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ENEMIGOS ÍNTIMOS

 

 

Nacieron conociéndose y siempre habían mantenido entre ellos una actitud de atracción y rechazo en proporción semejante. Su historia se escribió mucho antes de que se rodara la película homónima del director Carlo Verdone (2007) y de que se grabara el álbum del mismo título con canciones de Fito Páez y Joaquín Sabina (2008); además, el entramado de sus vidas resultaba mucho más complejo que el argumento de la peli o las letras del cedé.

 Elías y Tino nacieron en un pueblo de la Castilla profunda, uno de esos lugares que parecen habitar un mundo paralelo, con sus propias leyes y costumbres, con sus arquetipos atemporales, totalmente desconectados de la realidad que a la mayoría del vulgo nos sirve como telón de fondo y en la que nos reconocemos como parte de un todo más o menos coherente.

 Sin embargo, algo marcó la diferencia desde el principio: Elías era el hijo único del sacristán, un tipo algo tortuoso, forastero,  que contaba que había sido seminarista en Salamanca; Tino formaba parte de la prole numerosa del herrero del pueblo, un sujeto primitivo, surgido de la misma llanura, cuyas raíces en el lugar eran al menos tan antiguas como la semilla del primer cereal que creció mirando al cielo limpio y frío de la meseta. Con lo difícil que es evitarse en un pueblo pequeño, nunca jugaron juntos de niños, pero se hicieron mozos midiéndose en la distancia, seguramente echando de menos cada uno lo que el otro tenía. Elías, el lado salvaje y montaraz, la imagen de fuerza de la naturaleza que representaba el hijo del herrero. Tino, algo que él nunca supo poner en palabras, pero que tenía que ver con la capacidad de entender y ordenar el entorno. Claro que cada uno podía vivir con ese vacío sin llenar, pero lo acusaban como una herida abierta que a nadie confesarían jamás ni siquiera bajo tortura.

 La vida los separó en plena adolescencia. Elías se fue a la capital para continuar sus estudios y, siguiendo su pauta de carretera sin curvas y sin desvíos, continuó hasta el final. No tenía ninguna curiosidad científica. Era de esas mentes que creían que todo estaba ya inventado y que cualquier mundo pasado fue mejor, en especial, el grecolatino. Su propio destino le llevó a licenciarse en lenguas clásicas. Con toda probabilidad, no pensó mucho en Tino ni en el pueblo durante todo ese tiempo, aquel Tino que se había quedado atrás, perdido en el tiempo alternativo, sin oficio cierto, sobreviviendo a base de la caza furtiva y esquivando a los forestales cada vez que cobraba una pieza.

 Pero algo debió de pasar, algo que Tino prefería silenciar y Elías no saber. O se cansó de cazar,  o alguna de las escaramuzas se complicó demasiado y tuvo que salir huyendo. Y Tino apareció en Madrid. La capital era ya entonces muy grande y populosa. De haberse buscado, hubiesen tenido problemas para encontrarse. Pero la casualidad o el capricho hicieron que sus hilos se cruzaran en aquel laberinto. Fue un contacto breve. Elías, madrugador y sereno, preparaba las cátedras de latín. Tino, borracho como una cuba, trabajaba a ratos en el Matadero Municipal despiezando la carne que después se repartía por los mercados. Fue un encuentro fugaz en un amanecer helado. Luego, nada. Tal vez cada uno rebobinó su propia película, aunque nadie conoció sus conclusiones.

 Elías obtuvo la cátedra de latín y un destino en Bilbao. No es fácil que pasen estas cosas, pero Tino apareció años más tarde en Bilbao, ejerciendo de enterrador, un oficio inquietante y escabroso que de forma rocambolesca volvía a atarlo a la tierra. Para entonces, Elías era ya bibliotecario en la Biblioteca Central y Tino había leído por lo menos a Julio Verne, porque ahora se hacía llamar Nemo. Era un vínculo que comenzó siendo frágil, pero también lo es la tela de una araña y, según la canción popular, en ocasiones ha servido para columpiar a un montón de elefantes. Así, el préstamo de libros se convirtió en la excusa perfecta para acercar aquellas dos voluntades condenadas a no entenderse. La rigidez moral de Elías, su meticulosidad y sentido del orden, su obsesión por la limpieza no hallaban encaje  en el desaliño y la dejadez, en la relajación de costumbres y en la búsqueda compulsiva y desordenada de placer que gobernaban la cotidianeidad de Nemo.

 Su relación se mantuvo siempre privada, con un punto de perversión sadomaso. Se reunían para discutir sin importar demasiado el tema, sabiendo de antemano que no alcanzarían acuerdo porque no compartían punto de salida ni destino, incluso aprovechaban las estaciones intermedias para echar unos pulsos. No importaba: era lo más cerca que podían estar de aquella atracción que los había estigmatizado desde la infancia, de aquel observarse desde la distancia deseando con vehemencia lo que al uno le había sido negado y el otro poseía. Estaban sentenciados a vivir como siameses que se odian y que, al infligir un castigo a su otra mitad,  han de sufrirlo a la vez en su propia carne.

 

 

© E. Z., 22 enero 2010

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¡POBRE HAITÍ!

 

 Ese olor lo invade todo en Puerto Príncipe, es la quintaesencia de todas las hediondeces imaginables. Hace una semana que no hay agua potable en esa media isla abandonada a su suerte. La que hay, llega después de filtrar cadáveres, heces y basuras de todo origen. Una nube densa de partículas de polvo y tierra espesa el aire, se mete en los ojos, se pega a la piel y las imágenes desfilan como jirones desprendidos de un sueño que se ha vuelto pesadilla. El llanto de miles de niños asustados y desorientados que vagan a menudo en círculo, prisioneros de su propia fragilidad, pone la banda sonora a escenas que el corazón no soporta. Los muertos se mezclan con los heridos, dispersos sin ninguna clase de orden, como si una gigantesca batidora los hubiera ido dejando caer de forma caprichosa, así, medio triturados, maltrechos, irreconocibles. Un arrumazón de moscas golosas se ciernen sobre las heridas abiertas que inician un irreversible proceso de gangrena. Los ancianos de la residencia cercana que no han perecido al derrumbarse el edificio sobre ellos yacen como muebles rotos abandonados en las esquinas sin que nadie les haya cambiado el pañal en tantos días. Escenificación de la miseria.

 

Los haitianos acumulan una larga historia de resignación: a la esclavitud, a gobiernos depredadores y corruptos, a la furia desnuda de la naturaleza. Pero no existe recipiente sin límite y la copa de su estoicismo ha terminado por desbordarse. Hordas de jóvenes de piel lustrosa, hartos de esperar un auxilio que no llega en días, blandiendo armas rudimentarias, se lanzan al saqueo indiscriminado: no tienen nada que perder. Se producen escaramuzas, carreras, suena algún tiro disperso, cae alguno de ellos con su mercancía al hombro, cae el siguiente sobre el primero haciendo una montonera, llega el tercero, se hace con el fruto del latrocinio y huye. ¿Adónde se dirige ese muchacho de cuerpo de chocolate, abrazado a una pieza de tela que no le quitará el hambre ni la sed? ¿Adónde va ése otro, tal vez su primo o su vecino, cargando un arcón congelador, cuando la isla lleva una semana sin electricidad y tampoco hay nada que guardar en su interior? Escenificación del absurdo.

 

Nada más tener noticia de la magnitud del terremoto, todos y cada uno de los “países civilizados” se han puesto en marcha en una carrera contra-reloj por llegar los primeros al escenario de la catástrofe. Todos los mandatarios han desfilado por riguroso orden jerárquico para hacerse la foto rodeados de dolor y necesidad. También han competido a codazo limpio a la hora de estipular ayudas económicas, víveres, medicinas, equipos médicos, equipos de comunicación. Han celebrado reuniones del más alto nivel en Santo Domingo, el país vecino, adonde  ha acudido cada representante en su avión particular. Han colapsado los aeropuertos por falta de planificación, llegando a reunir mucho más material del que pueden distribuir. Llegados a este punto, como en un patio de colegio en el que la melé improvisada de los jugadores amenaza con convertirse en un descalabro general, surge el líder de siempre, el Tío Sam que toma las riendas, militariza la zona e impide salir del territorio a quienes buscan una salida desesperada. Los demás jugadores cuestionan al que toma la iniciativa: ellos también tienen ideas, pero son ideas con firma, con nombre propio, con señas de identidad. Mientras tanto, los haitianos contemplan la contienda y esperan el resultado del partido en un estadio podrido habilitado con gradas insalubres, donde las amenazas más probables son las epidemias y la muerte en todas sus variantes lentas y dolorosas. Escenificación de la arrogancia.

 

¿Qué clase de contienda libraban los elegidos mientras Haití se sumía en un pozo cada vez más profundo hasta convertirse en el país más pobre de América? ¿Quién se ocupaba de sus endebles infraestructuras, haciendo del país un frágil castillo de naipes que no necesitaba profeta, ni oriundo ni extranjero,  para augurar un fin del mundo frente al menor embate natural? ¿Por qué esos jerifaltes, en vez de buscar la oportunidad no buscan la eficacia y condonan de forma global toda la deuda externa de Haití? ¿Cómo es posible que los bancos que asumen la canalización de fondos para el país damnificado cobren una comisión que va de 2 a 5 euros por cada donativo que reciben? Que no pretendan hacerme creer que todos los seres humanos son iguales. Quizá los científicos no se atrevan a decirlo, pero yo estoy convencida de que hay al menos dos tipos de genoma: el que incluye la empatía por los semejantes y el que carece de ella. No es una pequeña diferencia. Eso lo cambia todo. A la vista está.

 

 

 

© Esther Zorrozua, 18 enero 2010

 

 

Eran las nueve de la mañana del sábado cuando sonó el timbre de la puerta. Gerardo y los niños habían ido a esquiar para todo el fin de semana. Había costado convencerles, pero los pronósticos de las estaciones eran buenos. A saber cuándo se volvía a presentar una ocasión semejante y había que rentabilizar los equipos que habían costado un dineral. No, ella no podía ir; el esguince de tobillo reciente no estaba del todo curado, pero era una pena que no lo aprovechasen los demás. Irene había decidido dormir hasta tarde y quedar para comer con  Alicia. Ese timbrazo intempestivo le exasperó. Con los esfuerzos que le había supuesto conseguir esos dos días para ella sola.

 Retiró el edredón que conservaba el calor de su cuerpo y el aturdimiento del sueño, se levantó a disgusto, se puso las zapatillas y la bata y acudió a la puerta. Llevaba su peor cara, dispuesta a proferir cualquier improperio a quien osaba molestarla tan temprano. Más valía que hubiera una buena razón para ello. Descorrió el pasador y dio dos vueltas a la llave en sentido inverso para poder abrir la puerta. Al hacerlo, comprobó tres cosas: que no había nadie esperando, que durante la noche había caído una capa de nieve de unos diez centímetros y que alguien había hollado aquella alfombra purísima  con unas huellas de adulto, talla 44 ó 45, que se dirigían hacia la puerta, pero que no existían las de retorno.

 Se cerró el cuello de la bata aprisionándolo con una mano y se asomó al jardín  sin sacar los pies del felpudo. No había señales de nada vivo. Hacía un frío del carajo. El sol se empeñaba en mostrar su mejor aspecto, pero sólo enviaba chorros de aire gélido. No obstante, el paisaje estaba deslumbrante con esa capa inusual y ese silencio blanco, como si el fluir del tiempo se hubiera alterado y el mundo hubiese entrado en otra dimensión. Pero las huellas continuaban allí, en una sola dirección. Eso le preocupó.

 Entró en casa y cerró la puerta. Se dirigió al salón y levantó la persiana del ventanal que daba al jardín posterior para comprobar si alguien se había colado hasta allí rodeando el edificio. Sólo vio los frutales hibernando bajo el merengue blanco y escuchó el mismo silencio de antes. Uno de los arbustos de boj próximos a la tapia de la izquierda  sufrió un súbito temblor y de su interior emergió un estornino pinto, que saltó al suelo y se fue correteando sobre la nieve hasta que se perdió de vista. Luego, nada. Pero aquellas huellas ante su puerta le seguían inquietando. Un escalofrío recorrió su columna como si un tren de mercancías inaugurase nueva ruta mientras Irene continuaba mirando el jardín dormido bajo la manta blanca. Tenía que comprobar la caldera, no era normal que sintiese tanto frío.

 En ese momento sonó el teléfono. Casi sintió un alivio. Alguien deseaba hablar con ella. Le comentaría el incidente y le hallarían una explicación razonable. Se acercó a la mesita y descolgó:

      –       Dígame.

      –       No me busques más. Hace rato que estoy dentro.

 

© E.Z., 10 enero 2010

HUMOR ENVENENADO

Lorrie MOORE, “Al pie de la escalera”

Seix-Barral, 2009, 384 páginas, 19 euros.

A Lorrie Moore se le ha comparado con Carson McCullers o con Katherine Anne Porter por su forma de retratar la desolación de lo cotidiano y la tristeza de la realidad que les rodea, pero lo que distingue a la primera es esa prosa burbujeante que en un principio produce desconfianza, pero enseguida se gana al lector mediante juegos de palabras y bromas privadas que hacen que el relato se enfoque desde ángulos imposibles cuya novedad atrapa.

Lorrie Moore (Glens Falls, Nueva York, EEUU, 1957), considerada una de las mejores cuentistas de su país y miembro de la Academia de las Artes y las Letras de América desde 2006, ha publicado dos libros de relatos, Autoayuda (1985) y Pájaros de América (1998), y dos novelas, Anagramas (1991) y El hospital de ranas (2004) para mantener después un largo silencio hasta Al pie de la escalera. Esta novela tiene como protagonista a Tassie Keltjin, una estudiante en su primer año de universidad, que proviene de un desolado pueblo del Medio Oeste americano. Es hija de granjeros y nunca ha pisado un restaurante chino.

La acción se sitúa en los meses posteriores al 11-S y se desarrolla en varios frentes: su trabajo como canguro de una niña mulata adoptada por una pareja progresista bien intencionada, su vida familiar disfuncional y sus relaciones con un tipo brasileño que puede que sea árabe. Tassie se convierte en espía y víctima de la hipocresía de la clase media alta norteamericana al entrar en un mundo extraño que esconde el polvo y los malos modales bajo una alfombra reluciente y políticamente correcta.

Moore no sólo analiza el racismo latente en la sociedad de su país poco después del 11-S, sino que enfrenta la inocencia de Tassie a sus propias dudas sobre lo que significa la responsabilidad moral. Cuidar de la niña mulata cuya madre adoptiva tiene un concepto de la maternidad que se reduce a lo puramente funcional, pone en evidencia las debilidades de su propia familia, lo difícil que es ser un buen padre, pero también un buen hijo, cuando ni siquiera se está preparado para afrontar las tragedias cotidianas.

Esta obra encierra una dosis de su humor envenenado, al que ya nos tiene acostumbrados, a veces usado por sus personajes como escape al dolor, mientras se complace en las descripciones del ambiente y las psicológicas de personas puestas en un cruce de caminos frente a temas como los prejuicios, la inmigración, la adopción, las nuevas familias, la religión, los miedos modernos, la guerra, la desolación de ciertas pasiones, la culpa y la expiación. A Moore no le queda la menor duda de que no somos impermeables al tiempo, de que las cosas que importan en el mundo cambian. Y eso es lo que quiere reflejar: el mosaico de la sociedad estadounidense del nuevo siglo XXI, engendrada súbitamente tras los atentados terroristas de Al Qaeda en 2001, porque de ese suceso procede la nueva sociedad que ella describe.

Y eso lo consigue mediante una mezcla armoniosa y natural de formas, colores, sabores, efectos y sonidos, de contrastes y contradicciones. En su narración parece jugar con el sonido de las palabras en busca de un efecto evocador y de creación de frases llenas de imágenes y metáforas, o sarcasmos e ironías. Un aprendizaje que le viene de prestar mucha atención a la manera en que habla la gente, a su capacidad de observación, lo que lleva a que su voz se nos haga inconfundible.

 

E.Z., diciembre 09

 

 Entró con timidez en la biblioteca. Tendría unos veinte años, un cuerpo sólido, el pelo algo estropajoso y los ojos inteligentes. No estoy matriculado en bachiller, me explicó; soy alumno del módulo de Electricidad. ¿Tengo derecho a leer libros de esta biblioteca? Claro, le dije. Pensaba añadir que no estábamos muy bien dotados de libro técnico, pero sin darme tiempo, él se dirigió directamente a los estantes de Filosofía y comenzó a leer los títulos. En un momento dado, calculando acaso que aquello le iba a llevar un tiempo, acercó una silla, se sentó y empezó a extraer algunos volúmenes y a hojearlos. Se detuvo en la “Historia del Pensamiento”, de Copleston y eligió uno. Me acerqué con cierta curiosidad. ¿Puedo ayudarte?, me ofrecí. Quiero éste, dijo con decisión. Era el volumen dedicado a Nietzsche. Lo siento, le expliqué, tenemos por norma no prestar los tomos de una colección, pero lo puedes leer aquí, si quieres.

 

De un momento a otro iba a sonar el timbre. Él tendría que volver a clase y yo debería cerrar la biblioteca. ¿Te interesa este autor? Sí, mucho, respondió con un brillo especial en los ojos. Ven mañana y te habré localizado todo lo prestable de Nietzsche.

 

Al día siguiente le preparé tres títulos: “La genealogía de la moral”, “El Anticristo” y “Más allá del bien y del mal”. Y esperé pacientemente. Cuando ya suponía que se le había pasado el calentón y no vendría, se abrió la puerta y quedó enmarcada su imagen, un poco descuidada, como dudando entre pasar o no. Le sonreí y eso le decidió. Le entregué los tres ejemplares. Elige, le propuse. Los tomó con interés, se fue a una mesa alejada, se sentó y lo vi leer con atención las contraportadas. Se decidió por “La genealogía de la moral” y se acercó a mí para rellenar la ficha. Así fue como me enteré de su nombre: Andrés Fernando Covaleda, nacido en 1987.

 

¿Qué es lo que te ha llamado la atención de este filósofo?, le pregunté mientras completaba los datos. Levantó la vista y fijó en mí unos ojos grises encendidos. He leído un artículo en una revista, empezó a explicar, que decía que la “mujer fatal” en la vida de Nietzsche y en su póstuma reputación fue su hermana. A la muerte del pensador ofreció sus obras a los nazis. Aunque éstos las siguieron y publicaron algunas engañadoras antologías de su pensamiento, todos los estudios serios de la materia están de acuerdo en que la versión nazi de las obras de Nietzsche representa una perversión poco escrupulosa de su pensamiento. ¿Y qué buscas? ¿Cotejarlo por tu cuenta?, bromeé. Algo así, admitió. Quiero ir a la fuente para comprobar si lo que dice el artículo es verdad. He leído que el filósofo alemán llega a la conclusión de que todo el comportamiento humano debe regirse por la voluntad. La voluntad de existir, de crear, de vencer el dolor, de obtener una fortaleza interior. Que el hombre aspira a ser cada vez mejor, a dar diario nacimiento a sus potencialidades. Que el estado más alto del hombre es el “super-hombre”, aquel que siendo dueño de sus actos y pensamientos se gobierna a sí mismo, sin necesidad de pertenecer a un rebaño, ni de ser guiado ni manipulado.

 

Pero eso es una utopía, le dije, nadie ha alcanzado ni puede alcanzar ese nivel. Tal vez sí, me corrigió, tal vez Leonardo da Vinci o Goethe lo consiguieron. Quiero saber más. El artículo me hizo pensar. A mi alrededor veo poca gente dueña de sus actos y quiero entender la razón. No sé por qué extraño efecto, quizá por alguna clase de electricidad estática (él debía de saber sobre eso más que yo), el pelo se le había ido alborotando como si su propio cuerpo despidiera cierta energía sobrante. Le recordé que tenía quince días de plazo. Me hizo un gesto de complicidad y salió.

 

Citando a alguien que cita a Paul Johnson, tres fueron los profetas del siglo XX: Freud, para quien todo estaba en el sexo, Marx, para quien todo estaba en el dinero, y Nietzsche, para quien todo estaba en la voluntad de poder. Y resultó un siglo turbulento. Quizá convenga reorientar la nave. Puede que ahora la esperanza esté en los electricistas.

 

E.Z., diciembre 09

VUELO DE ALTURA


Adela llevaba más de una hora esperando a Javier. Espérame en casa, pasaré a buscarte a las siete y media, le había dicho. Esa tarde iban a ir juntos e elegir el panteón. Javier era un clásico y un sentimental, quería que descansaran juntos para siempre uno al lado del otro. Pero Javier se retrasaba. Le había dicho a Adela que esa tarde tenía que cerrar un asunto con un cliente importante. Adela se estaba poniendo nerviosa. Se había vestido de forma sobria, con el traje sastre y la camisa malva, y se había sentado a esperar en el sofá, pero había cambiado de postura tantas veces, que tenía la sensación de que la ropa se le estaba arrugando, que toda ella iba perdiendo la prestancia de la última vez que se miró al espejo.

Entonces, sonó el teléfono. Respondió al segundo timbrazo, segura de que sería él. Pero no. La voz de una mujer desconocida le dio el aviso de que Javier estaba en la cafetería del Hotel Sheraton. No aclaró si esperando a Adela o dedicado a cualquier otra actividad.

Adela colgó confusa, se estiró la falda y las mangas de la chaqueta, se colocó bien el cuello de la camisa, se inspeccionó las medias, se retocó el maquillaje, se recompuso entera, tomó el bolso y salió en dirección al Sheraton. No era más que un paseo de quince minutos. En la calle sintió un frío repentino y un exceso de risas en la gente que se cruzaba con ella. ¿Se estaban riendo a su costa? Era absurdo. Se trataba de perfectos desconocidos.

Cuando entró en la cafetería, paseó su mirada sobre los clientes en una rápida ojeada de reconocimiento. Javier no estaba allí. Preguntó si el establecimiento disponía de otras cafeterías, si habían dejado algún mensaje para ella. El camarero lo negó todo con un encogimiento de hombros mezcla de no sé y tampoco me importa.

Miró en recepción, en el bar inglés, en el salón de exposiciones que exhibía una muestra excepcional de Turner, con sus veladuras tan personales e inconfundibles. Le hubiera gustado detenerse más tiempo: era uno de los pintores que más apelaba a su sensibilidad, pero tenía que encontrar a Javier. En esos momentos era su prioridad. Tomó el ascensor con paredes de cristal que asciende desde la cascada de agua de la planta baja hasta el último piso igual que si el pasajero, inmerso en una selva de diseño,  trepase sujeto a una liana, y descendió luego, deteniéndose en cada planta. ¿Por qué lo buscaba allí? ¿Qué pensaba? ¿Qué sospechaba? No sabría decir. Pero no había rastro de Javier.

Regresó a casa derrotada, enredada en sus dudas, perpleja y ansiosa. Al entrar en el salón, comprobó que había dejado la luz encendida. Se descalzó sobre la alfombra, tiró el bolso sobre el sofá y se acercó a la ventana. Separó un poco el visillo. Desde el octavo piso del ático que compartía con Javier, los coches se veían diminutos sobre la calzada y los peatones parecían réplicas enanas de los muñecos de PlayMobil. ¿Por qué se le ocurrían esa clase de asociaciones?

Entonces vio a Javier que pasaba volando a la altura del séptimo, con los brazos abiertos en cruz y las piernas muy juntas, como esos ultraligeros que a veces había visto manejar por control remoto sobre los acantilados de Azkorri. Adela no lo dudó. Abrió la ventana y se arrojó con decisión, convencida de ir a alcanzarlo, ordenando en su mente todas las preguntas que tenía que hacerle, cuyas respuestas necesitaba de forma acuciante.

© Esther Zorrozua, 30 nov. 09

IRSE Y QUEDARSE


Andrés NEUMAN, “El viajero del siglo”

Ed. Alfaguara, 2009, 531 páginas


Una ciudad imaginaria, Wandernburgo, concebida como laberinto móvil y como burbuja temporal, es el escenario que ha elegido el último Premio Alfaguara para situar la acción de su novela.

Andrés Neuman (Buenos Aires, 1977) vive en Granada desde los trece años, aunque forma parte del grupo “Bogotá 39”, una selección sub-39 de narradores latinoamericanos que se dio a conocer hace un par de años. En una década, ha publicado 15 libros, entre los que destacan Bariloche (finalista del Premio Herralde), La vida en las ventanas (finalista del Premio Primavera) y Una vez Argentina. Ha desarrollado una intensa labor de estudio y divulgación del relato breve, incluyendo producción propia, y ha publicado poemarios con los que ha cosechado diversos premios. Es, pues, un autor muy prolífico.

El viajero del siglo transcurre en la Alemania del siglo XIX, pero desde la perspectiva del XXI. Hans es un traductor nómada que llega a Wandernburgo con el propósito de pasar una sola noche, pero su encuentro con un organillero ambulante, el personaje más poético de la historia, le retiene. Se suceden los motivos para no marcharse con la aparición del señor Gottlieb y de su hija Sophie, lo que dilata su estancia durante un año entero. A partir de ahí, El viajero… se convierte en la historia de amor de Hans y Sophie, el que siempre se está yendo y la que no se puede marchar, pero el suyo es un amor que se materializa a partir del arte y del intelecto. Buena parte de la novela transcurre en la mansión de los Gottlieb, en concreto, en los salones literarios que organiza Sophie la noche de los viernes. Allí coinciden la mayoría de los personajes, procedentes de distintos puntos de Europa, incluido el prometido de la anfitriona, el frívolo Rudi Wilderhaus. Estas reuniones sirven de foco para la reflexión del presente a partir del pasado. La Alemania pos napoleónica que anuncia el origen de los nacionalismos y de las alianzas europeístas vuelve sus ojos a un siglo XXI marcado por el neoliberalismo, las multinacionales y la xenofobia. Son dos los conceptos sobre los que pivota la historia: las fronteras (de cualquier naturaleza) y el extranjero (no pertenecer a ningún lugar y, sin embargo, no sentirse ajeno).

Si extrapolamos, se puede imaginar un diálogo entre la Europa de la Restauración y la Unión Europea; entre la novela clásica y la narrativa moderna; entre los conflictos del pasado y los actuales (el multiculturalismo, la emigración, la emancipación femenina, la transformación de los roles de género…) Todo esto ocurre en una ciudad móvil ubicada en algún punto entre Dessau y Berlín, y es esa sugerente movilidad lo que hace de ella un personaje más de la obra, porque fluye y cambia como los personajes; las estaciones la desnudan y la visten; sus habitantes la rechazan y la aman a partes iguales, mientras su centro y sus fronteras se desplazan obviando los puntos cardinales. Una ciudad en la que cada día es más fuerte el deseo de quedarse y la necesidad de irse.

Se trata de un trabajo bien documentado que quizá se escora un poco por el lado de la erudición, y donde la acción queda a menudo mediatizada por un exceso expositivo, tanto por parte del narrador como por los interminables debates que se escenifican en el salón literario de los Gottlieb. A Neuman le gustan las cosas, los objetos, los detalles, el utillaje de las escenas, y se lo hace notar al lector, que a ratos disfruta, pero por último se queda con el regusto de que a la novela tal vez le sobran algunas páginas y disquisiciones.

Esther Zorrozua, nov. 09