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 Entró con timidez en la biblioteca. Tendría unos veinte años, un cuerpo sólido, el pelo algo estropajoso y los ojos inteligentes. No estoy matriculado en bachiller, me explicó; soy alumno del módulo de Electricidad. ¿Tengo derecho a leer libros de esta biblioteca? Claro, le dije. Pensaba añadir que no estábamos muy bien dotados de libro técnico, pero sin darme tiempo, él se dirigió directamente a los estantes de Filosofía y comenzó a leer los títulos. En un momento dado, calculando acaso que aquello le iba a llevar un tiempo, acercó una silla, se sentó y empezó a extraer algunos volúmenes y a hojearlos. Se detuvo en la “Historia del Pensamiento”, de Copleston y eligió uno. Me acerqué con cierta curiosidad. ¿Puedo ayudarte?, me ofrecí. Quiero éste, dijo con decisión. Era el volumen dedicado a Nietzsche. Lo siento, le expliqué, tenemos por norma no prestar los tomos de una colección, pero lo puedes leer aquí, si quieres.

 

De un momento a otro iba a sonar el timbre. Él tendría que volver a clase y yo debería cerrar la biblioteca. ¿Te interesa este autor? Sí, mucho, respondió con un brillo especial en los ojos. Ven mañana y te habré localizado todo lo prestable de Nietzsche.

 

Al día siguiente le preparé tres títulos: “La genealogía de la moral”, “El Anticristo” y “Más allá del bien y del mal”. Y esperé pacientemente. Cuando ya suponía que se le había pasado el calentón y no vendría, se abrió la puerta y quedó enmarcada su imagen, un poco descuidada, como dudando entre pasar o no. Le sonreí y eso le decidió. Le entregué los tres ejemplares. Elige, le propuse. Los tomó con interés, se fue a una mesa alejada, se sentó y lo vi leer con atención las contraportadas. Se decidió por “La genealogía de la moral” y se acercó a mí para rellenar la ficha. Así fue como me enteré de su nombre: Andrés Fernando Covaleda, nacido en 1987.

 

¿Qué es lo que te ha llamado la atención de este filósofo?, le pregunté mientras completaba los datos. Levantó la vista y fijó en mí unos ojos grises encendidos. He leído un artículo en una revista, empezó a explicar, que decía que la “mujer fatal” en la vida de Nietzsche y en su póstuma reputación fue su hermana. A la muerte del pensador ofreció sus obras a los nazis. Aunque éstos las siguieron y publicaron algunas engañadoras antologías de su pensamiento, todos los estudios serios de la materia están de acuerdo en que la versión nazi de las obras de Nietzsche representa una perversión poco escrupulosa de su pensamiento. ¿Y qué buscas? ¿Cotejarlo por tu cuenta?, bromeé. Algo así, admitió. Quiero ir a la fuente para comprobar si lo que dice el artículo es verdad. He leído que el filósofo alemán llega a la conclusión de que todo el comportamiento humano debe regirse por la voluntad. La voluntad de existir, de crear, de vencer el dolor, de obtener una fortaleza interior. Que el hombre aspira a ser cada vez mejor, a dar diario nacimiento a sus potencialidades. Que el estado más alto del hombre es el “super-hombre”, aquel que siendo dueño de sus actos y pensamientos se gobierna a sí mismo, sin necesidad de pertenecer a un rebaño, ni de ser guiado ni manipulado.

 

Pero eso es una utopía, le dije, nadie ha alcanzado ni puede alcanzar ese nivel. Tal vez sí, me corrigió, tal vez Leonardo da Vinci o Goethe lo consiguieron. Quiero saber más. El artículo me hizo pensar. A mi alrededor veo poca gente dueña de sus actos y quiero entender la razón. No sé por qué extraño efecto, quizá por alguna clase de electricidad estática (él debía de saber sobre eso más que yo), el pelo se le había ido alborotando como si su propio cuerpo despidiera cierta energía sobrante. Le recordé que tenía quince días de plazo. Me hizo un gesto de complicidad y salió.

 

Citando a alguien que cita a Paul Johnson, tres fueron los profetas del siglo XX: Freud, para quien todo estaba en el sexo, Marx, para quien todo estaba en el dinero, y Nietzsche, para quien todo estaba en la voluntad de poder. Y resultó un siglo turbulento. Quizá convenga reorientar la nave. Puede que ahora la esperanza esté en los electricistas.

 

E.Z., diciembre 09

VUELO DE ALTURA


Adela llevaba más de una hora esperando a Javier. Espérame en casa, pasaré a buscarte a las siete y media, le había dicho. Esa tarde iban a ir juntos e elegir el panteón. Javier era un clásico y un sentimental, quería que descansaran juntos para siempre uno al lado del otro. Pero Javier se retrasaba. Le había dicho a Adela que esa tarde tenía que cerrar un asunto con un cliente importante. Adela se estaba poniendo nerviosa. Se había vestido de forma sobria, con el traje sastre y la camisa malva, y se había sentado a esperar en el sofá, pero había cambiado de postura tantas veces, que tenía la sensación de que la ropa se le estaba arrugando, que toda ella iba perdiendo la prestancia de la última vez que se miró al espejo.

Entonces, sonó el teléfono. Respondió al segundo timbrazo, segura de que sería él. Pero no. La voz de una mujer desconocida le dio el aviso de que Javier estaba en la cafetería del Hotel Sheraton. No aclaró si esperando a Adela o dedicado a cualquier otra actividad.

Adela colgó confusa, se estiró la falda y las mangas de la chaqueta, se colocó bien el cuello de la camisa, se inspeccionó las medias, se retocó el maquillaje, se recompuso entera, tomó el bolso y salió en dirección al Sheraton. No era más que un paseo de quince minutos. En la calle sintió un frío repentino y un exceso de risas en la gente que se cruzaba con ella. ¿Se estaban riendo a su costa? Era absurdo. Se trataba de perfectos desconocidos.

Cuando entró en la cafetería, paseó su mirada sobre los clientes en una rápida ojeada de reconocimiento. Javier no estaba allí. Preguntó si el establecimiento disponía de otras cafeterías, si habían dejado algún mensaje para ella. El camarero lo negó todo con un encogimiento de hombros mezcla de no sé y tampoco me importa.

Miró en recepción, en el bar inglés, en el salón de exposiciones que exhibía una muestra excepcional de Turner, con sus veladuras tan personales e inconfundibles. Le hubiera gustado detenerse más tiempo: era uno de los pintores que más apelaba a su sensibilidad, pero tenía que encontrar a Javier. En esos momentos era su prioridad. Tomó el ascensor con paredes de cristal que asciende desde la cascada de agua de la planta baja hasta el último piso igual que si el pasajero, inmerso en una selva de diseño,  trepase sujeto a una liana, y descendió luego, deteniéndose en cada planta. ¿Por qué lo buscaba allí? ¿Qué pensaba? ¿Qué sospechaba? No sabría decir. Pero no había rastro de Javier.

Regresó a casa derrotada, enredada en sus dudas, perpleja y ansiosa. Al entrar en el salón, comprobó que había dejado la luz encendida. Se descalzó sobre la alfombra, tiró el bolso sobre el sofá y se acercó a la ventana. Separó un poco el visillo. Desde el octavo piso del ático que compartía con Javier, los coches se veían diminutos sobre la calzada y los peatones parecían réplicas enanas de los muñecos de PlayMobil. ¿Por qué se le ocurrían esa clase de asociaciones?

Entonces vio a Javier que pasaba volando a la altura del séptimo, con los brazos abiertos en cruz y las piernas muy juntas, como esos ultraligeros que a veces había visto manejar por control remoto sobre los acantilados de Azkorri. Adela no lo dudó. Abrió la ventana y se arrojó con decisión, convencida de ir a alcanzarlo, ordenando en su mente todas las preguntas que tenía que hacerle, cuyas respuestas necesitaba de forma acuciante.

© Esther Zorrozua, 30 nov. 09

IRSE Y QUEDARSE


Andrés NEUMAN, “El viajero del siglo”

Ed. Alfaguara, 2009, 531 páginas


Una ciudad imaginaria, Wandernburgo, concebida como laberinto móvil y como burbuja temporal, es el escenario que ha elegido el último Premio Alfaguara para situar la acción de su novela.

Andrés Neuman (Buenos Aires, 1977) vive en Granada desde los trece años, aunque forma parte del grupo “Bogotá 39”, una selección sub-39 de narradores latinoamericanos que se dio a conocer hace un par de años. En una década, ha publicado 15 libros, entre los que destacan Bariloche (finalista del Premio Herralde), La vida en las ventanas (finalista del Premio Primavera) y Una vez Argentina. Ha desarrollado una intensa labor de estudio y divulgación del relato breve, incluyendo producción propia, y ha publicado poemarios con los que ha cosechado diversos premios. Es, pues, un autor muy prolífico.

El viajero del siglo transcurre en la Alemania del siglo XIX, pero desde la perspectiva del XXI. Hans es un traductor nómada que llega a Wandernburgo con el propósito de pasar una sola noche, pero su encuentro con un organillero ambulante, el personaje más poético de la historia, le retiene. Se suceden los motivos para no marcharse con la aparición del señor Gottlieb y de su hija Sophie, lo que dilata su estancia durante un año entero. A partir de ahí, El viajero… se convierte en la historia de amor de Hans y Sophie, el que siempre se está yendo y la que no se puede marchar, pero el suyo es un amor que se materializa a partir del arte y del intelecto. Buena parte de la novela transcurre en la mansión de los Gottlieb, en concreto, en los salones literarios que organiza Sophie la noche de los viernes. Allí coinciden la mayoría de los personajes, procedentes de distintos puntos de Europa, incluido el prometido de la anfitriona, el frívolo Rudi Wilderhaus. Estas reuniones sirven de foco para la reflexión del presente a partir del pasado. La Alemania pos napoleónica que anuncia el origen de los nacionalismos y de las alianzas europeístas vuelve sus ojos a un siglo XXI marcado por el neoliberalismo, las multinacionales y la xenofobia. Son dos los conceptos sobre los que pivota la historia: las fronteras (de cualquier naturaleza) y el extranjero (no pertenecer a ningún lugar y, sin embargo, no sentirse ajeno).

Si extrapolamos, se puede imaginar un diálogo entre la Europa de la Restauración y la Unión Europea; entre la novela clásica y la narrativa moderna; entre los conflictos del pasado y los actuales (el multiculturalismo, la emigración, la emancipación femenina, la transformación de los roles de género…) Todo esto ocurre en una ciudad móvil ubicada en algún punto entre Dessau y Berlín, y es esa sugerente movilidad lo que hace de ella un personaje más de la obra, porque fluye y cambia como los personajes; las estaciones la desnudan y la visten; sus habitantes la rechazan y la aman a partes iguales, mientras su centro y sus fronteras se desplazan obviando los puntos cardinales. Una ciudad en la que cada día es más fuerte el deseo de quedarse y la necesidad de irse.

Se trata de un trabajo bien documentado que quizá se escora un poco por el lado de la erudición, y donde la acción queda a menudo mediatizada por un exceso expositivo, tanto por parte del narrador como por los interminables debates que se escenifican en el salón literario de los Gottlieb. A Neuman le gustan las cosas, los objetos, los detalles, el utillaje de las escenas, y se lo hace notar al lector, que a ratos disfruta, pero por último se queda con el regusto de que a la novela tal vez le sobran algunas páginas y disquisiciones.

Esther Zorrozua, nov. 09

 

 

“Cuentan que la hermosa hada Lavandula, rubia con ojos azules, nació entre las lavandas salvajes de la montaña de Lure. Un día que iba buscando un lugar para quedarse mientras recorría su cuaderno de paisajes, se paró ante la página de la Provenza y se puso a llorar al ver los pobres terrenos incultos y resultó que lágrimas color lavanda mancharon la página abierta. Al intentar tapar su torpeza, el hada secó sus ojos azules pero no pudo evitar que finas gotitas se desparramaron sobre la página. Desesperada, sobrepuso un gran lienzo de cielo azul sobre esta Provenza para olvidar de una vez todas esas manchas Desde aquel día la lavanda crece en estos terrenos y las jovencitas rubias de esta región tienen en sus ojos azules lentejuelas irisadas de color malva lavanda, sobre todo cuando en una tarde veraniega, miran al cielo metálico cayendo sobre los campos de lavanda en flor.”

No recordaba quién había elegido como destino el sureste de Francia. Hacía varios meses que estaban distanciados. Nada de gritos y escenas. Todo muy civilizado. Bastaba con evitarse en la cocina, en el baño, en el salón… En la cama era un poco más complicado, pero de forma tácita, habían acordado dormir dándose la espalda y arrimándose mucho cada uno a su extremo de la cama con el riesgo de terminar a mitad de la noche sobre la alfombra, de forma que entre sus cuerpos quedara un campo de batalla despoblado de guerreros, pero cuya presencia les recordaba que la mecha podía encenderse en cualquier momento. Tanto Ricardo como Elena luchaban por no ser el primero que desertara recurriendo al sofá. Lo consideraban un dramatismo innecesario, pero también lo temían como tal vez un camino sin retorno. Ambos eran demasiado parecidos; ambos eran también inteligentes. Estiraron la cuerda hasta que empezó a adelgazarse demasiado y, antes del chasquido final, una tarde se sentaron a parlamentar en el salón, en butacas enfrentadas, con la mesita baja de cristal entre ellos, de igual a igual. Sobre la mesita, desparramadas como al descuido unas cuantas revistas de viajes.

—Es muy tópico —reconoció Ricardo—, pero podíamos hacer un viaje corto. A veces, las viejas fórmulas funcionan.

—Puede ser —admitió Elena—. Por otra parte, lo que nos está ocurriendo también es muy tópico.

Y así, civilizadamente, salieron el viernes después de comer con dirección norte. Las primeras horas se hicieron duras. Hay silencios que arropan y hay silencios que pesan como si uno arrastrase atado al tobillo por un grillete el lastre de varias vidas. Hicieron la primera parada en Perpignan, en una plaza vestida por hileras de frondosos plátanos, con sus hojas grandes y generosas como manos abiertas, pródigas en sombra fresca. Varios negocios de hostelería se abrían sobre la plaza en agradables terrazas que invitaban a sentarse. Era ese momento del día en que la tarde ha derrochado todos sus dones y, con cierta pereza, empieza a darse por vencida. Se había levantado una brisa leve como un céfiro blando. Quedaba una mesa libre bajo un toldo que anunciaba Pernod.

—¿Nos sentamos? —se sentaron. El rumor de las voces, la tibieza del aire, la falta de apremio a corto plazo, casi les obligó a cruzar una sonrisa. Suficiente para que ambos destensaran un poco el rigor de sus cuerpos. Pidieron un agua mineral y un té helado. Tenían que seguir conduciendo.

—Podemos hacer noche en Montpellier o, si no hay demasiado tráfico, quizá llegar hasta Avignon —comentó Elena, siguiendo la ruta sobre el mapa con el dedo.

—Me parece bien —concedió Ricardo, mientras desde su posición de sentado, ensayaba unos movimientos rotatorios de los hombres para tonificar las cervicales.

—¿Estás muy cansado? Puedo conducir yo el siguiente tramo.

—No, voy bien. Si me noto entumecido, te avisaré y haremos el cambio —cosa rara, volvieron a sonreírse por segunda vez en poco tiempo. Ellos mismos parecieron asombrarse.

Otra vez en ruta, llegaron a Montpellier antes de lo previsto y la sobrepasaron a esa hora en que el gris y el violeta van pintando de sombras la carretera y cuanto escapa al haz de luz de los focos del coche. Cruzaron algunos comentarios breves sobre el paisaje, tomaron alguna decisión cartográfica puntual y en el momento en que la noche se adueñaba de campos y senderos, entraron en la Ciudad de los Papas. El perfil del viejo castillo se recortaba en el cielo como un  mastodonte ambivalente. Avignon era una plaza tranquila pero alegre, con abundante oferta turística. Encontraron alojamiento con facilidad en un pequeño hotelito de sabor local, de esos con olor a cera en los muebles y con muchas telas de cuadros en colores vistosos, que le hacen pensar a uno que se encuentra en la granja de sus abuelos. Les ofrecieron una cena tardía y una habitación con dos camas en las que por fin pudieron relajarse y olvidar la obsesión de que no debían tocarse. En distintos momentos de la noche, se despertaron los dos con la sensación de un vacío, el de la ausencia de cuerpo que abrazar.

A la mañana siguiente ya se miraban con el deseo de saltar la alambrada virtual que los separaba, como a dos refugiados en territorios enemigos. Fueron capaces de intercambiar frases amables, de bromear incluso, camino de Arlés. Fue en las inmediaciones de la ciudad que acogió a Van Gogh en sus peores momentos cuando una impresión súbita les obligó a detenerse. Ante ellos, a ambos lados de la carretera acaba de surgir un mar azul de flores que peinaba el viento y un aroma conocido invadía el aire impregnándolo todo. Acababan de entrar en los campos de lavanda de la Provenza. Se apearon sin hablar y se adentraron despacio en la plantación. Aspiraron la fragancia durante un tiempo sintiendo cómo se iban aflojando todos los nudos, cómo el cerco que los mantenía divididos se difuminaba y descendía a ras de suelo hasta desaparecer, cómo una sensación tibia brotaba en el interior de cada uno para acercarlos.

¡Cuánta belleza! ¡Qué esplendor! Era inevitable abrazarse, fundirse en uno solo, salvar los obstáculos superfluos, olvidando insignificancias y futesas para dejarse llevar por aquel viaje de los sentidos que terminaba precisamente en aquel punto, en medio de los campos de lavanda, embriagados por el aroma que los había reunido. ¡Era tan hermoso poder disfrutar juntos del espectáculo y habían arriesgado tanto…!

 

© Esther Zorrozua. 15 nov. 09

 

CONFIDENCIAS

 

 

 Un amigo acaba de hacerme una confesión. Hubo un momento en que escribir se convirtió para él en un descubrimiento de sí mismo y de su entorno. Pero nada es estático, aunque lo parezca. Las circunstancias de su vida han variado mucho y la escritura le produce ahora dolor, inseguridad, fragilidad y falta de intimidad.

 

Y es que la escritura, si es verdadera, no perdona. Siempre coloca al escritor frente a lo escrito. Es un espejo al que resulta difícil engañar porque a menudo saca de nosotros lo que ni siquiera sabíamos que estaba ahí alojado, en un recoveco olvidado, en el último pliegue de ese cerebro que se parece tanto a una nuez.

 

Escribir puede ser liberador y puede ser un castigo. Viene a ser como una bomba de relojería que hay que manejar con manos expertas y pulso firme. Supongo que todos tenemos temas tabú que sabemos que nunca tocaremos; si es caso, de refilón; porque enfrentarnos con ellos supondría descender a las cloacas de un sistema de saneamiento poco modélico por el que navegan cadáveres y espectros que creíamos bien enterrados. Son puertas que hay que cerrar y quizá tirar la llave, salir a la superficie y tomar aire ensanchando los pulmones. Al menos, hasta que estemos preparados para enfrentarlos.

 

Pero siguen quedando otros niveles que pueden producir muchas satisfacciones. La ficción es un gran laboratorio lleno de posibilidades donde se pueden resolver conflictos difíciles transitando mundos paralelos. O al menos, se pueden ensayar opciones. Se parece mucho, salvando las distancias, a esos consultorios a los que se llama para contar el caso “de un amigo que…” Todos reconocemos el juego, pero todos cooperamos. En la ficción ocurre lo mismo. Los personajes se convierten en aliados o en oponentes, libran ante nuestros ojos batallas de las que podemos aprender; a veces, por el sencillo esquema de prueba-error; otras, mediante procesos más elaborados que nos conducirán a metas imprevistas.

 

La escritura es un instrumento, pero también una vía de conocimiento. Está siempre a nuestra disposición. Pero de la misma forma que hay días o épocas en que a nuestro estómago no le sienta bien un plato muy especiado, también hay momentos en que la escritura puede sacar sarpullidos en las entretelas del alma. No hay razón para forzar nada: ya llegará la ocasión. Pasó a mejor vida el tiempo de las disciplinas férreas. Vivimos una etapa hedonista en la que el placer y las formas de conseguirlo se han convertido en la marca de la casa. Y, queramos o no, somos hijos de nuestro tiempo.

 

 

 

© Esther Zorrozua., 28 octubre 09

 

 

 

 

Las palabras son engañosas, incluso cuando se utilizan con la intención más limpia. Son tantos los matices que ofrecen por sí mismas y tantas las manipulaciones a que han sido sometidas que a menudo se han ido quedando vacías de contenido. ¿Qué quiere decir literatura independiente? En un mundo sujeto a tantas redes que se entrecruzan en una tela de araña inabarcable, no queda nada que sea independiente, ni la literatura, ni la política, ni la ciencia, ni el fútbol.

 

A nivel externo, dependen de alianzas estratégicas, de subvenciones imprescindibles, de las opiniones de ciertos santones sin las que es imposible medrar, de llegar antes que el contrario para fichar a tal o cual figura. A un nivel más personal, la literatura es cautiva de infinitos motivos, unos más sutiles que otros. En la literatura vertemos nuestras experiencias, desde los recuerdos del inconsciente infantil hasta lo que nos ha sucedido hace media hora, lo que hemos comido, lo que hemos soñado, lo que hemos leído, los viajes que hemos hecho, los que hemos deseado hacer, los que nos han contado, nuestras creencias, nuestra concepción del mundo, nuestros amores y desamores, el olor de aquel campo de lavanda, la brisa sobre la piel aquella otra tarde junto al mar, aquel beso, aquella traición sufrida y difícil de asumir, aquella cobardía propia de la que por suerte nadie se enteró, emociones como la ternura, tan difíciles de expresar, el dolor por aquel amigo que se fue, nuestros miedos irracionales, el encogimiento ante la inmensidad del universo, la injusticia que nos golpea, la admiración ante la belleza… ¿es suficiente?

 

Por eso, no podemos hablar de literatura independiente en rigor. En todo caso, habría que matizar: ¿independiente de qué? Y sospecho que la respuesta tampoco me dejaría satisfecha.

 

 

 

© Esther Zorrozua, 11 nov 09

 

 

Bastará decir que me llamo Félix y que ayer maté a Inclemente. Nuestra convivencia se había vuelto muy engorrosa. Va para tres años que vivo en la calle. Lo que ocurrió antes, carece de interés. Mi segunda vida, la única que tengo ahora, empezó el 13 de enero de 2008. El cometa Halley acababa de cruzar el cielo y yo lo tomé como una señal.

 

Esa mañana salí de casa para no regresar. Cualquier analista de lo cotidiano me hubiera indicado que la parte más cruda del invierno no era época apropiada para abandonar las comodidades del hogar. Pero donde yo vivía ni era hogar ni disponía de comodidades, así que el esfuerzo se hizo más liviano. No me llevé nada. Entrenarme para la supervivencia había sido mi objetivo en los últimos meses.

 

Al pisar la acera, noté cómo el pecho se me henchía en una mezcla de satisfacción y temblor. Aquello me atraía y me asustaba a partes iguales. Eché a andar y empecé a silbar hacia dentro para ahuyentar la sombra oscura que se empeñaba en tapar el sol, como un pájaro enorme que batiera alas frente a mí advirtiéndome de que no estaba siendo sensato ni razonable. Bueno, a veces uno no puede permitirse el lujo de serlo.

 

Callejeé atento a todo aquello que desde la seguridad de una vida de mantenido ni siquiera se percibe: olores nuevos, roces distintos, imágenes insólitas. Un niño con pantalón corto y visera escocesa que señala al cielo con su índice vendado, que se siente protagonista y héroe porque ha metido el dedo en un enchufe para hurgar entre la carrera alocada de voltios que circulan por aquellos subterráneos oscuros. Una paloma torcaz que exhibe su plumón, hinchada como una nube gris que anuncia tormenta, poderosa y dictadora entre sus primas menores, ésas cuyo único mérito consiste en rebozar con una capa blanca de ácido las gárgolas de las catedrales. El untuoso aroma de una churrería fulgurante de luces que trataba de atraer la atención de los viandantes con una versión estridente de Pakito el Chokolatero en ese momento de la hora violeta en que los objetos pierden sus perfiles para fundirse con la noche… Me sentí libre y pleno de sensaciones, y empecé a valorar el ejercicio de mi total albedrío, ese no tener que hacer el caldo gordo a nadie. Me dejé llevar…

 

Esa primera noche, encontré un lugar apropiado para dormir bajo el alero de un kiosko de música, al socaire de las corrientes arrebatosas. La ciudad era pródiga en recovecos y meandros que ofrecían una hospitalidad de lujo, albergues y refugios que permanecen invisibles cuando no se los busca. Esa noche me gradué y a la mañana siguiente amanecí como doctor laureado en las lides de supervivencia. Luego, ya no hubo fechas ni estaciones. Alimentarse pasó de ser una preocupación a convertirse en un entretenimiento. Los contenedores de basura y sus aledaños son auténticas cuevas de tesoros. La gente tira de todo sin discriminar, haciendo ostentación de aquello de lo que se desprende. He visto a damas enjoyadas portando con remilgo cajas llenas de ostras de Arcachon, esperar junto al punto de recogida hasta que pasase alguien que fuera testigo de tamaño desatino, sólo por darse el gustazo de ser vista, sólo por provocar una reacción escandalizada.

 

Sabiendo cubiertos los problemas de intendencia, me moví mucho. Trabé infinidad de relaciones y, aunque con nadie llegué a intimar, jamás fui tampoco origen de conflictos. Hasta que, cuando ya llevaba largo tiempo instalado en la base de la fuente de los tritones, en aquella especie de hornacina, capricho del constructor excavado en la roca, una espelunca rumorosa y cálida que mecía mis sueños en música de agua, apareció Inclemente surgido de la nada. Lo encontré avecinado a mi cuerpo, casi fundido conmigo, a la hora nacarada del alba, en ese instante en que el aire se queda quieto, como dudando si dar paso al nuevo día o eternizar esa burbuja de tiempo que supone la esencia más pura de la belleza.

 

Inclemente era un gato atigrado sin raza y, con el tiempo, demostró pertenecer  al prototipo de felino callejero que cumplía con todos los rasgos del perfil más refractario: sucio, maloliente, egoísta, arisco e insensible. Me dio a entender, entre maullidos que conmoverían a las piedras, que arrastraba una funesta trayectoria cuyos detalles prefería no explicitar y que nada le vendría mejor que compartir mi guarida en calidad de pabellón de reposo mientras recuperaba fuerzas para continuar con su azarosa vida. Me enterneció su pelambre estropajosa, su engañosa estampa de estudiado desvalimiento. Y lo acogí en mi gruta. Ojalá nunca lo hubiera hecho.

 

Me había acostumbrado a recibir cada nuevo día encaramado sobre el borde de la  fuente, contemplando cómo la luz naciente iba dibujando los perfiles de los tritones sobre el fondo de la foresta, cómo el surtidor trazaba su curva de agua muy por encima de mí, cómo los nenúfares se desperezaban y desmelenaban sobre la superficie mojada, presos aún de los últimos retazos de sus sueños de flor y cómo la superficie de cristal todavía sin estrenar por los primeros rayos de sol me devolvía mi imagen nítida y bruñida. Era la primera impresión que recibía cada mañana, la dosis necesaria de autoestima para encarar una existencia en la que la balanza que equilibraba libertad y soledad podía escorarse en cualquier momento. Era un momento de intimidad inquebrantable.

 

Se lo expliqué a Inclemente. Él, que según indicaba, había sido azotado por el destino, debiera haberlo entendido. Se lo planteé como una especie de contraprestación. Era justo: yo te doy, tú me das. Pero ya la primera mañana se colocó junto a mí sobre la balaustrada y empezó a bailar el agua rompiendo la imagen de ese primer temblor del día, quebrando mi reflejo sobre el estanque y arrancando con sus garras crueles uno de los nenúfares todavía dormidos, el único que tenía a su alcance, como quien descabeza a un inocente.

 

Algo que creía olvidado brotó en mí. Noté cómo se me erizaba el lomo y un calor ingobernable ascendía desde las vísceras hasta lo más alto de mis enhiestas orejas. Tuve la sensación de que toda mi musculatura estaba a punto de estallar bajo mi pelaje color de ámbar y, sin poder contener mi furia, me lancé sobre Inclemente dispuesto a una guerra sin cuartel. Aunque no vio venir el ataque, él estaba versado en tretas callejeras y me plantó cara con audacia. Nos enzarzamos. Yo tenía más envergadura, pero él era más ágil. Lo apresé por la garganta con mi garra derecha, pero no se rindió. Con un movimiento imposible de una de sus patas traseras, me rasgó el vientre en un zarpazo certero de abajo arriba. Volaron pelos, se oyeron maullidos. Siguieron escaramuzas sobre el anillo que servía de brocal a la fuente. Corría la sangre y estaba a punto de llegar al agua. Ninguno de los dos estaba dispuesto a conceder una tregua. Conseguí alcanzar de lleno uno de sus ojos, ovalado y verde como una aceituna. Se debatió, pero el descalabro en el segundo ojo lo dejó ciego y a mi merced. No fue difícil acabar con él. Cayó desmadejado, como un pellejo que se hubiera quedado vacío de huesos. Yo, herido de muerte también, me tendí sobre la balaustrada, sofocado por la falta de aire en mis pulmones, resignado a esperar el final inevitable. La última imagen que iluminó mi retina fue la del nenúfar más hermoso desperezándose y desmelenándose en el centro de la fuente, junto a uno de los tritones, amigando su rosa nacarado de la primera luz con el gris azulado de la piedra. Luego, todo se volvió oscuro.

 

© E.Z., 3 noviembre 09

 

 

Serge MICHEL y Michel BEURET, “China en África”,

 

Alianza Editorial, 2009, 320 págs., 22 €

 

 

Coincidiendo con la emergencia del gigante asiático en la economía mundial como nueva potencia comercial, los periodistas franceses Serge Michel y Michel Beuret acaban de publicar este ensayo sobre la expansión comercial de China en África por la búsqueda de materias primas. En él se demuestra con datos que durante los últimos veinticinco años el intercambio económico entre ambos se ha multiplicado por cincuenta. Sólo como ejemplo, en 2006 había 900 empresas chinas operando en territorio africano. La fórmula mágica consiste en que los chinos seducen a los dictadores africanos porque invierten y no hablan de democracia, y a los pueblos porque construyen carreteras y casas.

 

Lo que comenzó como una maniobra política, cuando a partir de 1949 la China Popular ayudó a los pueblos africanos a liberarse porque necesitaban los votos de los estados recién independizados en la ONU, ha terminado convirtiéndose en una macro operación económica. Ambas parten coinciden en que la corrupción, la falta de democracia y el incumplimiento de los derechos humanos son obstáculos salvables en aras de la prosperidad y del progreso.

 

El gobierno chino ofrece a los suyos toda clase de facilidades, desde asesoramiento legal y préstamos sin interés, hasta la garantía de que a su regreso les venderán terrenos a precios rebajados por los servicios prestados. Por su parte, los gobiernos de acogida amplían las zonas francas donde los inversores extranjeros se benefician de exenciones fiscales y no deben preocuparse por el impacto medioambiental.

 

La cuenca del Congo, la segunda selva tropical más grande del mundo después del Amazonas, está siendo brutalmente deforestada; ironías de la vida, las especies protegidas que son taladas de forma ilegal acaban como materia prima de muebles de Ikea, de quien China es el principal proveedor.

 

En otro orden de cosas, China, uno de los principales exportadores de armas del mundo, vende de forma indiscriminada armamento a los dictadores africanos, al tiempo que apoya técnica y logísticamente a las facciones rebeldes que pretenden  derrocarlos. El invento no es nuevo, pero el hecho de que se perpetúe saca ampollas.

 

Esta nueva colonización no complace a todos los africanos. De hecho, existen profundas tensiones en Níger, Camerún, Senegal o Zambia, lo que no es impedimento para que corran rumores de que los chinos están construyendo una vía férrea secreta que les permitirá enviar a su país todas las riquezas de África a través de Port Sudán el mar Rojo. Y sin embargo, tampoco es aislada la opinión de que “China no es desinteresada, por supuesto, pero los esfuerzos que despliegan para lograr sus objetivos ofrecen a África un futuro impensable hace sólo diez años. En el fondo, recuperan una confianza a la deriva, olvidados de todos en la tectónica de la globalización”

 

A la vista está que China ha desembarcado en África. Inmerso en un crecimiento económico desbocado, el país asiático necesita materias primas. Por su parte, África, pese a los expolios coloniales de los últimos doscientos años, sigue siendo la gran reserva de esas materias imprescindibles para las industrias modernas. Es la única fuente de financiación con que cuentan los Estados independientes, aunque a menudo no se utilice para el desarrollo del país, sino para mantener las dictaduras y una situación de guerra casi permanente. Pero China hace todavía menos preguntas que los europeos o los estadounidenses.

 

 

Esther Zorrozua, 4 octubre 09

 

 

 

 

Siempre me ha intrigado esa afirmación de que las matemáticas están íntimamente conectadas con la música. Desde mi ignorancia y desde mi apreciación en la distancia, sólo les veo una relación: mis escasas dotes para lo uno y para lo otro. Sin embargo, por instinto, la música me atrae y puedo disfrutar con ella a un nivel puramente sensitivo, mientras que las matemáticas, en aquellas aburridas clases de colegio, no consiguieron despertar en mí ningún interés y se quedaron para siempre como parte de un enigma impenetrable.

 

Ahora que ya no las uso más que para la economía doméstica, (para lo que poco me han servido, por cierto, las sumas de polinomios o los sistemas de ecuaciones con tres incógnitas), y ahora que aquellos extraños teoremas ya no representan ninguna amenaza, tanteo en Google, por si, tantos años después, pudiera entrar por la puerta de atrás en aquel edificio en el que nunca fui bien recibida (quizá porque no conocía los protocolos) y me topo con Pitágoras, y me paro a saludarle, puede que sólo porque siento una especial querencia por las palabras esdrújulas. Así que decido darle una oportunidad. Y me entero de un montón de cosas interesantes.

 

Y leo que Pitágoras consideraba que la esencia última de la realidad se expresaba a través de los números, que los números eran el medio para percibir lo que de otra forma podría permanecer inalcanzable tanto para el intelecto como para los sentidos. Me mosqueo, porque intuyo que ya se las estaba dando de listillo, allá en la antigüedad griega. Pero continúo. Yo tampoco nací ayer. Quizá consiga pillarlo en la próxima esquina. A Pitágoras se le ha atribuido el descubrimiento de las proporciones de los principales intervalos de la escala musical. ¿Y este salto en el vacío? Para sus seguidores, (o sea que contó con otros zumbados que le hicieron el caldo gordo), las distancias entre los planetas —las esferas— tenían las mismas proporciones que existían entre los sonidos de la escala musical. Cada esfera producía el sonido que un proyectil hace cortar el aire. Las esferas más cercanas daban tonos más graves, mientras que las más alejadas daban tonos agudos. Todos estos sonidos se combinaban en una hermosa armonía: la música de las esferas.

 

Suena bonito y podía haberse quedado en el desvarío de un matemático que ha cenado unas setas alucinógenas, pero no acaba ahí la cosa, porque ahora entran también en el juego los filósofos. Para Platón, el mundo era concebido como un gran  animal dotado de un alma propia. En el “Timeo”, uno de sus diálogos, afirma que el alma del mundo se había hecho de acuerdo a las proporciones musicales descubiertas por Pitágoras. Esto parece una epidemia. Pero no todos los pensadores de la antigüedad creyeron en la música de las esferas. Aristóteles, por ejemplo, otro esdrújulo, se mostraba escéptico ante estas creencias. Claro, Aristóteles era una fuente autorizada y gozaba de prestigio. Puede que por eso, o porque las modas siempre han sido pasajeras, el caso es que la teoría se desinfló sola. Hasta que en el fervor de la Edad Media, la creencia en algunas religiones de la existencia de ángeles en el universo junto con la música de las esferas, dio origen a lo que se conoció como “música celeste”. Fue un repunte, como los picos de la fiebre, que duró un tiempo hasta que las cabezas pensantes volvieron a pisar tierra.

 

No obstante, algunas teorías sufren flujos y reflujos sin que existan razones objetivas aparentes. Así que, Kepler, astrónomo alemán del XVII, logró resumir en tres leyes simples todos los datos sobre la posición de los planetas de que disponían en sus tiempos. Para su concepción del universo se apoyó en los mitos de Platón y en el sistema de Copérnico, que planteaba que el sol era el centro en torno al cual giraban los planetas, y estableció un modelo del universo basado en la geometría. Su aportación significó una ruptura con la tradición astronómica al describir las órbitas planetarias como elipses y no como círculos, y reconocer que la velocidad de los planetas varía al cambiar la posición en su órbita.

 

Tras años de investigación, en 1618, Kepler publica sus conclusiones en su libro “Las armonías del mundo”, en el que afirma que el movimiento celeste no es otra cosa que una continua canción para varias voces, para ser percibida por el intelecto, no por el oído; una música que, a través de sus discordantes tensiones, a través de sus síncopas y cadencias, progresa hacia cierta predesignada cadencia para seis voces, y mientras tanto deja sus marcas en el inmensurable flujo del tiempo. Sigue sonando bien, pero parece poesía, no matemáticas. Quizá por eso me gusta.

 

Sin embargo, a finales del XIX, los físicos descubren que los rayos de emisión que se producen de una des-excitación del átomo se expresan mediante una fórmula única compuesta de números enteros, similares a los intervalos musicales. Y por si no fuera suficiente, en el XX el satélite TRACE (Transition Region and Coronal Explorer) de la NASA, confirma y refuerza las teorías de Kepler. Aunque éstas se basaban en la armonía universal, se ha descubierto que la atmósfera del sol emite realmente sonidos ultrasónicos e interpreta una melodía formada por ondas que son unas 300 veces más graves que los tonos que pueda captar el oído humano. Tanta insistencia y seguramente una inversión millonaria en el proyecto, presenta todos los indicios de ser algo más que el sueño de un matemático loco. Quizá haya que ponerse serios, porque tampoco acaba ahí la cosa.

 

Una de las más recientes teorías físicas describe a las partículas elementales no como corpúsculos, sino como vibraciones de minúsculas cuerdas, consideradas entidades geométricas de una dimensión. Sus vibraciones se fundan en simetrías matemáticas particulares que representan una prolongación de la visión pitagórica del mundo y la recuperación, en la más moderna visión del mundo, de la antigua creencia en la música de las esferas. En este caso, Kepler conoce los procesos matemáticos aplicados en las teorías musicales y en las leyes de la armonía, y así consigue relacionarlo con las leyes matemáticas aplicadas a los conocimientos astronómicos de su época. Un autor visionario que formula teorías que siglos después, gracias al desarrollo tecnológico, consiguen confirmarse.

 

Y digo yo si no será que en los planes de estudio de las matemáticas y de tantas otras asignaturas no falla la metodología, porque si a mí me lo hubiesen contado en su momento de esta manera, me hubiesen dotado de un instrumento para volar en lugar de aplicarme una máquina de tortura.

 

 

 

 

© E.Z., 15 octubre 09

 

Dan SIMMONS, “La soledad de Charles Dickens”

 

Ed. Roca, 2009, 872 páginas, 24 €

 

 

 

El 9 de junio de 1865, un choque ferroviario en Staplehurst provoca una tragedia en la que se ve implicado Charles Dickens, que viaja en primera clase con su amante y la madre de ésta. En la confusión del momento, el escritor descubre a Edwin Drood, un individuo enigmático, sin párpados ni nariz, que provoca la muerte de cuantos heridos roza y luego desaparece. Este episodio altera el carácter de Dickens hasta obsesionarlo durante el resto de su vida: cinco años exactos (muere el 9 de junio de 1870). La historia es narrada en primera persona por Wilkie Collins, amigo y rival del autor de Grandes Esperanzas en la vida real.

 

Así arranca el último trabajo de Dan Simmons (Illinois, 1948), que ha cultivado la ciencia ficción, el suspense y el terror. Basándose en tres hechos constatados (el propio accidente ferroviario, la obra El misterio de Edwin Drood que Dickens dejó inconclusa a su muerte y la dependencia del opio que hacía a Collins sufrir alucinaciones con su doble), Simmons inicia un viaje desde la realidad hacia la imaginación literaria por el que desfilan personajes, situaciones y ambientes de cuya veracidad el lector llega a dudar. A partir de un narrador poco fiable, Drood, personaje inventado por el propio Dickens, se convierte en protagonista habitante de un Londres brumoso donde convivieron Dickens y Collins y combina realidad y ficción en asuntos como la rivalidad artística, una obsesión compulsiva y todas las vertientes imaginables del esoterismo; un Londres victoriano, de tintes góticos, muy sucio, un inframundo que se ramifica por las cloacas de la ciudad, poblado de seres y elementos extraños, en el que Dickens y Collins se internan para buscar al escurridizo Drood.

 

Simmons incorpora un lenguaje actual y moderno, junto con una trama amena y entretenida que tal vez se ralentiza por momentos en la primera mitad, pero toma brío y gana una velocidad vertiginosa en la segunda parte. Es un relato interesante en varios aspectos: una perfecta ambientación histórica de la vida y costumbres dickensianas; un hilo conductor de novela negra motivado por las distintas investigaciones que hay que acometer; un elemento fantástico que imbrica la realidad en una serie de trances, ya hipnóticos, ya psicodélicos; un componente literario que permite conocer la forma de trabajar de este gran escritor.

 

La trama de la obra inconclusa de Dickens nunca tuvo resolución y el misterioso texto provocó a lo largo de los años múltiples conjeturas, soluciones alternativas, incluso un musical. Ahora, Simmons no se propone cerrar la ficción, sino fantasear sobre su turbulenta génesis y mostrar el misterio personal de un Dickens infeliz y desesperanzado que intuye que la vida se acaba, que no quiere envejecer y que daría cualquier cosa por ser inmortal. En breve, el director mejicano Guillermo del Toro adaptará al cine “La soledad de Charles Dickens”.

 

Otras obras de Dan Simmons, Hyperion (Premio Hugo 1990), Ilión, El hombre vacío, Un verano tenebroso, El Terror.

 

 

© E.Z., 25 agosto 09

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