

UNAS POCAS PALABRAS SOBRE UNA NOVELISTA
QUE SE MERECE MUCHAS MÁS
Por Alfonso Sastre
Esther Zorrozua es una novelista, ni más ni menos, quiero decir una verdadera novelista, que no es poco decir en esta época de prosistas, a veces magníficos, que dicen escribir novelas y que, sin embargo, engolfan sus relatos -si es que tienen algo que contar- en las preciosidades y riquezas de sus prosa o quizás de su presunto pensamiento o aún quizás de sus también presuntos conocimientos psicológicos. Con estas pocas palabras sólo trataremos de situar la escritura de Esther Zorrozua en una especie de tablero, y para ello empezaremos por decir de qué tablero se trata, y en seguida dónde se encuentra ella, en función de su obra publicada, se hayan dado cuenta o no quienes ejercen la función de críticos literarios, pues la antigua y prestigiosa función crítica parece estar asumida hoy , al menos en su mayor parte, por meros revisteros, vinculados a las grandes editoriales, que son empresas dedicadas a la promoción y venta de “best sellers”.
En realidad, la situación actual es un momento de una ya antigua batalla, en la literatura de Occidente, que comenzó en las primeras décadas del siglo XX, y que abrió el panorama de muchas literaturas narrativas locales en parejas del tipo Valle Inclán-Baroja (en España), o Faulkner-Hemingway (en los EE.UU.), o los dos Joyce: el que creó Ulises y el que hizo el resto de su obra. (Quizá haya sido y sea aún un momento más de aquella confrontación entre lo que fue, en los siglos XVI y XVII españoles, la llaneza (Cervantes) y el barroquismo (Góngora); y en la que tantas veces el barroquismo -por lo que se refiere a la novela- ha ocultado un déficit de imaginación narrativa, pero también de pensamiento del narrador, disimulados con los artificios de una rica prosa; fenómeno que ha sido muy frecuente en la literatura latinoamericana y que, triunfante, dio lugar a lo que se llamó el “boom” de aquella literatura, que repercutió con efectos nefastos en España, donde se produjo una doble experiencia: por un lado, la de aquella prosa narrativa desaliñada que se llamó (malamente) “de la berza” (desentendida de los problemas de estilo), y por otro la del uso de riquezas de prosa (superestilo) de, por ejemplo, un Alfonso Grosso. En aquel ambiente destacaron las obras (barrocas) de Ignacio Aldecoa, deudoras sin duda de Valle Inclán, pero luego también de Faulkner, y al mismo tiempo las de novelistas como Juan Goytisolo, que buscó y la encontró una salida al realismo chato de “la berza”, y las de otros escritores como José Manuel Caballero Bonald, que se puso a superar las vacuidades de aquel barroquismo instalado en la moda, más o menos preciosista. Había sin duda una crisis del talento narrativo, en términos generales, que hacía añorar a unos y recordar con desdén a otros las grandezas de los grandes novelistas del siglo XIX y primeras décadas del XX: aquellos monstruos que fueron, cito sin orden ni concierto, Flaubert, Balzac, Tolstoy, Zola, Dostoievski, Dickens, Manzoni, Gogol, Galdós, Thomas Mann, Proust, Kafka, Hasek, Sholojov. Pronto esta poética -que no es sino la de la llaneza de Cervantes- había sufrido un rudo golpe o, más bien, una puñalada en el hígado, con la publicación por Joyce de su Ulises, que destinaría al lector la función de trabajar -la lectura como trabajo- en su acceso a la obra literaria, al libro. Tal tipo de novela es como aquel libro alemán que cita Edgar Allan Poe en su relato “El hombre de la multitud”: un libro que “no se deja leer” (“er lässt sich nicht lesen”). Entre sus consecuencias experimentales están fenómenos como lo que fue muchos años más tarde “la escuela de la mirada”. Había llegado la que José María Castellet llamó “la hora del lector”, al que se atribuía el papel de coautor de las obras narrativas, y se prescindía, desde luego, de toda cortesía hacia los lectores, que tenían que apañárselas como pudieran para entender los libros. La lectura era, y sigue siendo hoy en multitud de casos, un trabajo, sí; ya porque los libros no estén escritos del todo (como sucedía con el “objetivismo” de “la mirada”, que abominaba de las profundidades), ya, al contrario, porque estén “superescritos”, y haya que navegar en los mares de las más ricas prosas o de las más complicadas estructuras. (En aquellas grandes novelas del siglo XIX y principios del XX, era difícil despedirse de su lectura, que uno terminaba con pena (ahora es corriente terminarlas, cuando se terminan, con alivio), y los personajes no se olvidaban fácilmente; algunos se recordaban durante toda la vida. Muchas veces he citado yo que para Oscar Wilde uno de las grandes tristezas de su vida había sido la muerte de un personaje de Balzac.
Todo lo que aquí queda dicho -en estas pocas palabras- trata, sin apenas haberla nombrado, de Esther Zorrozua, porque ella es un excelente modelo de narradora que transmite el gusto por la lectura de sus libros: se encuentra uno bien leyéndolas, escuchando por medio de su lectura las historias que ella nos cuenta desde que nos narró la primera -las primeras- en La Casa de la Galea, pasando por Bilbao ciudad abierta, hasta hoy, en que, en A contraluz, adquiere su obra nuevas dimensiones, en la vecindad de lo misterioso y esotérico, lo cual para nosotros la emparenta con aquella A rebours (a contrapelo) de Joris-Karl Huysmans.
Se ha situado Esther Zorrozua con convicción en una de las dos poéticas de la narrativa aquí enunciadas en términos generales sobre la narrativa en Occidente: la de la llaneza, atenta sobre todo “al cuento”, con la idea primordial de no interponer barreras, por muy bellas que sean, a la esencia y la comprensión del relato y a su interés por parte incluso de sus más sencillos lectores, lo que no quiere decir acomodarse en simplicidad alguna; incluyendo, pues, en su horizonte las mayores complejidades que presenta la vida humana; haciendo, en consecuencia, un uso moderado de, por ejemplo, las metáforas, que en el “boom” latinoamericano se apoderaban muchas veces del sistema de expresión, como lo hacían, por poner un ejemplo en esa línea, en muchas de las novelas de Miguel Ángel Asturias. La llaneza como sistema de expresión excluye la entrega a cualquier tipo de extremosidades, bajo la convicción de que los pintores que “ponen mucha sangre” hacen, claro, “un mal cristo” (“A mal cristo, mucha sangre”, dice la frase proverbial). En definitiva, su escritura nos conduce por las atmósferas de ambientes precisos y nítidamente reconocibles, y lo que sucede en ellos lo es (reconocible) en términos cotidianos, ya sea el puente de Deusto, ya una vieja librería que luego resulta que no existe o, quizás, que existe sólo en algunos momentos y en otros se convierte en otra tienda distinta. Ella, efectivamente, no presume de prosa -como tantos de sus coetáneos lo hacen, situados algunos en lo peor de la otra línea narrativa- , y escribe con claridad en una prosa que comparte con la científica su vocación por tener acceso a la verdad a través de la lealtad a los acontecimientos: su belleza no es ni más ni menos que la expresión de esa lealtad. Ella, en fin, “nos pone” en los personajes y en sus ambientes con la maestría propia de los buenos narradores.
Este libro que hoy, lector, tienes en tus manos, no sólo “se deja leer” sino que reclama ser leído por quien comienza a hacerlo, como ha ocurrido siempre cuando se trata de “contar” algo y se hace bien, y una vez más puede recordarse aquello tan sencillo que dijo Stevenson, para quien un novelista no es ni más -ni menos- que un narrador de historias. Y que ha de hacerlo, añado yo, sin exhibir en ello -¿para qué hacerlo?- sus conocimientos gramáticos o léxicos. “Llaneza, muchacho, no te encumbres, que toda afectación es mala” (Cervantes). Antítesis: “¿Lo que he escrito está muy claro? Oscurezcamos, oscurezcamos” (Eugenio d´Ors a su secretaria). “La claridad del toreo” (Bergamín). “Por favor, por favor, claridad en la literatura, sobre todo cuando se trata de expresar lo más oscuro” (A.S.).
Cuatro cosas, en fin, para terminar:
1.- Es muy interesante en este libro que la autora, a través de su personaje, nos mete en su propia cocina, allí donde ella prepara sus obras. Por cierto que he de decir, a fuer de sincero, que el Fausto de Goethe, en torno al cual versa toda esta historia en su rico plano teórico, cuenta para mí entre esos libros que “no se dejan leer”, y no estoy muy seguro de que Poe no se refiriera precisamente a él.
2.- Llevó toda la razón Goethe, y en ello tenemos la misma razón el gran escritor, Zorrozua y yo mismo, en que “en un principio fue la acción” y no la palabra; lo es, desde luego, en el principio de la literatura narrativa y no digamos del teatro, donde la llamamos “situación” y genera la fábula, que para Aristóteles era “el principio y como el alma” del drama. Quienes escribimos, no por eso ponemos la palabra en un altar, aunque algunos poetas lo han hecho.
3.- Bilbao tiene otra vez su novelista, en Esther Zorrozua. No lo tenía desde que murió Juan Antonio Zunzunegui. Luis de Castresana intentó, sin éxito, ocupar aquel vacío.
4.- Esta novela apuesta por la línea de un “realismo de vanguardia” que yo vengo preconizando desde siempre: esto es algo que aparece en el campo de lo Unheimlich (siniestro), que no es sino el problemático encuentro entre lo familiar y lo extraño (Freud), o un encuentro extraño de elementos familiares, como aquel “hallazgo fortuito sobre una mesa de disección de una máquina de coser y de un paraguas”, que para Isidore Ducasse (conde de Lautréamont) era un paradigma de la belleza, y una definición de ella en la cita que de este pasaje de Los cantos de Maldoror hizo Rubén Darío en Los raros.
Así pues, salud y mucha obra es mi deseo para esta excelente novelista que tantas palabras más merece y ha de escuchar y leer en el futuro, sobre todo si la crítica despierta.
Alfonso Sastre
Diciembre 2008
(Prólogo a la primera edición, enero 2009)
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Esther Zorrozua (autora)
tza 4, Bilbon. Aurkeztuko dute:
Mikel Alvira (idazle) Carlos Martínez (idazle) Esther Zorrozua (egile)
Danok ongietorriak izango zarete.
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Querida Nora: no sabes cómo te comprendo. Aunque te he visto por primera vez en esa absurda presentación en el Casino, es como si te conociese desde siempre; no por el golpe de vista, claro, sino por otros indicios y por cosas que he oído.
Yo también fui al Casino por compromiso y con pocas ganas. Yo también fui abandonado a mi suerte entre la gente, así que me puse a observar al personal. En seguida me llamó la atención una pelirroja provocativa, acompañada por una chica muy normalita. Después he sabido que la explosiva era tu amiga Alejandra, la cual pegó la hebra con uno y se fue a un rincón.
Me perdonarás si te digo que, al veros juntas a ti con Alejandra, pensé “mira, las de antes y después del chocolate”. Es lo que tiene el fiarse de las apariencias: que te lleva a ideas simplistas. Después, al quedarte sola y con cierto aire desvalido, empecé a interesarme y ya no te quité ojo desde mi anónima posición en la sala. ¿Por qué? Pues quién sabe; por lo mismo que hacemos tantas cosas.
Los detalles sobre ti son ya conocidos, puesto que son el núcleo de un libro, y por eso no los voy a repetir. Excepto cómo afrontaste al sinuoso guaperas de los ojos verdes y los andares felinos: con valor y prudencia al mismo tiempo, que era lo adecuado.
He dicho que te comprendo, ya lo creo; más aún, me identifico con tus actitudes, que son la expresión de una forma de ser. Tú no aceptas a las editoriales de “pague usted primero”, que en realidad sólo aportan papel y tinta a los libros que acogen; a mí me parecían indignas, en mis tiempos de doctorado, las condiciones de trabajo. Escasez de medios materiales, más escasa aún la dirección de tesis, ninguna remuneración…
Tú aborreces las presentaciones a bombo y platillo, porque sí y porque a menudo resultan tener más envoltorio y lazos que talento y esfuerzo. Quizás no llegues al extremo de “ el buen paño en el arca se vende”, pero te contentas con un lugar digno en las librerías adecuadas; para tus libros quiero decir.
Yo, en mi trabajo que ha sido técnico, he aceptado la labor comercial, que es necesaria sin duda; pero me irritaban las propuestas de escribir artículos con fines publicitarios, sin importar su calidad. Pues no: se escribe si se tiene algo que decir, y si no se calla uno. Y para tener algo que decir hay que estudiar, y para eso te tienen que dejar tiempo. Los escritos no crecen en los tiestos, como algunos gerentes creen.
Tú, en tu trabajo cotidiano, te desesperas con la sinrazón del sistema vigente. Y yo no he visto jamás, en las cuatro empresas por las que he pasado, nada que se pareciese a organización, formación de personal, previsiones ni siquiera a medio plazo…¿Nos habremos, tú y yo, equivocado de planeta?
José Antonio G., marzo 2009
FELINA DIABÓLICA, monólogo de Anastasia, la gata de “A CONTRALUZ”, sorprendida en conciliábulo consigo misma por mi buena amiga Corina de Portugal.
Mi cuerpo se contonea voluptuoso mientras camina con estudiada parsimonia hacia la terraza. Un olor intenso a jazmín penetra en mis fosas nasales y esponja mis pulmones. Sin ser de gran tamaño, la terraza está aprovechada al máximo. Las plantas cubren las paredes. El techo se adorna con vigas de madera por donde reptan, se desperezan y abrazan la madreselva, la camomila y la mandrágora. El sol templa el ambiente. Noto cómo las plantas se estremecen ante mi presencia. Subyugadas por mi poder, rinden pleitesía obsequiándome con sus aromas a fin de agasajarme como me merezco. La azotea de Daniel es un rincón tranquilo donde descanso y me escondo.
¡Qué raros son los humanos! Lo único que les envidio es la sonrisa, don divino de los dioses que regalaron a los mortales haciendo gala de su magnánima providencia. En el Averno no existe. Por eso decidí robarla y llevarla a mis dominios. Digo que son raros pues la diferencia entre hombre y mujer es como la del sol y la luna. La lana que cubre el rostro y cuerpo de los varones es repugnante. Tienen entre las piernas un dedo grueso que se estira y encoge y que, pomposamente, llaman miembro viril, y no viven ni piensan más que en introducirlo en una cavidad que tienen las hembras en la parte baja de su cuerpo. Hay que verlos. Se ponen como locos. Lo llaman orgasmo y su vida gira alrededor de él. Así que para los diablos es tarea fácil dominarlos.
En nuestro caso, al eliminar el órgano reproductor, nuestras orgías provienen del scarg de las hembras y del ingus de los machos. Nuestras descargas eléctricas, energías, rayos, al confluir en un punto, hacen convulsionarnos de placer, de lujuria y de omnipotencia. Además, no nos resta fuerza, sino que nos la incrementa.
En realidad, no me interesan las características de los humanos: son ridículos, grotescos. La pareja formada por Nora y Daniel difería del patrón característico de los humanoides. Tenían sus roles invertidos. Recibía más atenciones y cuidados por parte de él que de ella. Ni se acordaba de darme la comida, ni de acicalarme, ni de atusar mi vestidura de angora. ¡Bah, son despreciables! Lo único que envidio de ellos es la sonrisa.
Por eso acepté la invitación de la Sorgiña Mayor de Euskalherria, en nombre del Gran Akelarre, para asistir a la celebración del equinoccio de primavera. Allí, mediante mis manipulaciones falaces, conseguiría adueñarme de la sonrisa, borrarla de la faz de la tierra y hacerla eternamente mía. Sentía también curiosidad por conocer los poderes que realmente poseía este colectivo, medio terráqueo, medio mágico, poderes desde luego mucho menores que los de las luciferinas de las que soy Diabla Egregia. Con malévola indulgencia ansiaba desplegar mi grandeza y autoridad ante un auditorio significativamente inferior, provocándoles la envidia y la admiración pertinente.
Pero hete aquí que esa panda de desgraciadas, brujas a medio enjaretar, no sólo ignoraron mis conocimientos y mis deseos, sino que pretendieron darme lecciones de conjuros y maleficios. Mi iracundia, más verde y fosforescente que nunca, arremetió contra ellas. Las trituró, las pulverizó, convirtiéndolas en un hayal sombrío y tenebroso.
Por las noches se pueden escuchar los lamentos y maldiciones de las brujas malditas. Las sorgiñas restantes (no acudieron todas) juraron venganza y aniquilación contra mí. Desde entonces, en este territorio repleto de bosques, montes y rocas, mi nombre que susurra el viento de la noche es Okerra-Engenue.
Extenuada por descargar toda mi fuerza contra aquellos pérfidos seres, mi alférez de la malicia, Insidus Felonías, acudió en mi ayuda y me proporcionó el disfraz de morronga y un hogar donde ubicarme desde donde podría investigar la idiosincrasia de las sorgiñas y planear el robo de la sonrisa.
La separación de la pareja, auspiciada por mí, al principio me favoreció; elegí a la mujer, más despegada, encerrada en su mundo, con la mente alborotada entre el bien y el mal, la acción y la palabra, pero mi personalidad como animal doméstico reclamaba más atención. Una cosa es que yo no haga caso y otra que no me lo hagan a mí. Después de indicarle a Yinsidius las características de Nora, acordes con la temática de su último proyecto y, como tal, buen sujeto de estudio, conseguí con mis artes endiabladas volver al lado de Daniel, que no sabe hacer otra cosa que cuidar de la casa, de la comida y de mí. Eso sí lo hace bien. Y yo, disfrutando de unas vacaciones terrenas. Acunada por el perfume de las plantas, va creciendo en mí un pecado capital que nunca saboreé y hoy me parece exquisito: la pereza.
CORINA DE PORTUGAL
Marzo 2009
Amor a contraluz, o el hijo de Gutenberg
Querida Esther: tú no me conoces, pero yo a ti sí a raíz de tus libros. He asistido a tus presentaciones y otros actos en que has intervenido. Puedo decirte, amparado en mi anonimato, que te considero la mejor escritora viva, al menos en lengua castellana; y no me hace falta justificarlo, porque cuando algo se siente de verdad se convierte en evidencia.
¡Qué libro “A contraluz”! Un verdadero prodigio, que combina realidad cotidiana, misterio, magia, amor, ansia de saber, cautela, audacia…Si se hubiera publicado en el Siglo de Oro, ahora hablaríamos de Nora y Esther en vez de D. Quijote y Cervantes.
A fuer de sincero anónimo, que es el máximo grado de sinceridad, debo confesarte que mi admiración por tu obra va mezclada con admiración por tu persona. Te he visto en la realidad y en la TV, tu elegancia, tu dominio de la situación, tu saber estar por encima de tópicos y halagos. Me pareces la mujer perfecta.
No vayas a pensar que esta valoración personal esconde algo fetichista, obsesivo, ni mucho menos sexual. Nada más lejos de mí; soy un devoto, quizá un fanático de la buena literatura, lo que me ha llevado a veces a idealizar a los autores, y más a las autoras. Pero esta pasión mía es totalmente limpia y ajena a todo aspecto inconfesable. Eso no impide que, si algún día me atrevo a presentarme, te pida una foto tuya que, si me la concedieses, sería objeto de culto para mí.
Tendrías que ver mi estudio, repleto de fotografías, recortes y recuerdos de otras grandes artistas a las que he venerado: Marlene Dietrich, Ava Gardner, Mae West, Marilyn Monroe, Sofía Loren, Lauren Bacall, Rock Hudson, Pamela Anderson, Mar Flores, Boris Izaguirre, Belén Esteban…
Tal vez pienses que esas personas nada tienen que ver con la literatura. Es cierto, pero mi concepto estético es muy amplio y elevado; creo que toda belleza es arte, y convendrás conmigo en que todas las mencionadas son bellas, o sea personificaciones del arte. Todo ello dentro de la pura estética, insisto, y sin concesión alguna a la vulgar sensualidad.
Olvidaba decirte que la foto mencionada arriba, la tuya, debería ser en bañador lo más exiguo posible porque…
Tengo que cortar aquí, admirada Esther, porque es la hora de mi sesión diaria con el psiquiatra (experto en manías, dice su tarjeta, qué bobada). No sé por qué mi mamá me ha impuesto este tratamiento que para nada necesito; pero se pone como una fiera si no lo sigo, y no quiero disgustarla.
Tu devoto, Hijo de Gutenberg
Bloguero decepcionado
Nos ha ciscao el clan ese de los sabios y exégetas. ¿Quién se han creído que son, con sus análisis y conclusiones? Uno escribe sus comentarios con la mejor intención y se ponen a sacarles punta y retorcerlos.
Porque, vamos a ver, ¿qué le he dicho yo de malo a Esther? Le he hablado de cosas de barcos para que aprenda un poco y sepa que es algo muy bonito, y le he señalado sus probables errores en leísmos, laísmos y loísmos. Me parece que podía haberlo agradecido y aprovechado; y del velero ¿qué pasa? Ni siquiera le he propuesto todavía un crucero conmigo. ¿Acaso se cree que me la quiero llevar al huerto marino? Como si no tuviera yo donde elegir, con mis conocimientos y mi velero.
Creo que es una estrecha, eso es lo que es. Como ha publicado tres libros ya se cree una gran escritora; y encima he tenido la ingenuidad de decirle que “A contraluz” me ha gustado. Ahora andará por ahí presumiendo, cuando en realidad al leerlo yo lo iba comparando con mis escritos y viendo que estos no desmerecen nada frente a los de ella. Sí, su libro es ameno, tiene misterio, ritmo; muy bien para el gran público, pero no tiene la profundidad de lo mío, que es el fruto de largas meditaciones y hondos sentimientos.
He empezado estas líneas con mosqueo, pero éste va dando paso al dolor. Dolor por el desengaño en un trato que, aunque incipiente, me parecía prometedor. Dolor porque, una vez más, pongo altas expectativas en alguien que me deslumbra por lo que sea: aspecto, elegancia, talento, amabilidad… y luego ¡puf! ese globo se desinfla y me deja estrellarme contra el suelo de la dura realidad. Y esto ¡ha pasado tantas veces!
¿Por qué ha de ser tan áspera la realidad? O quizá no es tan áspera y soy yo quien se empeña en volar sobre ella, en vez de caminarla por senderos ya existentes.
Bien, al menos le debo a la estrecha Esther conocer a Benedetti, al que no había leido. Tiene un capítulo, de título Utopías, donde dice “todos venimos al mundo con la obsesión de un imposible”. Estoy de acuerdo con eso, y mi imposible por lo visto es la amistad perfecta con una mujer. Luego el escritor se mete a distinguir entre utopías, prohibidos e imposibles, pero esto me interesa menos.
Lo prohibido ya sabemos qué es; lo imposible es cambiar de circunstancias. Entonces lo mío debe ser utopía, porque lo que busco no sé dónde puede estar. Pero existe, tiene que existir porque es algo bueno y hermoso.
Esperaré a recuperarme de esto antes de cualquier otro intento, si es que lo hago…No se puede renunciar a toda ilusión.
J.A.GÓMEZ, junio 09