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CULTURA CHINA

Introducción a la cultura china – Ernest Fenollosa

Posted: 28 Feb 2011 12:00 AM PST

La editorial Melusina vuelve a poner al alcance de los lectores pequeñas dosis de sabiduría encapsuladas en libros de lectura amena y siempre gratificante. Se trata, en este caso, del título Introducción a la cultura china, de Ernest Fenollosa, publicado en la colección [sic]. Riguroso y conciso, el libro se divide en tres apartados para ofrecer, de forma detallada, datos históricos sobre las dinastías chinas, conceptos referidos a la escritura con ideogramas y por último, una pequeña selección de textosrepresentativos de los grandes movimientos filosóficos y literarios chinos. LEER MÁS
Del autor diremos la verdad: que nos era desconocido antes de sumergirnos en el libro, pero que tras bucear entre sus páginas se nos antoja un personaje enigmático y singular: destacado orientalista de origen español nacido en 1853, sus escritos han contribuido en gran medida a la difusión del arte japonés en Europa. Sus exhaustivos estudios sobre el teatro oriental y numerosas traducciones de poemas chinos clásicos fueron utilizados y publicados con gran éxito posterior por Ezra Pound, que se apropió de estos textos, reformulándolos y adaptándolos a la forma poética inglesa. La visión de la cultura oriental de este sinólgo resultó, por tanto, crucial en las vanguardias occidentales de la primera mitad del siglo XX.

Fenollosa consigue apasionar al lector profano repasando las características sociales y artísticas de las dinastías chinas, desde los primeros pobladores asentados a orillas del río Amarillo (en torno al 2850 a. C.) hasta la dinastía Ming (siglo XVII), distinguiendo corrientes filosóficas y literarias y despertando nuestra curiosidad sobre la cultura china.
La segunda parte del libro es un breve e interesantísimo ensayo titulado Los caracteres chinos como medio poético: en él se analiza la construcción de la oración china y por tanto, su estructura de pensamiento. La explicación, mediante algunos ejemplos concretos, de la utilización de ideogramas, permite atisbar toda la intensidad y riqueza de la lengua china. En palabras de Fenollosa, “una de las superioridades de la poesía verbal en cuanto arte se halla en su conexión con la realidad fundamental del tiempo. La poesía china cuenta con la excepcional ventaja de poder combinar ambos elementos: nos habla a la vez con la vivacidad de la pintura y la movilidad del sonido”.
Por último, la breve antología que cierra este pequeño volumen ofrece algunos de los textos clave para entender las tres doctrinas (taoísmo, confucianismo, budismo), así como extractos de las cuatro novelas clásicas.

En definitiva, se trata de un libro que avivará el interés de aquellos que quieran seguir descubriendo la cultura oriental, y servirá de guía a los que se asomen por primera vez a esta civilización.

Elisabeth Falomir

FICHA DEL LIBRO

Título: Introducción a la cultura china | Autor: Ernest Fenollosa EditorialMelusina | Páginas 128 |Precio 9,50€ |

 

UNA VOZ RASPOSA


“Yo tenía una granja en África”. Siempre oigo esa voz de Karen Blixen como si le raspara algo en la garganta. Si fuese un hombre, no dudaría en atribuírselo al alcohol y al tabaco; en el caso de ella, lo entiendo más bien como huella de una vida muy vivida. No me consta que la sífilis que le contagió el bueno de Bror tuviera esa clase de efectos colaterales. Debe de ser otra cosa.

Es un deje sensual que trasmite todo el calor hasta la sofocación y toda la exuberancia de Kenia y predispone a creer cualquier cosa que ella quiera contar. No es sólo su voz: es su cuerpo, son los gestos de sus manos. Esa apariencia de languidez que encierra tanta decisión. La rareza que supone encontrar a una danesa en el centro del continente negro. La excepcionalidad de su carácter para hacer frente a los contratiempos. Y al mismo tiempo, su capacidad para el placer, ese saber disfrutar de lo que tiene: el paisaje, la bebida, la música, el rubio Denis.

No todo el mundo goza de credibilidad cuando habla, cuando cuenta una historia. Existe un don indefinible que se tiene o no se tiene.  Podemos admitir una excusa inverosímil del amigo que llega una hora tarde a la cita si la cuenta con convicción y podemos dudar de otro que alega hechos perfectamente factibles si nos parece que titubea o desvía la vista cuando estamos a punto de cruzarnos con ella. Karen Blixen posee ese don y escuchar sus palabras es acunarse con suavidad cuando sopla el viento en la sabana africana. Ella sabe cómo vestir las palabras, cómo pintarlas con los tonos adecuados; sabe elegir los motivos interesantes, desechar los tópicos, lanzar puentes y mantener la atención. Por eso es una gran narradora.

Desde que los primeros humanos se reunieron por primera vez en una caverna en torno a la primera hoguera, se han contado historias. De allí arranca una tradición que ha sobrevivido al curso de la historia y al desarrollo de la tecnología. El arte de fabular, que está ligado a la capacidad de soñar, es una de las potencialidades más humanas que nos permite trascendernos a nosotros mismos, vivir otras vidas que nuestras limitaciones biológicas nos impiden, corregir el pasado y adelantarnos al futuro, dar la vida y quitarla. No lo digo yo: es lo más parecido a suplantar a dios. Pero no todo vale. Hay que convencer, entretener, engatusar, seducir, engañar, sobornar, embaucar, dominar todos los trucos del ilusionismo sin revelar los secretos. Karen Blixen lo hace con la pericia de una experta. Sólo le raspa la voz, jamás la credibilidad, y yo trato de beber de sus fuentes.

E.Z., 3 abril 2010

MÓNITA


No se trata de ningún error. El vocablo existe y figura en los diccionarios como sinónimo de hipocresía, falsedad, fingimiento y una lista de otros veinte términos afines. No busco ninguna clase de lucimiento personal. Soy de natural discreto, pero las circunstancias me han llevado a desenterrar este fósil griego, “mónita”, que resulta lo bastante llamativo y que, por asociación de ideas, puede emparejarse fonéticamente con “cáspita”. De paso, sirve también para demostrar la utilidad de las tildes que, si se perdiesen en esos dos casos, derivarían en un par de diminutivos insustanciales. Tampoco es que me cueste centrarme, sino que me estoy dando tiempo para que descienda mi nivel de bilirrubina o cualquier otra clase de humor que hace euforia cuando nos dan un pisotón inesperado. El día iba bastante bien hasta que he leído un artículo sobre el burka y sus distintos usos, y ahí ha sido cuando se me ha revuelto la bilis, al comprobar la escasa correspondencia entre lo que decimos y lo que hacemos. Cuando ese desajuste se produce desde la consciencia y no desde la ignorancia, se denomina directamente hipocresía o cualquier palabro más popular y más grueso, y por tanto, mucho más gráfico.

Leo sobre las distintas iniciativas, en muchos casos ya convertidas en leyes, que se van implantando por media Europa sobre la prohibición del uso del burka en cuanto que supone “un atentado contra la dignidad de las mujeres” y bla, bla, bla. Y leo en paralelo las campañas “artísticas” a cargo de famosos diseñadores de la talla de Nina Ricci, John Galiano o Carolina Herrera, que presentan en las pasarelas internacionales sus nuevas colecciones “inspiradas” en el burka. Burkas de colores y diferentes texturas para hombres y mujeres.

De manera que está prohibido llevar burka por motivos culturales o religiosos, pero no si se canaliza como producto artístico firmado por alguien con un logo lo bastante atractivo como para despertar el interés de los chinos imitadores. Por tanto, no es lícito lo cotidiano, pero sí el producto de lujo que rinde beneficios millonarios. No se permite a las alumnas asistir al instituto con burka (y me parece bien; nosotros no nos quejamos porque nos hagan descalzarnos para entrar a  sus mezquitas, así que toca adaptarse al lugar en que se está), pero visten a Barbie con burka para conmemorar el 50 aniversario de su creación (porque eso vende por exótico). ¿Dónde está la difusa frontera entre la reivindicación y el negocio? ¿No conoce límites la manipulación del dinero? ¡Mónita! ¡Mónita! ¡Mónita!

E.Z., 28 abril 2010

La seriedad del juego

Ed. Alfaguara, 2009, 232 páginas, 17’50 euros

Estamos ante una reflexión sobre la literatura y los literatos, los problemas que deben afrontar, como la memoria, las influencias, el entorno, la relación entre realidad y ficción, y los retos que han de salvar, como las relaciones con los lectores, con la crítica y con sus países de origen; todos esos pormenores que el público no llega a ver porque se quedan en un plano oculto que contiene la vida del autor, sus ideas, sus ilusiones y sus mundos, y que sólo el lector avezado llegará con suerte a descubrir.

Juan Gabriel Vásquez (Bogotá, 1973), traductor, ensayista, crítico literario, columnista y autor de relato y novela, ha ganado con “El arte de la distorsión” el Premio de Periodismo Simón Bolívar 2009. Con esta colección de 17 artículos, que incluyen ensayos, prólogos y conferencias, el autor alimenta su adicción a la lectura por “la profunda satisfacción que nos dan los mundos cerrados, autónomos y perfectos, de las grandes ficciones. Esos mundos que, precisamente por haber nacido de la imaginación libre y soberana, dan a la realidad un orden y un significado que ésta, por sí sola, no logrará jamás. Esos mundos donde, precisamente porque no han sucedido nunca, las cosas seguirán sucediendo para siempre”, según expone en el prólogo.

Con sus comentarios, da la impresión de conocer todos los secretos ocultos tras la formación de cada libro y es capaz de señalar los métodos constructivos más eficaces que hay en muchos de ellos. La antología puede resultar quizá un conjunto ecléctico, porque algunos artículos tratan temas muy verticales, mientras en otros se explaya en asuntos llanos, colaterales con la lectura y su fábrica, muy instructivos para los amantes bibliófilos. Son 17 exploraciones que revelan a un lector agudo, original y apasionado. El espectro va de Joseph Conrad a Julio Ramón Ribeyro, pasando por Cervantes, García Márquez, Philip Roth o Sebald. Cuando se detiene en la obra o la figura de algún autor, lo hace mediante análisis someros: se limita a iluminar algún detalle menor o a reflexionar sobre alguna faceta de la narrativa de esos escritores.

En “El arte de la distorsión”, artículo que da nombre al libro y que fue en su origen una conferencia impartida en El Escorial en 2006, defiende la libertad del escritor en la creación de ficciones, porque la única razón de ser de la novela es decir lo que sólo la novela puede decir. Aborda el inevitable tema de la novela histórica, coincidiendo, sin citarlo, con Kapuscinski y con Herodoto en la imposibilidad de conocer la historia, o más bien, en la idea de que toda historia es apenas una versión de los hechos. Y cita a Julian Barnes al mencionar que “inventamos historias para tapar los hechos que no conocemos: conservamos unos cuantos hechos verdaderos y alrededor de ellos tejemos un nuevo relato.”

En esta serie de artículos hay mucha erudición y agudas vueltas de tuerca, pero la brújula de Vásquez deja tan estrecho margen de maniobra en algunos momentos, que suena a imposición, por ejemplo, a la hora de establecer quiénes son buenos y malos lectores. Tal vez por eso, lo mejor de este libro, como en la literatura en general, resida en la libertad de combinar y seleccionar los contenidos a gusto de cada cual.

© E.Z., febrero 2010

ENSAÑAMIENTO


Me perdí. Ya sé que cuesta creerlo. Soy un pointer y en mi historial figuran varios premios en la caza de liebre. Pero eso era antes. Ahora tengo quince años y unas cataratas como para cortar a cuchillo. Hace siglos que no me llevan al monte. Desde que perdí el olfato y las piezas empezaron a pasearse a mi lado con descaro, como si me retaran. Luego las imágenes se volvieron temblonas, como si estuvieran hechas de gelatina y, por último, una cortina gris vino a poner una frontera entre el mundo y yo. A partir de entonces, se limitan a mandarme cada tarde al parque con Guillermo. Supongo que sienten alguna responsabilidad y no quieren que además se me atrofie el esqueleto. Guille, a veces lleva una pelota y la arroja a una distancia media  para obligarme a hacer carreras cortas. Es una pelota roja de gomaespuma, que no pesa, así que no puede ir muy lejos, pero a menudo la pierdo de vista y es él quien tiene que ir a buscarla. Guille es un tío legal, de una paciencia infinita. Tenemos la misma edad, lo que significa que a él le queda toda una vida por delante y a mí se me acabó el futuro.

Ayer hicimos el mismo recorrido de siempre, de casa al parque; mientras jugábamos con la pelota, se acercó una chavalita. Sólo pude apreciar su perfil borroso, pero la voz me dio los demás datos. Guille la conocía, no sé de qué, pero la llamó por su nombre, Lucía. Se pusieron a hablar y supongo que se olvidaron de mí. Sentí sed. Recordaba que a no más de veinte pasos había una fuente con abrevadero de la que había bebido infinidad de veces. Un resto de sentido de orientación me llevó hasta allí y, tras unos lenguetazos golosos, me encontré mucho mejor. Pero al intentar volver, no sé qué me pasó: me perdí.

Pasó un tiempo. Esperé que Guille viniera a buscarme. Por fuerza tenía que verme, no me había alejado tanto. Empecé a moverme y a ladrar quedo. Supongo que no hacía más que girar en redondo. Ladré más fuerte, una señal de alarma intentando trasmitir el miedo intenso que empezaba a hacerse un hueco en mí. El gris de mi entorno se volvió plomizo, cada vez había menos luz. Entonces los oí: ladridos amenazantes, ladridos burlones que llegaban de distintas direcciones y se aproximaban peligrosamente.

Pronto me tuvieron cercado. Serían tres o cuatro. Ladraban con saña. Me paré en seco y agucé el oído. Ladré con decisión, intentando ocultar el miedo, pero yo mismo no estaba convencido y debí de delatarme. No hizo falta más. Se abalanzaron contra mí de manera encarnizada. Noté la primera dentellada en el cuello, luego en la entrepierna, después no supe distinguir. Me atacaron con una crueldad y una fiereza gratuitas. Sólo porque me reconocieron como el débil de la especie. Todo ocurrió muy rápido. No quedó de mí más que el resto lacerado de un pointer ganador de muchos premios.

Antes de que el plomo se volviera negro profundo, alcancé a oír la voz asustada de Guille llamándome, “¡Thor!, ¡Thor!” No fui capaz de emitir ni un quejido. La noche lo disolvió todo.

© E.Z., 21 febrero 2010

Allen Stewart Konigsber nació en el Brox, en Nueva York, el 1 de diciembre de 1935. Dos hechos le marcaron desde el principio: su judaísmo y su extrema timidez. Las gafas para corregir su miopía supusieron una prótesis temprana y, seguramente, un parapeto defensivo de primer orden para su doble condición de tímido y de judío. Esas gafas grandes y redondas, de pasta negra, que le confieren un cierto aire de búho asustado, son las que le llevan a ver el mundo de un modo personal y único, convirtiéndolo a menudo en una caricatura de sí mismo.

Hay otros hechos que vienen a hurgar en la herida abierta. Debido a que sus padres trabajaban, Allan estuvo al cuidado de niñeras desde el primer año de su vida. De un episodio con una de ellas se cree que viene su aversión a los túneles largos y a los ascensores. Un día, cuando Allen tenía 3 años, la niñera de turno se acercó a su cuna y después de envolverlo en una colcha, le dijo: “¿Ves? Ahora mismo podría ahogarte y lanzarte a la basura, y nunca nadie sabría lo que ha pasado”. La mujer no cumplió la amenaza, pero dejó impreso en el niño el estigma de la fragilidad que lo acompaña desde entonces.

Sin embargo, al mismo tiempo lo dotó de un mecanismo de aurtodefensa, en una especie de efecto espejo que proyectaba sus miedos y fobias sobre los demás. Así, a los 5 años, coincidiendo con su ingreso en la escuela pública 99 de Brooklyn, se convirtió en un niño solitario e introvertido, incluso puede que en un inadaptado, porque años más tarde definió ese lugar como “una escuela para maestros con trastornos emocionales”, un diagnóstico que ya lleva la marca de la casa. Son esas mismas gafas las que a veces parecen servirle para mirar a su interior, como una forma de autoconocimiento que de otra manera tal vez no hubiera logrado y que, refiriéndose a su época de adolescente, le lleva a comentar: “yo no quería ser Bogart ni John Wayne. Yo sólo quería ser el capullo de la clase, quería ser ese chico con gafas que nunca consigue a la chica, pero que es divertido y cae bien a todo el mundo”. Debió de ser un estado de ánimo transitorio que pronto trató de corregir, acudiendo por primera vez al psiquiatra a los 17 años para convertirlo en un hábito del que aún no se ha desprendido. Así llegó a establecer la terna temática que recorre toda su filmografía: el judaísmo, la psiquiatría y el sexo, hasta transformarlos en obsesiones que trata de dinamitar desde dentro con sentencias lapidarias del tipo: “el cerebro es mi segundo órgano preferido” que han hecho estallar en carcajadas a los patios de butacas de media Europa. Los americanos, en cambio, nunca han logrado conectar con su agudo y corrosivo sentido del humor. Por eso tampoco entienden que se negara a asistir para recoger el óscar que en 1977 premiaba su dirección en “Annie Hall”, alegando que tenía que tocar el clarinete, como cada lunes, en el Café Carlyle. No queda claro si son de nuevo sus gafas las que le ayudan a establecer esta clase de prioridades que la Academia de Los Ángeles no consigue explicarse. ¿Cómo podría nadie en su sano juicio negarse a recorrer la alfombra roja por tocar el clarinete con sus amigos en un tugurio lleno de humo?

Ahí reside la habilidad de este tipo antisistema que, sin gritos, sin alharacas, jugando al papel de eterno ingenuo y despistado, descoloca a todo su entorno y llega a colarse incluso en la serie de Los Simpsons mediante fugaces apariciones que no hacen sino consolidar el carácter iconoclasta de los dibujos. En 2002 recibe el Premio Príncipe de Asturias de las Artes. Desde entonces tiene una estatua en su honor en el centro de Oviedo. No deja de ser sintomático que cada cierto tiempo la escultura “pierda” sus gafas. Hay alguien, o tal vez todo un grupo de fans que amenazan con convertirse en secta, que buscan mirar el mundo a través de las gafas de Woody Allen, desde una óptica crítica sin ser agresiva. Reponen las gafas a la estatua, pero vuelven a robarlas una y otra vez, porque a través de sus películas hay quien ha aprendido a interpretar la realidad con el filtro de ese humor disparatado y un poco absurdo que amortigua el dolor de vivir.

© Esther Zorrozua, 9 febrero 2010

  

Mikel ALVIRA, “El silencio de las hayas”

Donostia,  Ed. Ttarttalo,  2009,  389 páginas.

  

Estamos ante un relato telúrico en el que a los personajes les entra el espíritu de la tierra por las plantas de los pies, como a los árboles por las raíces. Es una historia arraigada al Pirineo navarro, a la casa de Sorogibel y a una mujer, Cataline, que funciona como leit-motiv del clan, como principio y fin de todo lo que ocurre, piedra de toque que pone en marcha comportamientos y esperanzas cuando todo está perdido. Este elemento llega como una reminiscencia del matriarcado tradicional de la zona y hace que la figura de la madre se agigante ganando atributos extraordinarios y cohesionando a pesar de su ausencia a la familia que se desperdiga sin remedio. 

Mikel Alvira (Iruñea, 1969), escritor prolífico y polifacético que cultiva el ensayo, el guión cinematográfico, la novela, el relato y la poesía, multipremiado con galardones como el Nuevoser de Buenos Aires, el Fogón Saint Julen de París, el de Novela No Sexista del Ayuntamiento de Santurtzi y el Internacional de Poesía de Segorbe, afianza su escritura con esta novela, “El silencio de las hayas”, que viene a ser una saga familiar a lo largo de cuatro generaciones (Miguelón, Mieltxo, Miguel, Miguelico) entre 1900 y 1960. La intrahistoria doméstica avanza entrelazada con los avatares tumultuosos de la historia de España en ese periodo (el advenimiento de la República, la Guerra Civil, el exilio). La geografía elegida, Larraskoain, el pueblo más alto del valle de Geiunli, desde el que se cruza y descruza la muga como algo cotidiano tiene la lectura de lo común y compartido por encima de las fronteras artificiales y de que las cosas no son siempre según parecen estar establecidas. 

El hilo conductor viene marcado por una acción trepidante, llena de sorpresas, muy en la línea de la novela de aventuras, en la que los personajes se van pasando el testigo unos a otros como en una contrarreloj acelerada. Nada es estable; todo está siempre sujeto a cambio. Los personajes se hallan en todo momento ante encrucijadas y se ven obligados a elegir entre lo que a menudo parecen simples hechos cotidianos. Pero esas elecciones les acarrean consecuencias inesperadas que muchas veces afectan a la familia entera. Ése viene a ser el punto gordiano de reflexión al que nos quiere conducir Alvira con su historia: la enorme trascendencia potencial de lo aparentemente anecdótico.

 

Todo ello, tejido en un estilo ágil y suelto, que fluye solo y se impregna a ratos, con esmero preciosista, de la sintaxis vasca de los personajes que presumiblemente hablan en euskera. Un estilo fresco y cercano, plagado de diálogos rápidos y eficaces, carente de retoricismos inútiles, para ganar en verosimilitud y hacernos oír las voces diferenciadas de los habitantes del valle, de los mineros vizcaínos o de los policías de Pamplona. Con todo, Alvira trasciende los límites del costumbrismo mediante la incorporación de temas que están en el imaginario universal. 

“El silencio de las hayas” viene a ser un título cargado de simbolismos que nos remite a ese vínculo indisoluble entre la gente y la tierra, a ese árbol de carácter sagrado que viste la franja habitable del Pirineo y ha sido testigo de secretos y atrocidades, a esos pactos no verbalizados que ligan a las personas y que, tras la diáspora forzada, reúnen a todos los Sorogibel en el exilio, al otro lado de la muga, donde también están presentes las hayas. Y, seguramente, también a ese miedo a la palabra que impuso la dictadura, pero que nada pudo hacer frente a la resistencia, silenciosa pero activa, de los sometidos.

 

© E.Z., enero 10