Bastará decir que me llamo Félix y que ayer maté a Inclemente. Nuestra convivencia se había vuelto muy engorrosa. Va para tres años que vivo en la calle. Lo que ocurrió antes, carece de interés. Mi segunda vida, la única que tengo ahora, empezó el 13 de enero de 2008. El cometa Halley acababa de cruzar el cielo y yo lo tomé como una señal.
Esa mañana salí de casa para no regresar. Cualquier analista de lo cotidiano me hubiera indicado que la parte más cruda del invierno no era época apropiada para abandonar las comodidades del hogar. Pero donde yo vivía ni era hogar ni disponía de comodidades, así que el esfuerzo se hizo más liviano. No me llevé nada. Entrenarme para la supervivencia había sido mi objetivo en los últimos meses.
Al pisar la acera, noté cómo el pecho se me henchía en una mezcla de satisfacción y temblor. Aquello me atraía y me asustaba a partes iguales. Eché a andar y empecé a silbar hacia dentro para ahuyentar la sombra oscura que se empeñaba en tapar el sol, como un pájaro enorme que batiera alas frente a mí advirtiéndome de que no estaba siendo sensato ni razonable. Bueno, a veces uno no puede permitirse el lujo de serlo.
Callejeé atento a todo aquello que desde la seguridad de una vida de mantenido ni siquiera se percibe: olores nuevos, roces distintos, imágenes insólitas. Un niño con pantalón corto y visera escocesa que señala al cielo con su índice vendado, que se siente protagonista y héroe porque ha metido el dedo en un enchufe para hurgar entre la carrera alocada de voltios que circulan por aquellos subterráneos oscuros. Una paloma torcaz que exhibe su plumón, hinchada como una nube gris que anuncia tormenta, poderosa y dictadora entre sus primas menores, ésas cuyo único mérito consiste en rebozar con una capa blanca de ácido las gárgolas de las catedrales. El untuoso aroma de una churrería fulgurante de luces que trataba de atraer la atención de los viandantes con una versión estridente de Pakito el Chokolatero en ese momento de la hora violeta en que los objetos pierden sus perfiles para fundirse con la noche… Me sentí libre y pleno de sensaciones, y empecé a valorar el ejercicio de mi total albedrío, ese no tener que hacer el caldo gordo a nadie. Me dejé llevar…
Esa primera noche, encontré un lugar apropiado para dormir bajo el alero de un kiosko de música, al socaire de las corrientes arrebatosas. La ciudad era pródiga en recovecos y meandros que ofrecían una hospitalidad de lujo, albergues y refugios que permanecen invisibles cuando no se los busca. Esa noche me gradué y a la mañana siguiente amanecí como doctor laureado en las lides de supervivencia. Luego, ya no hubo fechas ni estaciones. Alimentarse pasó de ser una preocupación a convertirse en un entretenimiento. Los contenedores de basura y sus aledaños son auténticas cuevas de tesoros. La gente tira de todo sin discriminar, haciendo ostentación de aquello de lo que se desprende. He visto a damas enjoyadas portando con remilgo cajas llenas de ostras de Arcachon, esperar junto al punto de recogida hasta que pasase alguien que fuera testigo de tamaño desatino, sólo por darse el gustazo de ser vista, sólo por provocar una reacción escandalizada.
Sabiendo cubiertos los problemas de intendencia, me moví mucho. Trabé infinidad de relaciones y, aunque con nadie llegué a intimar, jamás fui tampoco origen de conflictos. Hasta que, cuando ya llevaba largo tiempo instalado en la base de la fuente de los tritones, en aquella especie de hornacina, capricho del constructor excavado en la roca, una espelunca rumorosa y cálida que mecía mis sueños en música de agua, apareció Inclemente surgido de la nada. Lo encontré avecinado a mi cuerpo, casi fundido conmigo, a la hora nacarada del alba, en ese instante en que el aire se queda quieto, como dudando si dar paso al nuevo día o eternizar esa burbuja de tiempo que supone la esencia más pura de la belleza.
Inclemente era un gato atigrado sin raza y, con el tiempo, demostró pertenecer al prototipo de felino callejero que cumplía con todos los rasgos del perfil más refractario: sucio, maloliente, egoísta, arisco e insensible. Me dio a entender, entre maullidos que conmoverían a las piedras, que arrastraba una funesta trayectoria cuyos detalles prefería no explicitar y que nada le vendría mejor que compartir mi guarida en calidad de pabellón de reposo mientras recuperaba fuerzas para continuar con su azarosa vida. Me enterneció su pelambre estropajosa, su engañosa estampa de estudiado desvalimiento. Y lo acogí en mi gruta. Ojalá nunca lo hubiera hecho.
Me había acostumbrado a recibir cada nuevo día encaramado sobre el borde de la fuente, contemplando cómo la luz naciente iba dibujando los perfiles de los tritones sobre el fondo de la foresta, cómo el surtidor trazaba su curva de agua muy por encima de mí, cómo los nenúfares se desperezaban y desmelenaban sobre la superficie mojada, presos aún de los últimos retazos de sus sueños de flor y cómo la superficie de cristal todavía sin estrenar por los primeros rayos de sol me devolvía mi imagen nítida y bruñida. Era la primera impresión que recibía cada mañana, la dosis necesaria de autoestima para encarar una existencia en la que la balanza que equilibraba libertad y soledad podía escorarse en cualquier momento. Era un momento de intimidad inquebrantable.
Se lo expliqué a Inclemente. Él, que según indicaba, había sido azotado por el destino, debiera haberlo entendido. Se lo planteé como una especie de contraprestación. Era justo: yo te doy, tú me das. Pero ya la primera mañana se colocó junto a mí sobre la balaustrada y empezó a bailar el agua rompiendo la imagen de ese primer temblor del día, quebrando mi reflejo sobre el estanque y arrancando con sus garras crueles uno de los nenúfares todavía dormidos, el único que tenía a su alcance, como quien descabeza a un inocente.
Algo que creía olvidado brotó en mí. Noté cómo se me erizaba el lomo y un calor ingobernable ascendía desde las vísceras hasta lo más alto de mis enhiestas orejas. Tuve la sensación de que toda mi musculatura estaba a punto de estallar bajo mi pelaje color de ámbar y, sin poder contener mi furia, me lancé sobre Inclemente dispuesto a una guerra sin cuartel. Aunque no vio venir el ataque, él estaba versado en tretas callejeras y me plantó cara con audacia. Nos enzarzamos. Yo tenía más envergadura, pero él era más ágil. Lo apresé por la garganta con mi garra derecha, pero no se rindió. Con un movimiento imposible de una de sus patas traseras, me rasgó el vientre en un zarpazo certero de abajo arriba. Volaron pelos, se oyeron maullidos. Siguieron escaramuzas sobre el anillo que servía de brocal a la fuente. Corría la sangre y estaba a punto de llegar al agua. Ninguno de los dos estaba dispuesto a conceder una tregua. Conseguí alcanzar de lleno uno de sus ojos, ovalado y verde como una aceituna. Se debatió, pero el descalabro en el segundo ojo lo dejó ciego y a mi merced. No fue difícil acabar con él. Cayó desmadejado, como un pellejo que se hubiera quedado vacío de huesos. Yo, herido de muerte también, me tendí sobre la balaustrada, sofocado por la falta de aire en mis pulmones, resignado a esperar el final inevitable. La última imagen que iluminó mi retina fue la del nenúfar más hermoso desperezándose y desmelenándose en el centro de la fuente, junto a uno de los tritones, amigando su rosa nacarado de la primera luz con el gris azulado de la piedra. Luego, todo se volvió oscuro.
© E.Z., 3 noviembre 09