una estatua en su honor en el centro de Oviedo. No deja de ser sintomático que cada cierto tiempo la escultura “pierda” sus gafas. Hay alguien, o tal vez todo un grupo de fans que amenazan con convertirse en secta, que buscan mirar el mundo a través de las gafas de Woody Allen, desde una óptica crítica sin ser agresiva. Reponen las gafas a la estatua, pero vuelven a robarlas una y otra vez, porque a través de sus películas hay quien ha aprendido a interpretar la realidad con el filtro de ese humor disparatado y un poco absurdo que amortigua el dolor de vivir.

© Esther Zorrozua, 9 febrero 2010

  

Mikel ALVIRA, “El silencio de las hayas”

Donostia,  Ed. Ttarttalo,  2009,  389 páginas.

  

Estamos ante un relato telúrico en el que a los personajes les entra el espíritu de la tierra por las plantas de los pies, como a los árboles por las raíces. Es una historia arraigada al Pirineo navarro, a la casa de Sorogibel y a una mujer, Cataline, que funciona como leit-motiv del clan, como principio y fin de todo lo que ocurre, piedra de toque que pone en marcha comportamientos y esperanzas cuando todo está perdido. Este elemento llega como una reminiscencia del matriarcado tradicional de la zona y hace que la figura de la madre se agigante ganando atributos extraordinarios y cohesionando a pesar de su ausencia a la familia que se desperdiga sin remedio. 

Mikel Alvira (Iruñea, 1969), escritor prolífico y polifacético que cultiva el ensayo, el guión cinematográfico, la novela, el relato y la poesía, multipremiado con galardones como el Nuevoser de Buenos Aires, el Fogón Saint Julen de París, el de Novela No Sexista del Ayuntamiento de Santurtzi y el Internacional de Poesía de Segorbe, afianza su escritura con esta novela, “El silencio de las hayas”, que viene a ser una saga familiar a lo largo de cuatro generaciones (Miguelón, Mieltxo, Miguel, Miguelico) entre 1900 y 1960. La intrahistoria doméstica avanza entrelazada con los avatares tumultuosos de la historia de España en ese periodo (el advenimiento de la República, la Guerra Civil, el exilio). La geografía elegida, Larraskoain, el pueblo más alto del valle de Geiunli, desde el que se cruza y descruza la muga como algo cotidiano tiene la lectura de lo común y compartido por encima de las fronteras artificiales y de que las cosas no son siempre según parecen estar establecidas. 

El hilo conductor viene marcado por una acción trepidante, llena de sorpresas, muy en la línea de la novela de aventuras, en la que los personajes se van pasando el testigo unos a otros como en una contrarreloj acelerada. Nada es estable; todo está siempre sujeto a cambio. Los personajes se hallan en todo momento ante encrucijadas y se ven obligados a elegir entre lo que a menudo parecen simples hechos cotidianos. Pero esas elecciones les acarrean consecuencias inesperadas que muchas veces afectan a la familia entera. Ése viene a ser el punto gordiano de reflexión al que nos quiere conducir Alvira con su historia: la enorme trascendencia potencial de lo aparentemente anecdótico.

 

Todo ello, tejido en un estilo ágil y suelto, que fluye solo y se impregna a ratos, con esmero preciosista, de la sintaxis vasca de los personajes que presumiblemente hablan en euskera. Un estilo fresco y cercano, plagado de diálogos rápidos y eficaces, carente de retoricismos inútiles, para ganar en verosimilitud y hacernos oír las voces diferenciadas de los habitantes del valle, de los mineros vizcaínos o de los policías de Pamplona. Con todo, Alvira trasciende los límites del costumbrismo mediante la incorporación de temas que están en el imaginario universal. 

“El silencio de las hayas” viene a ser un título cargado de simbolismos que nos remite a ese vínculo indisoluble entre la gente y la tierra, a ese árbol de carácter sagrado que viste la franja habitable del Pirineo y ha sido testigo de secretos y atrocidades, a esos pactos no verbalizados que ligan a las personas y que, tras la diáspora forzada, reúnen a todos los Sorogibel en el exilio, al otro lado de la muga, donde también están presentes las hayas. Y, seguramente, también a ese miedo a la palabra que impuso la dictadura, pero que nada pudo hacer frente a la resistencia, silenciosa pero activa, de los sometidos.

 

© E.Z., enero 10

ENEMIGOS ÍNTIMOS

 

 

Nacieron conociéndose y siempre habían mantenido entre ellos una actitud de atracción y rechazo en proporción semejante. Su historia se escribió mucho antes de que se rodara la película homónima del director Carlo Verdone (2007) y de que se grabara el álbum del mismo título con canciones de Fito Páez y Joaquín Sabina (2008); además, el entramado de sus vidas resultaba mucho más complejo que el argumento de la peli o las letras del cedé.

 Elías y Tino nacieron en un pueblo de la Castilla profunda, uno de esos lugares que parecen habitar un mundo paralelo, con sus propias leyes y costumbres, con sus arquetipos atemporales, totalmente desconectados de la realidad que a la mayoría del vulgo nos sirve como telón de fondo y en la que nos reconocemos como parte de un todo más o menos coherente.

 Sin embargo, algo marcó la diferencia desde el principio: Elías era el hijo único del sacristán, un tipo algo tortuoso, forastero,  que contaba que había sido seminarista en Salamanca; Tino formaba parte de la prole numerosa del herrero del pueblo, un sujeto primitivo, surgido de la misma llanura, cuyas raíces en el lugar eran al menos tan antiguas como la semilla del primer cereal que creció mirando al cielo limpio y frío de la meseta. Con lo difícil que es evitarse en un pueblo pequeño, nunca jugaron juntos de niños, pero se hicieron mozos midiéndose en la distancia, seguramente echando de menos cada uno lo que el otro tenía. Elías, el lado salvaje y montaraz, la imagen de fuerza de la naturaleza que representaba el hijo del herrero. Tino, algo que él nunca supo poner en palabras, pero que tenía que ver con la capacidad de entender y ordenar el entorno. Claro que cada uno podía vivir con ese vacío sin llenar, pero lo acusaban como una herida abierta que a nadie confesarían jamás ni siquiera bajo tortura.

 La vida los separó en plena adolescencia. Elías se fue a la capital para continuar sus estudios y, siguiendo su pauta de carretera sin curvas y sin desvíos, continuó hasta el final. No tenía ninguna curiosidad científica. Era de esas mentes que creían que todo estaba ya inventado y que cualquier mundo pasado fue mejor, en especial, el grecolatino. Su propio destino le llevó a licenciarse en lenguas clásicas. Con toda probabilidad, no pensó mucho en Tino ni en el pueblo durante todo ese tiempo, aquel Tino que se había quedado atrás, perdido en el tiempo alternativo, sin oficio cierto, sobreviviendo a base de la caza furtiva y esquivando a los forestales cada vez que cobraba una pieza.

 Pero algo debió de pasar, algo que Tino prefería silenciar y Elías no saber. O se cansó de cazar,  o alguna de las escaramuzas se complicó demasiado y tuvo que salir huyendo. Y Tino apareció en Madrid. La capital era ya entonces muy grande y populosa. De haberse buscado, hubiesen tenido problemas para encontrarse. Pero la casualidad o el capricho hicieron que sus hilos se cruzaran en aquel laberinto. Fue un contacto breve. Elías, madrugador y sereno, preparaba las cátedras de latín. Tino, borracho como una cuba, trabajaba a ratos en el Matadero Municipal despiezando la carne que después se repartía por los mercados. Fue un encuentro fugaz en un amanecer helado. Luego, nada. Tal vez cada uno rebobinó su propia película, aunque nadie conoció sus conclusiones.

 Elías obtuvo la cátedra de latín y un destino en Bilbao. No es fácil que pasen estas cosas, pero Tino apareció años más tarde en Bilbao, ejerciendo de enterrador, un oficio inquietante y escabroso que de forma rocambolesca volvía a atarlo a la tierra. Para entonces, Elías era ya bibliotecario en la Biblioteca Central y Tino había leído por lo menos a Julio Verne, porque ahora se hacía llamar Nemo. Era un vínculo que comenzó siendo frágil, pero también lo es la tela de una araña y, según la canción popular, en ocasiones ha servido para columpiar a un montón de elefantes. Así, el préstamo de libros se convirtió en la excusa perfecta para acercar aquellas dos voluntades condenadas a no entenderse. La rigidez moral de Elías, su meticulosidad y sentido del orden, su obsesión por la limpieza no hallaban encaje  en el desaliño y la dejadez, en la relajación de costumbres y en la búsqueda compulsiva y desordenada de placer que gobernaban la cotidianeidad de Nemo.

 Su relación se mantuvo siempre privada, con un punto de perversión sadomaso. Se reunían para discutir sin importar demasiado el tema, sabiendo de antemano que no alcanzarían acuerdo porque no compartían punto de salida ni destino, incluso aprovechaban las estaciones intermedias para echar unos pulsos. No importaba: era lo más cerca que podían estar de aquella atracción que los había estigmatizado desde la infancia, de aquel observarse desde la distancia deseando con vehemencia lo que al uno le había sido negado y el otro poseía. Estaban sentenciados a vivir como siameses que se odian y que, al infligir un castigo a su otra mitad,  han de sufrirlo a la vez en su propia carne.

 

 

© E. Z., 22 enero 2010

¡POBRE HAITÍ!

 

 Ese olor lo invade todo en Puerto Príncipe, es la quintaesencia de todas las hediondeces imaginables. Hace una semana que no hay agua potable en esa media isla abandonada a su suerte. La que hay, llega después de filtrar cadáveres, heces y basuras de todo origen. Una nube densa de partículas de polvo y tierra espesa el aire, se mete en los ojos, se pega a la piel y las imágenes desfilan como jirones desprendidos de un sueño que se ha vuelto pesadilla. El llanto de miles de niños asustados y desorientados que vagan a menudo en círculo, prisioneros de su propia fragilidad, pone la banda sonora a escenas que el corazón no soporta. Los muertos se mezclan con los heridos, dispersos sin ninguna clase de orden, como si una gigantesca batidora los hubiera ido dejando caer de forma caprichosa, así, medio triturados, maltrechos, irreconocibles. Un arrumazón de moscas golosas se ciernen sobre las heridas abiertas que inician un irreversible proceso de gangrena. Los ancianos de la residencia cercana que no han perecido al derrumbarse el edificio sobre ellos yacen como muebles rotos abandonados en las esquinas sin que nadie les haya cambiado el pañal en tantos días. Escenificación de la miseria.

 

Los haitianos acumulan una larga historia de resignación: a la esclavitud, a gobiernos depredadores y corruptos, a la furia desnuda de la naturaleza. Pero no existe recipiente sin límite y la copa de su estoicismo ha terminado por desbordarse. Hordas de jóvenes de piel lustrosa, hartos de esperar un auxilio que no llega en días, blandiendo armas rudimentarias, se lanzan al saqueo indiscriminado: no tienen nada que perder. Se producen escaramuzas, carreras, suena algún tiro disperso, cae alguno de ellos con su mercancía al hombro, cae el siguiente sobre el primero haciendo una montonera, llega el tercero, se hace con el fruto del latrocinio y huye. ¿Adónde se dirige ese muchacho de cuerpo de chocolate, abrazado a una pieza de tela que no le quitará el hambre ni la sed? ¿Adónde va ése otro, tal vez su primo o su vecino, cargando un arcón congelador, cuando la isla lleva una semana sin electricidad y tampoco hay nada que guardar en su interior? Escenificación del absurdo.

 

Nada más tener noticia de la magnitud del terremoto, todos y cada uno de los “países civilizados” se han puesto en marcha en una carrera contra-reloj por llegar los primeros al escenario de la catástrofe. Todos los mandatarios han desfilado por riguroso orden jerárquico para hacerse la foto rodeados de dolor y necesidad. También han competido a codazo limpio a la hora de estipular ayudas económicas, víveres, medicinas, equipos médicos, equipos de comunicación. Han celebrado reuniones del más alto nivel en Santo Domingo, el país vecino, adonde  ha acudido cada representante en su avión particular. Han colapsado los aeropuertos por falta de planificación, llegando a reunir mucho más material del que pueden distribuir. Llegados a este punto, como en un patio de colegio en el que la melé improvisada de los jugadores amenaza con convertirse en un descalabro general, surge el líder de siempre, el Tío Sam que toma las riendas, militariza la zona e impide salir del territorio a quienes buscan una salida desesperada. Los demás jugadores cuestionan al que toma la iniciativa: ellos también tienen ideas, pero son ideas con firma, con nombre propio, con señas de identidad. Mientras tanto, los haitianos contemplan la contienda y esperan el resultado del partido en un estadio podrido habilitado con gradas insalubres, donde las amenazas más probables son las epidemias y la muerte en todas sus variantes lentas y dolorosas. Escenificación de la arrogancia.

 

¿Qué clase de contienda libraban los elegidos mientras Haití se sumía en un pozo cada vez más profundo hasta convertirse en el país más pobre de América? ¿Quién se ocupaba de sus endebles infraestructuras, haciendo del país un frágil castillo de naipes que no necesitaba profeta, ni oriundo ni extranjero,  para augurar un fin del mundo frente al menor embate natural? ¿Por qué esos jerifaltes, en vez de buscar la oportunidad no buscan la eficacia y condonan de forma global toda la deuda externa de Haití? ¿Cómo es posible que los bancos que asumen la canalización de fondos para el país damnificado cobren una comisión que va de 2 a 5 euros por cada donativo que reciben? Que no pretendan hacerme creer que todos los seres humanos son iguales. Quizá los científicos no se atrevan a decirlo, pero yo estoy convencida de que hay al menos dos tipos de genoma: el que incluye la empatía por los semejantes y el que carece de ella. No es una pequeña diferencia. Eso lo cambia todo. A la vista está.

 

 

 

© Esther Zorrozua, 18 enero 2010

 

 

Eran las nueve de la mañana del sábado cuando sonó el timbre de la puerta. Gerardo y los niños habían ido a esquiar para todo el fin de semana. Había costado convencerles, pero los pronósticos de las estaciones eran buenos. A saber cuándo se volvía a presentar una ocasión semejante y había que rentabilizar los equipos que habían costado un dineral. No, ella no podía ir; el esguince de tobillo reciente no estaba del todo curado, pero era una pena que no lo aprovechasen los demás. Irene había decidido dormir hasta tarde y quedar para comer con  Alicia. Ese timbrazo intempestivo le exasperó. Con los esfuerzos que le había supuesto conseguir esos dos días para ella sola.

 Retiró el edredón que conservaba el calor de su cuerpo y el aturdimiento del sueño, se levantó a disgusto, se puso las zapatillas y la bata y acudió a la puerta. Llevaba su peor cara, dispuesta a proferir cualquier improperio a quien osaba molestarla tan temprano. Más valía que hubiera una buena razón para ello. Descorrió el pasador y dio dos vueltas a la llave en sentido inverso para poder abrir la puerta. Al hacerlo, comprobó tres cosas: que no había nadie esperando, que durante la noche había caído una capa de nieve de unos diez centímetros y que alguien había hollado aquella alfombra purísima  con unas huellas de adulto, talla 44 ó 45, que se dirigían hacia la puerta, pero que no existían las de retorno.

 Se cerró el cuello de la bata aprisionándolo con una mano y se asomó al jardín  sin sacar los pies del felpudo. No había señales de nada vivo. Hacía un frío del carajo. El sol se empeñaba en mostrar su mejor aspecto, pero sólo enviaba chorros de aire gélido. No obstante, el paisaje estaba deslumbrante con esa capa inusual y ese silencio blanco, como si el fluir del tiempo se hubiera alterado y el mundo hubiese entrado en otra dimensión. Pero las huellas continuaban allí, en una sola dirección. Eso le preocupó.

 Entró en casa y cerró la puerta. Se dirigió al salón y levantó la persiana del ventanal que daba al jardín posterior para comprobar si alguien se había colado hasta allí rodeando el edificio. Sólo vio los frutales hibernando bajo el merengue blanco y escuchó el mismo silencio de antes. Uno de los arbustos de boj próximos a la tapia de la izquierda  sufrió un súbito temblor y de su interior emergió un estornino pinto, que saltó al suelo y se fue correteando sobre la nieve hasta que se perdió de vista. Luego, nada. Pero aquellas huellas ante su puerta le seguían inquietando. Un escalofrío recorrió su columna como si un tren de mercancías inaugurase nueva ruta mientras Irene continuaba mirando el jardín dormido bajo la manta blanca. Tenía que comprobar la caldera, no era normal que sintiese tanto frío.

 En ese momento sonó el teléfono. Casi sintió un alivio. Alguien deseaba hablar con ella. Le comentaría el incidente y le hallarían una explicación razonable. Se acercó a la mesita y descolgó:

      -       Dígame.

      -       No me busques más. Hace rato que estoy dentro.

 

© E.Z., 10 enero 2010

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