“Yo tenía una granja en África”. Siempre oigo esa voz de Karen Blixen como si le raspara algo en la garganta. Si fuese un hombre, no dudaría en atribuírselo al alcohol y al tabaco; en el caso de ella, lo entiendo más bien como huella de una vida muy vivida. No me consta que la sífilis que le contagió el bueno de Bror tuviera esa clase de efectos colaterales. Debe de ser otra cosa.
Es un deje sensual que trasmite todo el calor hasta la sofocación y toda la exuberancia de Kenia y predispone a creer cualquier cosa que ella quiera contar. No es sólo su voz: es su cuerpo, son los gestos de sus manos. Esa apariencia de languidez que encierra tanta decisión. La rareza que supone encontrar a una danesa en el centro del continente negro. La excepcionalidad de su carácter para hacer frente a los contratiempos. Y al mismo tiempo, su capacidad para el placer, ese saber disfrutar de lo que tiene: el paisaje, la bebida, la música, el rubio Denis.
No todo el mundo goza de credibilidad cuando habla, cuando cuenta una historia. Existe un don indefinible que se tiene o no se tiene. Podemos admitir una excusa inverosímil del amigo que llega una hora tarde a la cita si la cuenta con convicción y podemos dudar de otro que alega hechos perfectamente factibles si nos parece que titubea o desvía la vista cuando estamos a punto de cruzarnos con ella. Karen Blixen posee ese don y escuchar sus palabras es acunarse con suavidad cuando sopla el viento en la sabana africana. Ella sabe cómo vestir las palabras, cómo pintarlas con los tonos adecuados; sabe elegir los motivos interesantes, desechar los tópicos, lanzar puentes y mantener la atención. Por eso es una gran narradora.
Desde que los primeros humanos se reunieron por primera vez en una caverna en torno a la primera hoguera, se han contado historias. De allí arranca una tradición que ha sobrevivido al curso de la historia y al desarrollo de la tecnología. El arte de fabular, que está ligado a la capacidad de soñar, es una de las potencialidades más humanas que nos permite trascendernos a nosotros mismos, vivir otras vidas que nuestras limitaciones biológicas nos impiden, corregir el pasado y adelantarnos al futuro, dar la vida y quitarla. No lo digo yo: es lo más parecido a suplantar a dios. Pero no todo vale. Hay que convencer, entretener, engatusar, seducir, engañar, sobornar, embaucar, dominar todos los trucos del ilusionismo sin revelar los secretos. Karen Blixen lo hace con la pericia de una experta. Sólo le raspa la voz, jamás la credibilidad, y yo trato de beber de sus fuentes.
E.Z., 3 abril 2010
Concuerdo plenamente contigo respecto al hechizo de las palabras de Karen Blixen. Para mi una de las mejores cuentistas de todos los tiempos. Un ser indudablemente único que inspirara por siempre a los que nos afanamos en construir fábulas.
Me ha gustado especialmente como te has acercado a ella. Enhorabuena.
Un saludo
Como ya sabe Esther, mi comentario es largo y sin embargo positivo. Esto es sólo un intento para ver si su blog funciona todavía o no.
Lo que no funciona es la ilustración. Ese engendro no soy yo, palabra.
Calla, bobo, que estás muy gracioso.
Una gran cosa de los escritos de Esther es que me dan tema para escribir otros. En este caso han sido las dotes de Blixen para seducir, engañar, engatusar, etc. Me han hecho pensar en cuántas ocasiones una buena historia o una buena imagen hacen que otra persona se sienta llamada para, a su vez, emprender una gran tarea.
Así que he escrito “Contar historias”, basado en lo de Esther y demasiado largo para ponerlo aquí. Lástima, porque es tan bueno que me haría famoso. Y además muy transcendente, y si no que lo diga la propia Esther.
A fe mía que es bien cierto. Qué singular pluma se ha perdido toda esa caterva de engreídos editores. Todo un clásico.
Es que soy, oh ez 55, de aquella generación de la Guerra Civil, enseñada por la dura necesidad a dedicarse a cosas “útiles” y dejarse de plumas y literaturas.
¡Hola,, Esther!
¡Quién iba a decirme que viajando por tierras extrañas iba a encontrarte por África y hablando lenguas sajonas!
Un saludo.
Hecho de menos tus letras…
Un saludo desde la ciudad eterna
Leí tu novela, “La Casa de La Galea”; la compré porque en la foto de la portada del libro aparecía el chalet del abuelo de mi hija, esa casa está en en Castro- Urdiales. Luego me di cuenta de que también conocía a la autora, aunque hace más de treinta años que no nos vemos. Un beso, Merche.
Hola Merche: Despus de mucho rebuscar, he encontrado tu mensaje: andaba perdido por los mares de la red. Te agradezco que comprases el libro aunque, en principio, slo fuese por la portada. La vida tiene estas casualidades. No me dijiste qu te pareci el contenido. De cualquier forma, me alegro de haber restablecido el contacto “despus de casi 30 aos”. Tengo un blog (o algo as) [estherzorrozua.wordpress.com] a travs del cual podemos continuar en comunicacin, si quieres. Un abrazo. Esther.