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Archive for the ‘SHORT STORY’ Category

ENSAÑAMIENTO


Me perdí. Ya sé que cuesta creerlo. Soy un pointer y en mi historial figuran varios premios en la caza de liebre. Pero eso era antes. Ahora tengo quince años y unas cataratas como para cortar a cuchillo. Hace siglos que no me llevan al monte. Desde que perdí el olfato y las piezas empezaron a pasearse a mi lado con descaro, como si me retaran. Luego las imágenes se volvieron temblonas, como si estuvieran hechas de gelatina y, por último, una cortina gris vino a poner una frontera entre el mundo y yo. A partir de entonces, se limitan a mandarme cada tarde al parque con Guillermo. Supongo que sienten alguna responsabilidad y no quieren que además se me atrofie el esqueleto. Guille, a veces lleva una pelota y la arroja a una distancia media  para obligarme a hacer carreras cortas. Es una pelota roja de gomaespuma, que no pesa, así que no puede ir muy lejos, pero a menudo la pierdo de vista y es él quien tiene que ir a buscarla. Guille es un tío legal, de una paciencia infinita. Tenemos la misma edad, lo que significa que a él le queda toda una vida por delante y a mí se me acabó el futuro.

Ayer hicimos el mismo recorrido de siempre, de casa al parque; mientras jugábamos con la pelota, se acercó una chavalita. Sólo pude apreciar su perfil borroso, pero la voz me dio los demás datos. Guille la conocía, no sé de qué, pero la llamó por su nombre, Lucía. Se pusieron a hablar y supongo que se olvidaron de mí. Sentí sed. Recordaba que a no más de veinte pasos había una fuente con abrevadero de la que había bebido infinidad de veces. Un resto de sentido de orientación me llevó hasta allí y, tras unos lenguetazos golosos, me encontré mucho mejor. Pero al intentar volver, no sé qué me pasó: me perdí.

Pasó un tiempo. Esperé que Guille viniera a buscarme. Por fuerza tenía que verme, no me había alejado tanto. Empecé a moverme y a ladrar quedo. Supongo que no hacía más que girar en redondo. Ladré más fuerte, una señal de alarma intentando trasmitir el miedo intenso que empezaba a hacerse un hueco en mí. El gris de mi entorno se volvió plomizo, cada vez había menos luz. Entonces los oí: ladridos amenazantes, ladridos burlones que llegaban de distintas direcciones y se aproximaban peligrosamente.

Pronto me tuvieron cercado. Serían tres o cuatro. Ladraban con saña. Me paré en seco y agucé el oído. Ladré con decisión, intentando ocultar el miedo, pero yo mismo no estaba convencido y debí de delatarme. No hizo falta más. Se abalanzaron contra mí de manera encarnizada. Noté la primera dentellada en el cuello, luego en la entrepierna, después no supe distinguir. Me atacaron con una crueldad y una fiereza gratuitas. Sólo porque me reconocieron como el débil de la especie. Todo ocurrió muy rápido. No quedó de mí más que el resto lacerado de un pointer ganador de muchos premios.

Antes de que el plomo se volviera negro profundo, alcancé a oír la voz asustada de Guille llamándome, “¡Thor!, ¡Thor!” No fui capaz de emitir ni un quejido. La noche lo disolvió todo.

© E.Z., 21 febrero 2010

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Nacieron conociéndose y siempre habían mantenido entre ellos una actitud de atracción y rechazo en proporción semejante. Su historia se escribió mucho antes de que se rodara la película homónima del director Carlo Verdone (2007) y de que se grabara el álbum del mismo título con canciones de Fito Páez y Joaquín Sabina (2008); además, el entramado de sus vidas resultaba mucho más complejo que el argumento de la peli o las letras del cedé.

 Elías y Tino nacieron en un pueblo de la Castilla profunda, uno de esos lugares que parecen habitar un mundo paralelo, con sus propias leyes y costumbres, con sus arquetipos atemporales, totalmente desconectados de la realidad que a la mayoría del vulgo nos sirve como telón de fondo y en la que nos reconocemos como parte de un todo más o menos coherente.

 Sin embargo, algo marcó la diferencia desde el principio: Elías era el hijo único del sacristán, un tipo algo tortuoso, forastero,  que contaba que había sido seminarista en Salamanca; Tino formaba parte de la prole numerosa del herrero del pueblo, un sujeto primitivo, surgido de la misma llanura, cuyas raíces en el lugar eran al menos tan antiguas como la semilla del primer cereal que creció mirando al cielo limpio y frío de la meseta. Con lo difícil que es evitarse en un pueblo pequeño, nunca jugaron juntos de niños, pero se hicieron mozos midiéndose en la distancia, seguramente echando de menos cada uno lo que el otro tenía. Elías, el lado salvaje y montaraz, la imagen de fuerza de la naturaleza que representaba el hijo del herrero. Tino, algo que él nunca supo poner en palabras, pero que tenía que ver con la capacidad de entender y ordenar el entorno. Claro que cada uno podía vivir con ese vacío sin llenar, pero lo acusaban como una herida abierta que a nadie confesarían jamás ni siquiera bajo tortura.

 La vida los separó en plena adolescencia. Elías se fue a la capital para continuar sus estudios y, siguiendo su pauta de carretera sin curvas y sin desvíos, continuó hasta el final. No tenía ninguna curiosidad científica. Era de esas mentes que creían que todo estaba ya inventado y que cualquier mundo pasado fue mejor, en especial, el grecolatino. Su propio destino le llevó a licenciarse en lenguas clásicas. Con toda probabilidad, no pensó mucho en Tino ni en el pueblo durante todo ese tiempo, aquel Tino que se había quedado atrás, perdido en el tiempo alternativo, sin oficio cierto, sobreviviendo a base de la caza furtiva y esquivando a los forestales cada vez que cobraba una pieza.

 Pero algo debió de pasar, algo que Tino prefería silenciar y Elías no saber. O se cansó de cazar,  o alguna de las escaramuzas se complicó demasiado y tuvo que salir huyendo. Y Tino apareció en Madrid. La capital era ya entonces muy grande y populosa. De haberse buscado, hubiesen tenido problemas para encontrarse. Pero la casualidad o el capricho hicieron que sus hilos se cruzaran en aquel laberinto. Fue un contacto breve. Elías, madrugador y sereno, preparaba las cátedras de latín. Tino, borracho como una cuba, trabajaba a ratos en el Matadero Municipal despiezando la carne que después se repartía por los mercados. Fue un encuentro fugaz en un amanecer helado. Luego, nada. Tal vez cada uno rebobinó su propia película, aunque nadie conoció sus conclusiones.

 Elías obtuvo la cátedra de latín y un destino en Bilbao. No es fácil que pasen estas cosas, pero Tino apareció años más tarde en Bilbao, ejerciendo de enterrador, un oficio inquietante y escabroso que de forma rocambolesca volvía a atarlo a la tierra. Para entonces, Elías era ya bibliotecario en la Biblioteca Central y Tino había leído por lo menos a Julio Verne, porque ahora se hacía llamar Nemo. Era un vínculo que comenzó siendo frágil, pero también lo es la tela de una araña y, según la canción popular, en ocasiones ha servido para columpiar a un montón de elefantes. Así, el préstamo de libros se convirtió en la excusa perfecta para acercar aquellas dos voluntades condenadas a no entenderse. La rigidez moral de Elías, su meticulosidad y sentido del orden, su obsesión por la limpieza no hallaban encaje  en el desaliño y la dejadez, en la relajación de costumbres y en la búsqueda compulsiva y desordenada de placer que gobernaban la cotidianeidad de Nemo.

 Su relación se mantuvo siempre privada, con un punto de perversión sadomaso. Se reunían para discutir sin importar demasiado el tema, sabiendo de antemano que no alcanzarían acuerdo porque no compartían punto de salida ni destino, incluso aprovechaban las estaciones intermedias para echar unos pulsos. No importaba: era lo más cerca que podían estar de aquella atracción que los había estigmatizado desde la infancia, de aquel observarse desde la distancia deseando con vehemencia lo que al uno le había sido negado y el otro poseía. Estaban sentenciados a vivir como siameses que se odian y que, al infligir un castigo a su otra mitad,  han de sufrirlo a la vez en su propia carne.

 

 

© E. Z., 22 enero 2010

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Eran las nueve de la mañana del sábado cuando sonó el timbre de la puerta. Gerardo y los niños habían ido a esquiar para todo el fin de semana. Había costado convencerles, pero los pronósticos de las estaciones eran buenos. A saber cuándo se volvía a presentar una ocasión semejante y había que rentabilizar los equipos que habían costado un dineral. No, ella no podía ir; el esguince de tobillo reciente no estaba del todo curado, pero era una pena que no lo aprovechasen los demás. Irene había decidido dormir hasta tarde y quedar para comer con  Alicia. Ese timbrazo intempestivo le exasperó. Con los esfuerzos que le había supuesto conseguir esos dos días para ella sola.

 Retiró el edredón que conservaba el calor de su cuerpo y el aturdimiento del sueño, se levantó a disgusto, se puso las zapatillas y la bata y acudió a la puerta. Llevaba su peor cara, dispuesta a proferir cualquier improperio a quien osaba molestarla tan temprano. Más valía que hubiera una buena razón para ello. Descorrió el pasador y dio dos vueltas a la llave en sentido inverso para poder abrir la puerta. Al hacerlo, comprobó tres cosas: que no había nadie esperando, que durante la noche había caído una capa de nieve de unos diez centímetros y que alguien había hollado aquella alfombra purísima  con unas huellas de adulto, talla 44 ó 45, que se dirigían hacia la puerta, pero que no existían las de retorno.

 Se cerró el cuello de la bata aprisionándolo con una mano y se asomó al jardín  sin sacar los pies del felpudo. No había señales de nada vivo. Hacía un frío del carajo. El sol se empeñaba en mostrar su mejor aspecto, pero sólo enviaba chorros de aire gélido. No obstante, el paisaje estaba deslumbrante con esa capa inusual y ese silencio blanco, como si el fluir del tiempo se hubiera alterado y el mundo hubiese entrado en otra dimensión. Pero las huellas continuaban allí, en una sola dirección. Eso le preocupó.

 Entró en casa y cerró la puerta. Se dirigió al salón y levantó la persiana del ventanal que daba al jardín posterior para comprobar si alguien se había colado hasta allí rodeando el edificio. Sólo vio los frutales hibernando bajo el merengue blanco y escuchó el mismo silencio de antes. Uno de los arbustos de boj próximos a la tapia de la izquierda  sufrió un súbito temblor y de su interior emergió un estornino pinto, que saltó al suelo y se fue correteando sobre la nieve hasta que se perdió de vista. Luego, nada. Pero aquellas huellas ante su puerta le seguían inquietando. Un escalofrío recorrió su columna como si un tren de mercancías inaugurase nueva ruta mientras Irene continuaba mirando el jardín dormido bajo la manta blanca. Tenía que comprobar la caldera, no era normal que sintiese tanto frío.

 En ese momento sonó el teléfono. Casi sintió un alivio. Alguien deseaba hablar con ella. Le comentaría el incidente y le hallarían una explicación razonable. Se acercó a la mesita y descolgó:

      –       Dígame.

      –       No me busques más. Hace rato que estoy dentro.

 

© E.Z., 10 enero 2010

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“Cuentan que la hermosa hada Lavandula, rubia con ojos azules, nació entre las lavandas salvajes de la montaña de Lure. Un día que iba buscando un lugar para quedarse mientras recorría su cuaderno de paisajes, se paró ante la página de la Provenza y se puso a llorar al ver los pobres terrenos incultos y resultó que lágrimas color lavanda mancharon la página abierta. Al intentar tapar su torpeza, el hada secó sus ojos azules pero no pudo evitar que finas gotitas se desparramaron sobre la página. Desesperada, sobrepuso un gran lienzo de cielo azul sobre esta Provenza para olvidar de una vez todas esas manchas Desde aquel día la lavanda crece en estos terrenos y las jovencitas rubias de esta región tienen en sus ojos azules lentejuelas irisadas de color malva lavanda, sobre todo cuando en una tarde veraniega, miran al cielo metálico cayendo sobre los campos de lavanda en flor.”

No recordaba quién había elegido como destino el sureste de Francia. Hacía varios meses que estaban distanciados. Nada de gritos y escenas. Todo muy civilizado. Bastaba con evitarse en la cocina, en el baño, en el salón… En la cama era un poco más complicado, pero de forma tácita, habían acordado dormir dándose la espalda y arrimándose mucho cada uno a su extremo de la cama con el riesgo de terminar a mitad de la noche sobre la alfombra, de forma que entre sus cuerpos quedara un campo de batalla despoblado de guerreros, pero cuya presencia les recordaba que la mecha podía encenderse en cualquier momento. Tanto Ricardo como Elena luchaban por no ser el primero que desertara recurriendo al sofá. Lo consideraban un dramatismo innecesario, pero también lo temían como tal vez un camino sin retorno. Ambos eran demasiado parecidos; ambos eran también inteligentes. Estiraron la cuerda hasta que empezó a adelgazarse demasiado y, antes del chasquido final, una tarde se sentaron a parlamentar en el salón, en butacas enfrentadas, con la mesita baja de cristal entre ellos, de igual a igual. Sobre la mesita, desparramadas como al descuido unas cuantas revistas de viajes.

—Es muy tópico —reconoció Ricardo—, pero podíamos hacer un viaje corto. A veces, las viejas fórmulas funcionan.

—Puede ser —admitió Elena—. Por otra parte, lo que nos está ocurriendo también es muy tópico.

Y así, civilizadamente, salieron el viernes después de comer con dirección norte. Las primeras horas se hicieron duras. Hay silencios que arropan y hay silencios que pesan como si uno arrastrase atado al tobillo por un grillete el lastre de varias vidas. Hicieron la primera parada en Perpignan, en una plaza vestida por hileras de frondosos plátanos, con sus hojas grandes y generosas como manos abiertas, pródigas en sombra fresca. Varios negocios de hostelería se abrían sobre la plaza en agradables terrazas que invitaban a sentarse. Era ese momento del día en que la tarde ha derrochado todos sus dones y, con cierta pereza, empieza a darse por vencida. Se había levantado una brisa leve como un céfiro blando. Quedaba una mesa libre bajo un toldo que anunciaba Pernod.

—¿Nos sentamos? —se sentaron. El rumor de las voces, la tibieza del aire, la falta de apremio a corto plazo, casi les obligó a cruzar una sonrisa. Suficiente para que ambos destensaran un poco el rigor de sus cuerpos. Pidieron un agua mineral y un té helado. Tenían que seguir conduciendo.

—Podemos hacer noche en Montpellier o, si no hay demasiado tráfico, quizá llegar hasta Avignon —comentó Elena, siguiendo la ruta sobre el mapa con el dedo.

—Me parece bien —concedió Ricardo, mientras desde su posición de sentado, ensayaba unos movimientos rotatorios de los hombres para tonificar las cervicales.

—¿Estás muy cansado? Puedo conducir yo el siguiente tramo.

—No, voy bien. Si me noto entumecido, te avisaré y haremos el cambio —cosa rara, volvieron a sonreírse por segunda vez en poco tiempo. Ellos mismos parecieron asombrarse.

Otra vez en ruta, llegaron a Montpellier antes de lo previsto y la sobrepasaron a esa hora en que el gris y el violeta van pintando de sombras la carretera y cuanto escapa al haz de luz de los focos del coche. Cruzaron algunos comentarios breves sobre el paisaje, tomaron alguna decisión cartográfica puntual y en el momento en que la noche se adueñaba de campos y senderos, entraron en la Ciudad de los Papas. El perfil del viejo castillo se recortaba en el cielo como un  mastodonte ambivalente. Avignon era una plaza tranquila pero alegre, con abundante oferta turística. Encontraron alojamiento con facilidad en un pequeño hotelito de sabor local, de esos con olor a cera en los muebles y con muchas telas de cuadros en colores vistosos, que le hacen pensar a uno que se encuentra en la granja de sus abuelos. Les ofrecieron una cena tardía y una habitación con dos camas en las que por fin pudieron relajarse y olvidar la obsesión de que no debían tocarse. En distintos momentos de la noche, se despertaron los dos con la sensación de un vacío, el de la ausencia de cuerpo que abrazar.

A la mañana siguiente ya se miraban con el deseo de saltar la alambrada virtual que los separaba, como a dos refugiados en territorios enemigos. Fueron capaces de intercambiar frases amables, de bromear incluso, camino de Arlés. Fue en las inmediaciones de la ciudad que acogió a Van Gogh en sus peores momentos cuando una impresión súbita les obligó a detenerse. Ante ellos, a ambos lados de la carretera acaba de surgir un mar azul de flores que peinaba el viento y un aroma conocido invadía el aire impregnándolo todo. Acababan de entrar en los campos de lavanda de la Provenza. Se apearon sin hablar y se adentraron despacio en la plantación. Aspiraron la fragancia durante un tiempo sintiendo cómo se iban aflojando todos los nudos, cómo el cerco que los mantenía divididos se difuminaba y descendía a ras de suelo hasta desaparecer, cómo una sensación tibia brotaba en el interior de cada uno para acercarlos.

¡Cuánta belleza! ¡Qué esplendor! Era inevitable abrazarse, fundirse en uno solo, salvar los obstáculos superfluos, olvidando insignificancias y futesas para dejarse llevar por aquel viaje de los sentidos que terminaba precisamente en aquel punto, en medio de los campos de lavanda, embriagados por el aroma que los había reunido. ¡Era tan hermoso poder disfrutar juntos del espectáculo y habían arriesgado tanto…!

 

© Esther Zorrozua. 15 nov. 09

 

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Bastará decir que me llamo Félix y que ayer maté a Inclemente. Nuestra convivencia se había vuelto muy engorrosa. Va para tres años que vivo en la calle. Lo que ocurrió antes, carece de interés. Mi segunda vida, la única que tengo ahora, empezó el 13 de enero de 2008. El cometa Halley acababa de cruzar el cielo y yo lo tomé como una señal.

 

Esa mañana salí de casa para no regresar. Cualquier analista de lo cotidiano me hubiera indicado que la parte más cruda del invierno no era época apropiada para abandonar las comodidades del hogar. Pero donde yo vivía ni era hogar ni disponía de comodidades, así que el esfuerzo se hizo más liviano. No me llevé nada. Entrenarme para la supervivencia había sido mi objetivo en los últimos meses.

 

Al pisar la acera, noté cómo el pecho se me henchía en una mezcla de satisfacción y temblor. Aquello me atraía y me asustaba a partes iguales. Eché a andar y empecé a silbar hacia dentro para ahuyentar la sombra oscura que se empeñaba en tapar el sol, como un pájaro enorme que batiera alas frente a mí advirtiéndome de que no estaba siendo sensato ni razonable. Bueno, a veces uno no puede permitirse el lujo de serlo.

 

Callejeé atento a todo aquello que desde la seguridad de una vida de mantenido ni siquiera se percibe: olores nuevos, roces distintos, imágenes insólitas. Un niño con pantalón corto y visera escocesa que señala al cielo con su índice vendado, que se siente protagonista y héroe porque ha metido el dedo en un enchufe para hurgar entre la carrera alocada de voltios que circulan por aquellos subterráneos oscuros. Una paloma torcaz que exhibe su plumón, hinchada como una nube gris que anuncia tormenta, poderosa y dictadora entre sus primas menores, ésas cuyo único mérito consiste en rebozar con una capa blanca de ácido las gárgolas de las catedrales. El untuoso aroma de una churrería fulgurante de luces que trataba de atraer la atención de los viandantes con una versión estridente de Pakito el Chokolatero en ese momento de la hora violeta en que los objetos pierden sus perfiles para fundirse con la noche… Me sentí libre y pleno de sensaciones, y empecé a valorar el ejercicio de mi total albedrío, ese no tener que hacer el caldo gordo a nadie. Me dejé llevar…

 

Esa primera noche, encontré un lugar apropiado para dormir bajo el alero de un kiosko de música, al socaire de las corrientes arrebatosas. La ciudad era pródiga en recovecos y meandros que ofrecían una hospitalidad de lujo, albergues y refugios que permanecen invisibles cuando no se los busca. Esa noche me gradué y a la mañana siguiente amanecí como doctor laureado en las lides de supervivencia. Luego, ya no hubo fechas ni estaciones. Alimentarse pasó de ser una preocupación a convertirse en un entretenimiento. Los contenedores de basura y sus aledaños son auténticas cuevas de tesoros. La gente tira de todo sin discriminar, haciendo ostentación de aquello de lo que se desprende. He visto a damas enjoyadas portando con remilgo cajas llenas de ostras de Arcachon, esperar junto al punto de recogida hasta que pasase alguien que fuera testigo de tamaño desatino, sólo por darse el gustazo de ser vista, sólo por provocar una reacción escandalizada.

 

Sabiendo cubiertos los problemas de intendencia, me moví mucho. Trabé infinidad de relaciones y, aunque con nadie llegué a intimar, jamás fui tampoco origen de conflictos. Hasta que, cuando ya llevaba largo tiempo instalado en la base de la fuente de los tritones, en aquella especie de hornacina, capricho del constructor excavado en la roca, una espelunca rumorosa y cálida que mecía mis sueños en música de agua, apareció Inclemente surgido de la nada. Lo encontré avecinado a mi cuerpo, casi fundido conmigo, a la hora nacarada del alba, en ese instante en que el aire se queda quieto, como dudando si dar paso al nuevo día o eternizar esa burbuja de tiempo que supone la esencia más pura de la belleza.

 

Inclemente era un gato atigrado sin raza y, con el tiempo, demostró pertenecer  al prototipo de felino callejero que cumplía con todos los rasgos del perfil más refractario: sucio, maloliente, egoísta, arisco e insensible. Me dio a entender, entre maullidos que conmoverían a las piedras, que arrastraba una funesta trayectoria cuyos detalles prefería no explicitar y que nada le vendría mejor que compartir mi guarida en calidad de pabellón de reposo mientras recuperaba fuerzas para continuar con su azarosa vida. Me enterneció su pelambre estropajosa, su engañosa estampa de estudiado desvalimiento. Y lo acogí en mi gruta. Ojalá nunca lo hubiera hecho.

 

Me había acostumbrado a recibir cada nuevo día encaramado sobre el borde de la  fuente, contemplando cómo la luz naciente iba dibujando los perfiles de los tritones sobre el fondo de la foresta, cómo el surtidor trazaba su curva de agua muy por encima de mí, cómo los nenúfares se desperezaban y desmelenaban sobre la superficie mojada, presos aún de los últimos retazos de sus sueños de flor y cómo la superficie de cristal todavía sin estrenar por los primeros rayos de sol me devolvía mi imagen nítida y bruñida. Era la primera impresión que recibía cada mañana, la dosis necesaria de autoestima para encarar una existencia en la que la balanza que equilibraba libertad y soledad podía escorarse en cualquier momento. Era un momento de intimidad inquebrantable.

 

Se lo expliqué a Inclemente. Él, que según indicaba, había sido azotado por el destino, debiera haberlo entendido. Se lo planteé como una especie de contraprestación. Era justo: yo te doy, tú me das. Pero ya la primera mañana se colocó junto a mí sobre la balaustrada y empezó a bailar el agua rompiendo la imagen de ese primer temblor del día, quebrando mi reflejo sobre el estanque y arrancando con sus garras crueles uno de los nenúfares todavía dormidos, el único que tenía a su alcance, como quien descabeza a un inocente.

 

Algo que creía olvidado brotó en mí. Noté cómo se me erizaba el lomo y un calor ingobernable ascendía desde las vísceras hasta lo más alto de mis enhiestas orejas. Tuve la sensación de que toda mi musculatura estaba a punto de estallar bajo mi pelaje color de ámbar y, sin poder contener mi furia, me lancé sobre Inclemente dispuesto a una guerra sin cuartel. Aunque no vio venir el ataque, él estaba versado en tretas callejeras y me plantó cara con audacia. Nos enzarzamos. Yo tenía más envergadura, pero él era más ágil. Lo apresé por la garganta con mi garra derecha, pero no se rindió. Con un movimiento imposible de una de sus patas traseras, me rasgó el vientre en un zarpazo certero de abajo arriba. Volaron pelos, se oyeron maullidos. Siguieron escaramuzas sobre el anillo que servía de brocal a la fuente. Corría la sangre y estaba a punto de llegar al agua. Ninguno de los dos estaba dispuesto a conceder una tregua. Conseguí alcanzar de lleno uno de sus ojos, ovalado y verde como una aceituna. Se debatió, pero el descalabro en el segundo ojo lo dejó ciego y a mi merced. No fue difícil acabar con él. Cayó desmadejado, como un pellejo que se hubiera quedado vacío de huesos. Yo, herido de muerte también, me tendí sobre la balaustrada, sofocado por la falta de aire en mis pulmones, resignado a esperar el final inevitable. La última imagen que iluminó mi retina fue la del nenúfar más hermoso desperezándose y desmelenándose en el centro de la fuente, junto a uno de los tritones, amigando su rosa nacarado de la primera luz con el gris azulado de la piedra. Luego, todo se volvió oscuro.

 

© E.Z., 3 noviembre 09

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Inspeccionábamos la marisma para estudiar la colonia de patos salvajes que había empezado a disminuir de forma alarmante y sin explicación, cuando a punto estuve de pisarlo sin querer. El orfidal estaba acurrucado entre los juncos, plácidamente dormido, casi al borde del agua, quizá huyendo del calor que agostaba el paisaje y encendía el aire en vapores sofocantes. Tal vez porque buscábamos patos, al principio, cuando sólo percibí el bulto, antes de fijarme bien, creí que era uno de ellos. Pero en cuanto le eché la vista encima, vi que era mucho más grande y que no era animal de pluma, sino de pelo.

 

Me costó identificarlo, porque no son ejemplares muy comunes y porque, de alguna forma, estaba fuera de su sitio. Se encontraba hecho un ovillo, con la pelambre gris completamente húmeda, como si se hubiese dado un baño antes de echarse a dormir, las diminutas orejas bien pegadas a la cabeza, el hocico entre las patas de largas uñas rastreadoras y la cola, casi negra, muy larga y poblada, girada en arco hacia arriba. Me extrañó que no le despertara el ruido de mis pasos. O era un bicho muy confiado, o se estaba pegando la sobada de su vida. Por su posición, era imposible saber si se trataba de un macho o una hembra.

 

No fue difícil echarle una de las redes que llevaba para capturar patos y cargarlo hasta la parte trasera de la camioneta. Ni siquiera se inmutó. Con unos pocos movimientos, se acomodó a su nuevo emplazamiento y continuó descansando imperturbable. Era un macho. Lo supe por la comprobación visual y porque ninguna hembra de ninguna especie es capaz de desentenderse así de su entorno, a pesar de los zarandeos. Además, era un macho joven, falto de experiencia, carente aún de las alertas necesarias para asegurar su supervivencia. Sentí una envidia extraordinaria. Últimamente, sufría episodios de insomnio y alcanzar la placidez de aquel espécimen que ahora tenía ante mí era el objetivo que perseguía cada noche, cuando metida en la cama, apagaba la luz y el sueño no acudía hasta avanzada la madrugada.

 

Me quedé contemplándolo, mientras pensaba que algo no cuadraba. El orfidal era un animal de montaña, bien adaptado el frío gracias a su cuerpo rechoncho, denso pelo, orejas reducidas y gran cola, que hibernaba cada año en su madriguera. ¿Qué hacía en plena canícula en medio de una marisma? Tal vez el cambio climático que el primo de Rajoy se empeñaba en negar estaba desorientando a los seres de la naturaleza más de lo que creíamos.

 

No iba a quedarme con la duda, así que me lo llevé a casa y lo instalé en el patio trasero, en la caseta de Koby, el dogo que murió de viejo, ciego y reumático, tras catorce años de formar parte de mi vida. El orfidal no hizo amago de moverse. Le dejé un cuenco con agua y, a falta de bellotas, un puñado de avellanas, a modo de aperitivo para cuando despertara.

 

Iba a verlo cada mañana, para comprobar que seguía en su lugar y durmiendo como un tronco, sin tocar el agua ni la comida. Se cumplía una semana y yo estaba en mi estudio, terminando el informe sobre los patos del humedal, cuando noté que algo tierno, blando y cálido se posaba sobre mis pies, emitiendo una especie de ronroneo muy agradable. Era el orfidal que venía a saludar. Fue en ese momento cuando nos presentamos formalmente.

 

Se había despertado de buen humor y no dejaba de hacer carantoñas. Parecía encontrarse a gusto, sin ninguna intención de regresar a su hábitat. Todos sus gestos indicaban un carácter sociable y comunicativo. Interpreté que quería quedarse. Tras la muerte de Koby, me había prometido no volver a tener una mascota, no quería nuevas dependencias afectivas de animales, pero el orfidal me miraba con aquellos ojitos dormilones de color caramelo, tan tiernos, que no me pude resistir y permití que llenara el hueco que el viejo dogo había dejado.

 

Ya esa misma noche, el orfidal me siguió hasta la habitación y, cuando me acosté, se acomodó sobre mis pies. Iba contra mis principios permitirle semejantes libertades. Además, sabía que si lo hacía un día, luego no habría modo de variar su conducta. Me resigné. Esa noche dormí ocho horas seguidas, las mismas que mi nuevo amigo, algo que no ocurría hacía meses. Pensé que sería casualidad, pero lo mismo ocurrió a la noche siguiente y a la siguiente y a la siguiente. El orfidal se colocaba sobre mis pies y ambos caíamos a un tiempo en un sueño reparador. No me gustan las explicaciones insólitas, soy bióloga y creo en la ciencia, así que busqué un motivo racional. Mi insomnio de los últimos tiempos se debía a que los pies se me quedaban fríos por algún motivo. Desde que el orfidal dormía sobre ellos, yo también descansaba.

 

Fue un 4 de septiembre cuando, con una ceremonia sencilla, le impuse nombre y lo incorporé al árbol familiar. “Te llamaré Hotfeet”, le dije, “y te quedarás todo el tiempo que quieras a condición de que sigas durmiendo donde lo haces”. El orfidal lleva doce años a mis pies. No he vuelto a sufrir insomnio.

 

E.Z., 29 abril 09

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Vino alardeando, como si haberse enterado de lo nuestro le otorgara un poder con el que tenerme sujeto por los machos. Entró en la taberna a la hora en que más concurrida estaba, cuando el turno de la fábrica de la tarde acaba su jornada y se toma un respiro para refrescar el gaznate antes de volver a casa. Estábamos sentados en la mesa del fondo Néstor, Alejandro y yo con una botella de mosto y tres vasos. Nos parecía que celebrar nuestras reuniones en la taberna de Cándido, en medio del barullo general, era mucho más discreto que hacerlo en la tejera, donde teníamos escondido el alambique, y donde podíamos llamar más la atención si alguien nos veía en aquel descampado, lejos del pueblo. Hablábamos entre nosotros a base de signos y consignas breves y, al mismo tiempo, nos mezclábamos en las conversaciones de las mesas vecinas o increpábamos a Cándido, que permanecía detrás de la barra, siempre con la misma pachorra, sirviendo a los clientes y lavando vasos, o dando órdenes a la cocina, un infiernillo en la trastienda, separado del local por una cortinilla de esparto descolorido y desflecado, donde Lucrecia preparaba lo mismo unas patatas bravas que una ración de panceta con tomate. Después de darle muchas vueltas, nos pareció que nuestra estrategia era de alta escuela, porque nadie sospecharía de nosotros si nos juntábamos a plena luz del día, así mismo, como si no tuviéramos nada que ocultar.

 

Pero el endemoniado de Lucas entró abriendo de golpe la puerta, de manera que una oleada de ventisca se coló por entre sus piernas y dibujó un remolino con las cáscaras de cacahuetes que marcaban una senda sobre el suelo de baldosas amarillas a lo largo de la barra. Todo el mundo se volvió como si de pronto se les hubieran congelado las palabras y los vasos a mitad de camino entre la mesa y la boca. Lucas enseñó su dentadura con una mueca que no era agradable y que mostraba aquel colmillo de oro como un aviso del infierno. Nos retaba con la mirada y con aquel corpachón rotundo tallado con el mismo nervio que las hayas más viejas del bosque. Desde que el cacique de Pedralba lo nombró guarda forestal, presumía más que un capitán general y se sentía con derecho, incluso en la obligación, diría yo, de huronear en todos los asuntos del concejo, sin plantearse nunca si existía algún atajadero que sus botas no debieran cruzar. Pensamos que iba a venir derecho a nuestro rincón y los tres, sin ponernos de acuerdo, echamos mano a la cintura, para tantear las facas, sólo por saber si estaban en su sitio. Pero no, Lucas se acodó en el mostrador dándonos la espalda. Aún y con todo, no fuimos capaces de aflojarnos. Barruntábamos que algo tramaba. Y no nos defraudó.

 

—Cándido, no sabrás tú nada de ciertos tipos que andan queriendo burlar a la ley, creyéndose más listos que yo, ¿verdad?

—¿Más listos que tú? —el tabernero sacó a pasear toda su socarronería—. No se me ocurre. ¿Y qué se supone que están haciendo? —mantenía ambas manos apoyadas sobre la barra, en un gesto muy abierto, como si le tomase la medida, con las mangas de la camisa arremangadas por encima de los codos, y la cabeza unos grados inclinada hacia la izquierda, buscando un ángulo de enfoque apropiado en el que tuviera cabida toda la carota del guarda forestal, redonda y plana como una hogaza de pan.

—Si te topas con ellos, por casualidad, diles que Lucas no tiene empacho en utilizar como mondadientes las astillas de sus huesos —lo dijo en voz más alta de la necesaria, para que los interesados pudieran tomar buena nota.

—¿Pero de qué se trata? ¿Caza furtiva? —le tanteó Cándido sin variar de postura.

—Más bien sospecho que te quieren hacer la competencia, pero que sepan, si los ves, que no se lo voy a poner fácil, ¿me oyes? —el guarda se abalanzó por encima de la barra hasta que su cara de luna aplastada quedó a pocos centímetros de la del tabernero, enjuta y alargada, con un punto de guasa.

—Te oigo yo y te habrán oído hasta esos burladores de la ley, hipotéticamente —levantó el dedo índice para remarcar el término con intención—, aunque se hallen en la cima del monte más alto.

—Pues eso es lo que hace falta —concedió, recuperando la verticalidad y apurando el vaso de mosto que tenía ante sí. Como tenía cuenta en la casa, salió sin pagar, organizando otro revuelo de papeles y cáscaras en el suelo.

 

Cándido dirigió la vista al rincón, donde bebíamos el mosto en silencio, pero no comentó nada. Después de unos minutos de expectación, la clientela volvió a mezclar el flujo de sus conversaciones con la misma habilidad con que un enjambre de moscas zumba en un establo sin chocar jamás entre sí.

 

—Lo sabe —farfulló Alejandro.

—No; lo sospecha —aclaré—. Si lo supiera, ya nos habría desmantelado el asunto.

—Es lo mismo —apuntilló Néstor—. Se ha vuelto peligroso y algo hemos de hacer.

 

Ese día nos retiramos con tino, mezclados con otros, sin quedarnos hasta la hora del cierre como solíamos hacer de costumbre. Camino de casa y luego, en la cama, con los ojos bien abiertos clavados en un techo más negro que la pez, me devané los sesos pensando en un escondrijo más seguro para ocultar el alambique hasta que llegase el momento de ponerlo en marcha. Consideré el lavadero, junto al río, pero pronto lo deseché, porque las mujeres a menudo se llevaban con ellas a los críos, que eran unos diablillos y hurgaban en todas las esquinas, así que no tardarían en descubrirlo. Se me ocurrió también cavar un hoyo en el bosque, enterrarlo envuelto en sacos y marcarlo con una señal, pero la humedad de la tierra acabaría por oxidarlo si lo dejábamos mucho tiempo. Cuando amaneció, sentía el cuerpo dolorido y seguía sin dar con la solución.

 

El día se me hizo duro y largo. Después del almuerzo, conseguí esquivar la vigilancia feroz del capataz y, escondido tras unos fardos, eché un sueñecito que me permitió aguantar hasta el toque de fin de jornada. Cuando por fin sonó el mallo, recogí las herramientas y enfilé a la taberna de Cándido. Mis socios ya estaban allí, ocupando el lugar de siempre, como si tuvieran el asiento abonado. Me senté a la mesa con ellos.

 

Hacía un año que se había promulgado aquella maldita ley prohibiendo el alcohol. El costo en peleas, destrozos y pérdidas de horas de trabajo había llevado a aquella medida radical. Era cierto que las broncas habían llegado a hacer imposible la convivencia, pero tras un año de sequía, la sed estaba a punto de volver locos a los hombres. Por eso se nos había ocurrido lo del alambique. Destilar nuestras propias cosechas de aguardiente sería un respiro. No serían grandes cantidades. Lo suficiente como para calmar los nervios y calentar el corazón. Pero nos había salido una piedra en el zapato, el guarda forestal, que pretendía dinamitar nuestras ilusiones.

 

—Hay que matar a Lucas —Néstor dibujó las palabras con los labios, más que pronunciarlas, tras hacer un gesto para que acercásemos las cabezas.

 

Nos quedamos callados, sin saber qué decir, y con los ojos muy abiertos. Claro, de pronto se me hizo la luz. Esa era la solución, eliminar el mal de raíz, y no romperse la sesera buscando un nuevo escondrijo para el artilugio.

 

—¿Y cómo lo hacemos? —había ansiedad en la voz de Alejandro. Él tampoco ponía objeciones, a la vista estaba.

—No podemos usar armas —les recordé—, las tiene todas registradas. Llevaría muy poco localizar nuestras escopetas.

—¿Y cómo las va a identificar si estará muerto? —protestó Néstor.

—Pero alguien se encargará de investigar el caso y seguro que echará mano de los archivos de Lucas.

—¿Y si incendiamos su cabaña mientras duerme? —propuso Alejandro.

—Tampoco. Tiene ojos en el cogote y alas en los pies. Saldría ileso y dedicaría el resto de su vida a descubrir a los pirómanos.

—Pues entonces, sólo queda el veneno —sugirió Néstor.

—No creo que sea buena idea echarle matarratas en el mosto.

—Oye, ¿qué puñetas te pasa? ¿Por qué no propones tú algo?

—A eso iba. El bosque está lleno de setas venenosas. Podemos recoger una buena porción y que Lucrecia se las meta en las patatas bravas que pide todos los sábados por la noche.

—Eso, como ya tiene nombre de envenenadora, aprovechamos la coyuntura —dijo Alejandro—, y de paso le ponemos al tanto de nuestro plan. ¿Por qué no colgamos directamente una pancarta de lo alto del campanario detallando punto por punto todo el programa?

 

No era fácil decidirse. Esa noche nos disolvimos amurriados. Todo plan necesita un buen método para alcanzar el éxito. Si falla el método, falla el plan. A mí, lo de las setas venenosas seguía pareciéndome una buena idea, quizá porque era mía. Ya veía al guardabosques nadando en sus propios vómitos, retorciéndose como una lombriz y estirando la pata en un rigor mortis prematuro.

 

Me llevó un  par de días convencerlos y, a falta de un plan mejor, accedieron. Luego tuvimos que hablar con Lucrecia, que era un poco corta de luces pero tenía enfilado al guarda, porque al menor descuido de ella, al otro le daba por tantearle las nalgas como quien sopesa la calidad de la fruta. A punto había estado más de una vez de atizarle un sartenazo por esa razón. Ya estaba harta, así que se avino con gusto a variar la receta de las patatas bravas por una vez.

 

—Pero no puedes decírselo a nadie, ¿entiendes?, pase lo que pase —le advertí.

—Descuida, nadie se va a enterar; ni él mismo, hasta que sea demasiado tarde.

 

Tal vez Lucrecia era más lista de lo que parecía y se hacía la despistada para sobrevivir. Mediaba octubre y el viernes siguiente llovió. No se podía pedir más. El sábado por la mañana, temprano, cogí el morral y me adentré en el bosque. En menos de una hora había recogido una buena ración de esas setas pequeñas, negruzcas y discretas, que se conocen en la zona como cojón del diablo y que tienen un aspecto de lo más inofensivo. Se las llevé a nuestra cocinera deslizándome por la parte de atrás del pueblo, evitando encontrarme con nadie. Ella las guardó con rapidez, asegurándome que sabía lo que tenía que hacer.

 

Esa noche, como de costumbre, acudimos a la taberna y nos sentamos donde siempre a esperar. A la hora habitual, entró Lucas pisando fuerte, como si aún tuviera necesidad de marcar territorio, y se apalancó sobre el mostrador.

 

—¿Lo de siempre? —le preguntó Cándido.

—Lo de siempre —concedió él.

 

Poco después, Lucrecia asomó la jeta por detrás de la cortinilla de esparto.

 

—¿Te sirvo las patatas?

—No, hoy no quiero patatas. Me ha invitado a cenar el alcalde, así que me voy a reservar —explicó para sorpresa de todos.

—Están recién hechas y por unas pocas patatas, no creo que vayas a perder el apetito —insistió Lucrecia, poniendo en riesgo toda la operación. Lucas se le quedó mirando.

—¿Por qué tienes tanto interés en que me coma tus malditas patatas?

—¿Interés, yo? A mí, allá cuentos. Es por no desperdiciarlas…

—No tienes por qué. Sírveselas a ésos —propuso señalándonos. Declinamos la invitación procurando disimular, pero estábamos sudando.

—Ésos no lo saben apreciar como tú —se arriesgó Lucrecia más de lo necesario. Lucas empezó a mosquearse de verdad.

—Pues cómetelas tú, venga, sácalas aquí y cómetelas, que yo te vea —le retó.

—No me apetece, acabo de trasegarme un trozo de panceta.

—¡Es una orden! —sacó su pistolón y le apuntó al pecho—. ¡Saca las dichosas patatas sin hacer ninguna jugarreta!

—Déjalo ya —intervino Cándido—. Qué más da unas patatas más o menos…

 

Lucas giró en redondo apuntándole con el cañón del arma y volvió a girar apuntando a nuestra mesa.

 

—¿Qué es esto? ¿Una conspiración? —apuntó al techo y disparó. Una nube de escayola y polvo difuminó la escena. Nos veíamos como a través de la niebla— ¡Lucrecia! —gritó el guarda— ¡Saca las malditas patatas o acabo con todos vosotros!

 

Lucrecia salió de la trastienda llevando una cazuela requemada entre sus temblorosas manos.

 

—¡Y ahora cómetelas aquí, delante de mí! —le ordenó, apuntándole de nuevo.

 

Ella, muy despacio, se llevó una cucharada a la boca, y luego otra, y otra. Tragaba con dificultad.

 

—¡Cómetelas todas! —volvió a gritar Lucas. Ella fue apurando a duras penas el contenido de la cazuela. Un par de lagrimones surcaban su rostro y mantenía los ojos bajos. Los demás no nos atrevíamos a movernos ni a respirar.

 

No pudo acabar. Posiblemente, se había pasado con la dosis, porque el primer vómito le acometió mientras trataba de cumplir la orden de Lucas. Lo que vino después resulta difícil de describir. Un cuarto de hora de convulsiones y otros síntomas desagradables marcaron el punto final de Lucrecia. Al día siguiente, la enterramos. Lucas no podía probar nada, aunque estaba seguro de que no había sido idea de la pobre muerta. A partir de entonces nos vigiló con más perseverancia que nunca. No podíamos dar un  paso sin que él lo supiera.

 

Dos años después, levantaron la ley seca. El alambique se pudrió en su agujero. Ha pasado mucho tiempo. Ya somos viejos, pero cada tarde Alejandro, Néstor y yo continuamos reuniéndonos en la taberna al atardecer, en la misma mesa. Ahora bebemos vino y los domingos, aguardiente. Lucas sigue también frecuentando el lugar. Él también ha envejecido, pero no ha perdido la mala sangre. En cuanto lo vemos entrar, alguno de los tres formula el conjuro: “hay que matar a Lucas” y los otros dos asentimos. Y así van pasando las estaciones. Acabará muriéndose por sus propios medios, porque ya no tenemos arrestos para hacerlo con nuestras manos, pero sabe que en todos estos años lo hemos ido matando cada día para vengar la muerte de Lucrecia. Y esa es nuestra victoria.

 

E.Z., 26 abril 09

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