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Archive for the ‘TESTIMONIOS’ Category

¡POBRE HAITÍ!

 

 Ese olor lo invade todo en Puerto Príncipe, es la quintaesencia de todas las hediondeces imaginables. Hace una semana que no hay agua potable en esa media isla abandonada a su suerte. La que hay, llega después de filtrar cadáveres, heces y basuras de todo origen. Una nube densa de partículas de polvo y tierra espesa el aire, se mete en los ojos, se pega a la piel y las imágenes desfilan como jirones desprendidos de un sueño que se ha vuelto pesadilla. El llanto de miles de niños asustados y desorientados que vagan a menudo en círculo, prisioneros de su propia fragilidad, pone la banda sonora a escenas que el corazón no soporta. Los muertos se mezclan con los heridos, dispersos sin ninguna clase de orden, como si una gigantesca batidora los hubiera ido dejando caer de forma caprichosa, así, medio triturados, maltrechos, irreconocibles. Un arrumazón de moscas golosas se ciernen sobre las heridas abiertas que inician un irreversible proceso de gangrena. Los ancianos de la residencia cercana que no han perecido al derrumbarse el edificio sobre ellos yacen como muebles rotos abandonados en las esquinas sin que nadie les haya cambiado el pañal en tantos días. Escenificación de la miseria.

 

Los haitianos acumulan una larga historia de resignación: a la esclavitud, a gobiernos depredadores y corruptos, a la furia desnuda de la naturaleza. Pero no existe recipiente sin límite y la copa de su estoicismo ha terminado por desbordarse. Hordas de jóvenes de piel lustrosa, hartos de esperar un auxilio que no llega en días, blandiendo armas rudimentarias, se lanzan al saqueo indiscriminado: no tienen nada que perder. Se producen escaramuzas, carreras, suena algún tiro disperso, cae alguno de ellos con su mercancía al hombro, cae el siguiente sobre el primero haciendo una montonera, llega el tercero, se hace con el fruto del latrocinio y huye. ¿Adónde se dirige ese muchacho de cuerpo de chocolate, abrazado a una pieza de tela que no le quitará el hambre ni la sed? ¿Adónde va ése otro, tal vez su primo o su vecino, cargando un arcón congelador, cuando la isla lleva una semana sin electricidad y tampoco hay nada que guardar en su interior? Escenificación del absurdo.

 

Nada más tener noticia de la magnitud del terremoto, todos y cada uno de los “países civilizados” se han puesto en marcha en una carrera contra-reloj por llegar los primeros al escenario de la catástrofe. Todos los mandatarios han desfilado por riguroso orden jerárquico para hacerse la foto rodeados de dolor y necesidad. También han competido a codazo limpio a la hora de estipular ayudas económicas, víveres, medicinas, equipos médicos, equipos de comunicación. Han celebrado reuniones del más alto nivel en Santo Domingo, el país vecino, adonde  ha acudido cada representante en su avión particular. Han colapsado los aeropuertos por falta de planificación, llegando a reunir mucho más material del que pueden distribuir. Llegados a este punto, como en un patio de colegio en el que la melé improvisada de los jugadores amenaza con convertirse en un descalabro general, surge el líder de siempre, el Tío Sam que toma las riendas, militariza la zona e impide salir del territorio a quienes buscan una salida desesperada. Los demás jugadores cuestionan al que toma la iniciativa: ellos también tienen ideas, pero son ideas con firma, con nombre propio, con señas de identidad. Mientras tanto, los haitianos contemplan la contienda y esperan el resultado del partido en un estadio podrido habilitado con gradas insalubres, donde las amenazas más probables son las epidemias y la muerte en todas sus variantes lentas y dolorosas. Escenificación de la arrogancia.

 

¿Qué clase de contienda libraban los elegidos mientras Haití se sumía en un pozo cada vez más profundo hasta convertirse en el país más pobre de América? ¿Quién se ocupaba de sus endebles infraestructuras, haciendo del país un frágil castillo de naipes que no necesitaba profeta, ni oriundo ni extranjero,  para augurar un fin del mundo frente al menor embate natural? ¿Por qué esos jerifaltes, en vez de buscar la oportunidad no buscan la eficacia y condonan de forma global toda la deuda externa de Haití? ¿Cómo es posible que los bancos que asumen la canalización de fondos para el país damnificado cobren una comisión que va de 2 a 5 euros por cada donativo que reciben? Que no pretendan hacerme creer que todos los seres humanos son iguales. Quizá los científicos no se atrevan a decirlo, pero yo estoy convencida de que hay al menos dos tipos de genoma: el que incluye la empatía por los semejantes y el que carece de ella. No es una pequeña diferencia. Eso lo cambia todo. A la vista está.

 

 

 

© Esther Zorrozua, 18 enero 2010

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