Me perdí. Ya sé que cuesta creerlo. Soy un pointer y en mi historial figuran varios premios en la caza de liebre. Pero eso era antes. Ahora tengo quince años y unas cataratas como para cortar a cuchillo. Hace siglos que no me llevan al monte. Desde que perdí el olfato y las piezas empezaron a pasearse a mi lado con descaro, como si me retaran. Luego las imágenes se volvieron temblonas, como si estuvieran hechas de gelatina y, por último, una cortina gris vino a poner una frontera entre el mundo y yo. A partir de entonces, se limitan a mandarme cada tarde al parque con Guillermo. Supongo que sienten alguna responsabilidad y no quieren que además se me atrofie el esqueleto. Guille, a veces lleva una pelota y la arroja a una distancia media para obligarme a hacer carreras cortas. Es una pelota roja de gomaespuma, que no pesa, así que no puede ir muy lejos, pero a menudo la pierdo de vista y es él quien tiene que ir a buscarla. Guille es un tío legal, de una paciencia infinita. Tenemos la misma edad, lo que significa que a él le queda toda una vida por delante y a mí se me acabó el futuro.
Ayer hicimos el mismo recorrido de siempre, de casa al parque; mientras jugábamos con la pelota, se acercó una chavalita. Sólo pude apreciar su perfil borroso, pero la voz me dio los demás datos. Guille la conocía, no sé de qué, pero la llamó por su nombre, Lucía. Se pusieron a hablar y supongo que se olvidaron de mí. Sentí sed. Recordaba que a no más de veinte pasos había una fuente con abrevadero de la que había bebido infinidad de veces. Un resto de sentido de orientación me llevó hasta allí y, tras unos lenguetazos golosos, me encontré mucho mejor. Pero al intentar volver, no sé qué me pasó: me perdí.
Pasó un tiempo. Esperé que Guille viniera a buscarme. Por fuerza tenía que verme, no me había alejado tanto. Empecé a moverme y a ladrar quedo. Supongo que no hacía más que girar en redondo. Ladré más fuerte, una señal de alarma intentando trasmitir el miedo intenso que empezaba a hacerse un hueco en mí. El gris de mi entorno se volvió plomizo, cada vez había menos luz. Entonces los oí: ladridos amenazantes, ladridos burlones que llegaban de distintas direcciones y se aproximaban peligrosamente.
Pronto me tuvieron cercado. Serían tres o cuatro. Ladraban con saña. Me paré en seco y agucé el oído. Ladré con decisión, intentando ocultar el miedo, pero yo mismo no estaba convencido y debí de delatarme. No hizo falta más. Se abalanzaron contra mí de manera encarnizada. Noté la primera dentellada en el cuello, luego en la entrepierna, después no supe distinguir. Me atacaron con una crueldad y una fiereza gratuitas. Sólo porque me reconocieron como el débil de la especie. Todo ocurrió muy rápido. No quedó de mí más que el resto lacerado de un pointer ganador de muchos premios.
Antes de que el plomo se volviera negro profundo, alcancé a oír la voz asustada de Guille llamándome, “¡Thor!, ¡Thor!” No fui capaz de emitir ni un quejido. La noche lo disolvió todo.
© E.Z., 21 febrero 2010
Pobre Thor. Este relato del final de una vida me arranca lágrimas. Que injusta el la vida y que triste la unica certeza, la muerte que espera a ganadores y vencidos.
Un saludo